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ABC VIERNES 30 12 2005 Espectáculos 61 ción de la intriga y la resolución de los diferentes pulsos que se citan en esa escena están a la altura del mejor Hitchcock. O esa otra, perteneciente a otro género, el romántico, pero también preñada de una rara intriga: los dos amantes se alejan de la casa entre un aguacero tórrido y comienzan una refriega amorosa en la que se huelen con la misma intensidad la fatalidad y la impudicia. A la altura también de aquel momento mítico de El hombre tranquilo con el vendaval contra el montañoso cuerpo de John Wayne y el junco de Maureen O Hara. Generalmente, y a pesar de la apariencia, Wody Allen tiene buen ojo, al menos para elegir a sus actrices: sin duda, Scarlet Johansson encarna en cuerpo y alma a la seductora, agresiva pero también frágil y desamparada Nola Rice. Hay que entender por qué decide despeñarse el protagonista por ese acantilado de la pasión, y basta una mirada a Scarlet Joahnsson para solidarizarse con él. Como un guante se adapta también al personaje de Chloe Hewett la exquisita actriz Emily Mortimer. El resto de los aristocráticos Hewett están también magníficamente retratados en la presencia de Brian Cox, Penelope Wilton y Matthew Goode. Y todo este conjunto de cualidades se pone al servicio (o al resto) de un macguffin extraordinario: el azar. Woody Allen le da una vaselina moral a su cuento gracias a Ésta es una la maravillosa imagen de una pelota película que choca contra la luminosa y tenis; si pasa sombría que red de lado, ganas; si al otro sumerge al se queda en éste, piertiempo a des... En qué modo un simple golpe del Allen y a cambia las Chejov en la destino todo este tracosas. Y humedad de mo, que tiene mucho Londres que ver con el cínico y sin duda genial desenlace de la película, lo construye el director mediante una caricatura y un golpe de remo a su sentido del humor (el único momento en el que aparecerá en Match Point la investigación policial es un jocoso y burlón retrato que suaviza las líneas duramente trazadas en las secuencias anteriores, que le devuelve la sonrisa al espectador machacado y que le da un tono frívolo a eso tan serio y tan sórdido que nos acaba de contar. O dicho de otro modo: un guiño final y un sombrerazo de comedia para digerir el trago. Clint Eastwood y Hilary Swank, en una escena de Million Dollar Baby Million Dollar Baby Una vida a golpes de silencio EE. UU 2005 Director: Clint Eastwood Intérpretes: Hilary Swank, Clint Eastwood, Morgan Freeman JOSÉ MANUEL CUÉLLAR riencias, se encontró con una pequeña maravilla. En lugar de pastillas o calimocho, los protagonistas consumen pinot noir. Lejos de contratar strippers, Giamatti y Thomas Haden Church se encuentran a dos mujeres de una pieza, la recuperada Virginia Madsen- -a partir de ahora va a ser más difícil volver a olvidarla- -y un descubrimiento que justifica con creces su apellido, al que sólo le falta el signo de admiración: Sandra Oh. El argumento es tan sencillo como requieren a veces las grandes ideas: un actor de segunda, ligón empedernido, despide la soltería de una forma tan original como recorrer la ruta de los vinos junto a su mejor amigo, un apocado novelista sumiller. Ambos tienen una idea muy distinta del significado del verbo catar, pero la amistad que los une, que en la pantalla cobra cuerpo, les permite un acercamiento mutuo y una evolución que no se aprende en los manuales del perfecto guionista. De hecho, el Payne escritor hace algo tan insensato como aplicar la misma intensi- dad a cada sorbo de su película, sin crescendos ni grandes giros de guión. Entre copas es, en suma, un regalo para los sentidos. Incluso si el espectador tiene la mala suerte de odiar el vino, acabará maldiciendo sus gustos antes de renegar de la cinta. Parece imposible no emocionarse en la escena en la que Giamatti y Virginia Madsen declaran su amor a los caldos (y no sólo a ellos) mientras el primero, espectador profesional, con la sensibilidad y educación necesarios para apreciar hasta el último matiz de belleza de la vida, se atranca y evidencia que es de los que no se tragan el vino. En una época en la que nadie parece tener miedo de hacer o decir la mayor burrada, este brindis a la timidez, este guiño cómplice a los que se arrepienten sobre todo de lo que no han hecho es una declaración de principios hermosa y valiente. Después de Las uvas de la ira es con toda probabilidad la mejor película americana rodada en torno a unos viñedos. Y además es divertidísima. ¿Cabe más en una pantalla... o en una copa? olví a ver la película. No es porque no la recordara ni porque no albergara aún los sentimientos que me produjo la primera vez que la vi. Era por volver a sentir esa grandeza que desprende cada vez que la sientes pasar por delante. Hay películas así (son muy pocas, ciertamente, y casi todas de Eastwood) de ésas que sales del cine con el cuerpo helado, anonadado, como si te hubieran golpeado en el alma. Te tienes que sentar en el banco más próximo y te tiras ahí una hora, dos, impresionado por lo que has vivido, como no pudiendo creer lo que has visto. Sin perdón fue una de ellas, Mystic River otra, y Million Dollar Baby la tercera. Cada una es diferente, pero las tres tienen el sello inconfundible de Clint, un sello marcado por los silencios, las sombras, la inmensidad que sabe destilar sin palabras. No es fácil moverse entre las brumas y desprender sensaciones tan fuertes, ni agobiar sin palabras o aplastarte con sólo medias luces. Esta película consigue todo eso. Evidentemente, no es una historia de boxeo, sino la historia de un padre y una hija, el padre que perdió ella y la hija que perdió él, y de cómo se encuentran casi sin quererlo porque ella sólo quiere un entrenador y él no quiere ni verla. Si se fijan, la película es casi una comedia en su primera media hora o tres cuartos, con el impagable Peligro Flipao o la escena liviana, como si V pasara por allí, de no le pegas al saco, es el saco el que te pega a ti Pero todo se va transformando en la película. Del sol pasa a las nubes, luego a las tinieblas y finalmente a la oscuridad. La transformación del jefe es palpable y se ve cómo el amor filial le va envolviendo (el mejor Eastwood como actor que los tiempos vieron, y ya era hora porque ha llovido desde El Manco Todo es apabullante en esta película, sobre todo la historia de personajes sin destino, sin sitio adonde ir, sólo con sus sueños sin horizonte, perdedores natos. Y es tremenda también la interpretación, no sólo de ella, sin contestación posible; o la de él, que nunca alcanzó tan excelentes registros; sino sobre todo la de Morgan Freeman, aunque tampoco sorprende en Historia que un actor de su catepasa del sol goría. Todos se a las nubes, mueven a nivel insuperable porque de ahí a las la historia y el clitinieblas y, ma les ponen un finalmente, a sendero llano y pola oscuridad co abrupto. Lo entrañable de la relación entre boxeadora y entrenador, la intimidad de la historia, les lleva solos; eso, y los silencios que agrandan las miradas, la desesperación que envuelve el aire, la conversión del cielo en el infierno en sólo una décima de segundo, esa décima que él llega tarde a quitar el taburete, y todo se oscurece. Los climas de Eastwood son letales, un crochet inapelable, un K. O. terminal. Nadie hace eso como él y nadie es capaz de repetirlo tantas veces. Una película a la altura de Clint, que es muy, pero que muy grande, el mejor sin duda.