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ABC VIERNES 30 12 2005 Internacional 33 Dongzhou sigue cerrado desde que el 6 de diciembre la Policía china reprimió a tiros una manifestación y mató a tres personas. A pesar del cordón policial, ABC ha entrado en la localidad a entrevistar a la viuda de una de las víctimas La otra ciudad prohibida de China TEXTO Y FOTO: PABLO M. DÍEZ ENVIADO ESPECIAL DONGZHOU. En China hay otra ciudad prohibida aparte del palacio imperial de Pekín. Se trata de Dongzhou, un pequeño pueblo del sur del país, que permanece cerrado a cal y canto desde el pasado 6 de diciembre. Ese día, esta localidad vivió uno de los peores disturbios en China desde la matanza de Tiananmen en 1989. En una manifestación tres personas fueron muertas a tiros por la Policía Armada Popular. Desde entonces la localidad permanece sellada y no se permite acceder a la Prensa. Aunque la Policía ha establecido numerosos controles, ABC ha conseguido entrar en Dongzhou. Para ello fue necesario llegar tomando una ruta alternativa a través de unos campos de arroz cercanos. Tras cruzar a bordo de un destartalado bote un pequeño río, había que continuar a pie hasta un pueblo cercano, donde estuvo a punto de acabar la aventura, pues el primer edificio que se erigía era una moderna comisaría de Policía, cuya imponente estructura contrastaba con las endebles casitas de madera de alrededor. Sin duda, el lugar era el menos indicado para una incursión por sorpresa en Dongzhou, pero parecía que el edificio se encontraba vacío. prueba de la cruel represión. Un revelador testimonio gráfico capaz de dañar la imagen del régimen, empeñado en mostrar al mundo su rostro más amable y aperturista y que ha comprado el silencio de Occidente con su extraordinario crecimiento económico. La aventura de salir Pero si difícil resultaba entrar en Dongzhou, mucho más complicado iba a resultar salir. Por eso hubo que recurrir a un pequeño triciclo motorizado cubierto por una lona. A bordo de este vehículo, salimos de Dongzhou campo a través por unos angostos caminos donde el motocarro estuvo a punto de volcar en más de una ocasión. Llegados a las afueras, sólo faltaba encontrar un taxi que se atreviera a llegar a la autopista de Shenzhen. Tras dos interminables horas de espera dentro del triciclo en medio de una calle con más de un sobresalto cada vez que los faros de un coche iluminaban el interior, el piloto del motocarro apareció acompañado de un hombre de rostro serio y ojos recelosos, el chófer del taxi que iba a arriesgarse a tan peligroso viaje a Shenzhen. Un último obstáculo, el peaje de la autopista. El ulular de las sirenas de media docena de coches patrulla rompe la oscuridad de la noche. Ni las cortinillas, ni el cuello alzado de mi chaqueta, ni una gorra de larga visera que tapaba la mitad del rostro pueden evitar ser descubierto, aunque uno se haga el dormido y no mire ni de reojo a los guardias. Un instante de malsana curiosidad propia de esos momentos de tensión hace inevitable levantar la mirada. Desagradable sorpresa. Pegado a la ventanilla un agente escudriña el interior del coche. Pero sorprendentemente se retira tranquilamente y permite al taxi sortear el peaje. Desde ahí, el camino está despejado hasta Shenzhen. Atrás queda un pueblo tomado por la Policía para impedir que sus habitantes puedan contar lo que realmente ocurrió en Donzhou. Radiografía del cráneo de Jiang Huang Ge; en segundo plano, su viuda Yan Shou Li Un problema tras otro Desde allí se tomaba una furgoneta hasta Shenzhen, un pueblo de pescadores que en 20 años de milagro económico chino se ha convertido en una de las metrópolis más modernas y futuristas del país, hasta una intersección próxima a Dongzhou donde había que tomar otro medio de transporte para entrar en el pueblo. Dos motocicletas apostadas en el cruce reducían mucho las opciones, pero el método acabó revelándose como el más efectivo para colarse en Dongzhou. Oculto tras una enorme maleta entre el piloto y el pasajero, este corresponsal pasó cinco controles policiales y se cruzó con un convoy de coches patrulla sin ser visto. Ya en el interior de Dongzhou, lo más recomendable era tomar un taxi hasta el lugar de los disturbios. En este punto, donde aún monta guardia una hilera de soldados, el asustado conductor estuvo a punto de parar. Pero finalmente continuó por un callejón apartado de la calle principal en un aterrorizado pueblo por la desproporcionada represión policial. Allí ABC logró contactar con Yan Shou Li, viuda de Jiang Huang Ge, uno de los fallecidos en el tiroteo. Desde el año pasado luchamos contra la construcción de una planta eléctrica de carbón porque no hemos recibido ninguna compensación por la pérdida de los terrenos y por la contaminación explicó la mujer, que a sus 34 años trabaja como limpiadora en un bar. Aunque sólo había cien vecinos, llegaron varios miles de policías para dis- Ni el dinero ni las amenazas han callado a Yan Shou Li, viuda de Jiang Huang Ge, que pide justicia Sólo el 10 por ciento de la población disfruta de la mitad de la riqueza y 90 millones viven bajo el umbral de la pobreza persarnos con gases lacrimógenos- -relata uno de los asistentes- -y cuando uno se agachó para limpiarse los ojos, un agente pensó que iba a coger un arma y le disparó. Luego empezaron a disparar y perseguirnos por el pueblo. El tiroteo duró desde las ocho de la tarde hasta las once de la noche Jiang Huang Ge cayó de un balazo en el cuello. Cuando llegué al hospital, mi marido tenía la cara ensangrentada, pero supe que era él por su ropa recuerda su mujer. Le pedí al doctor que lo reanimara... Pero el médico no pudo hacer nada para salvar a Jiang Huang Ge, a quien la brutalidad del régimen comunista le ha robado no sólo la vida, sino también el cuerpo. Las autoridades me dijeron que si quería recuperar el cadáver debía reconocer que la muerte había sido culpa de mi esposo comenta indignada Yan Shou Li, a quien le ofrecieron una pequeña indemnización a cambio de su silencio. Pero ni el dinero ni las amenazas han callado a esta mujer que pide ayuda a la comunidad internacional con una espeluznante fotografía de su marido en el depósito de cadáveres como El campo, un polvorín a punto de estallar P. M. D. DONGZHOU. Casi tres décadas de reformas económicas han transformado a China, pero han provocado un desigual reparto del bienestar, pues sólo el 10 por ciento de la población disfruta de casi la mitad de la riqueza mientras 90 millones de personas viven bajo el umbral de la pobreza. Por ese motivo, la injusticia social se halla tras la mayo- ría de las 74.000 revueltas registradas el año pasado. La expropiación de fincas es uno de principales motivos de los levantamientos. Entre ellos destaca el de junio en la provincia de Hebei, en que murieron seis personas y otras 48 fueron heridas. Los habitantes de esa localidad se oponían a que una empresa estatal expropiara sus fincas para construir una cen- tral eléctrica. Los granjeros ocuparon los terrenos, pero fueron asaltados por matones. Según un vídeo del diario Washington Post, 200 de estos mercenarios utilizaron pistolas y bombas. La violencia de las imágenes obligó al Gobierno a deponer al alcalde y al secretario local del PC e indemnizar con 50.000 yuanes (5.061 euros) a cada víctima mortal. Los abusos de poder también afloraron en Chizhou, donde miles de personas intentaron asaltar la comisaría de Policía tras un incidente de tráfico en el que los ocupantes de un automóvil apalearon a un ciclista por rayarles la chapa del coche. Lo que sublevó a la población fue que el dueño del vehículo fuera miembro del Partido Comunista.