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ABC VIERNES 30 12 2005 Opinión 5 MEDITACIONES COMETIDOS E L Ministerio de Administraciones Públicas, que dirige Jordi Sevilla, emitió ayer una orden para que se retiren todos los ceniceros en los centros de trabajo de la Administración General del Estado y de sus organismos públicos. Se trata de limitar el efecto seductor de los objetos que, al parecer, incitan al consumo del tabaco. Entretanto, en Barcelona se discutía sobre la redacción final del Estatut. No hace mucho tiempo y en vísperas de que el Parlamento catalán aprobase el proyecto, era Sevilla el encargado de pilotar la reforma. Aquello salió como salió- -francamente mal- -Zapatero le apartó de las negociaciones en los cuartos de final. El malestar en La Moncloa era indisimulable. Y ahora, con la que está cayendo, tenemos al ministro de Administraciones Públicas dedicado en cuerpo y alma a la cruzada contra los ceniceros, que al parecer son peligrosísimos. MARCO AURELIO LEER Y PENSAR ARENGA JOSEP PLA DE ARCADI ESPADA Omega Barcelona, 2005 263 páginas 25 euros S Reconocer a Pla El 23 de abril de 2006 se cumplirán veinticinco años de la muerte de Josep Pla, el mayor prosista de la literatura catalana. Más de treinta mil páginas de Obra Completa. Y entre pasajes de memorialismo, viajes, retratos y crónicas periodísticas, los diarios de 1965 y 1968, con los que Arcadi Espada elabora las notas para una biografía todavía pendiente del escritor ampurdanés. Un periodo tan desconocido por el gran público, como decisivo para aprehender la personalidad planiana. Entre las fechas de esos diarios alborea el Cuaderno gris y el erotismo crepuscular que lleva al solitario presuntamente misógino a escribir a Aurora, la mujer que le hizo viajar a Buenos Aires en un inhóspito petrolero. El epistolario auroral del amor, conjugado con lecturas de Montaigne, Léautaud o Proust. La muerte de Aurora, el 18 de julio de 1969, cierra con unos versos de ilusión lírica el ciclo de lo que Pla llamó retour d âge. El fragmentarismo del diario como programa de escritura, metáfora de una vida y revelación de intimidades. A la cama cuando el reloj de la sala tocan las doce. Leo Un libro imprescindible para reconocer a Pla. SERGI DORIA I me pidieran un pronóstico seguro para el 2006, lo propondría hipotético, apolítico y apodíctico, de esos que no fallan nunca. Por ejemplo: quien invente una peladora eléctrica de quivis se va a forrar. Existe otro género de predicciones altamente performativas: las que se refieren a Bono. No hace todavía un mes, expresaba yo el temor de que nuestro ministro más aerotransportado se dejase un día los dientes en una grada del Bernabéu, y a punto ha estado de cumplirse mi mal augurio en un lejano patatal balcánico. O sea que mejor no meterse a profeta, que luego vienen los disgustos. Investíguese el percance. Si a error humano se debiera o debiese, no seamos muy severos con los responsables y pongámonos en su lugar. Con Bono perorando en la cabina frente a los reporteros gráficos, cualquiera de nosotros habría derrapado hasta Albania. Doscientos metros fuera de la pista, en tales condiciones, constituye un alarde de precisión. JON No es, desde luego, el reclamo más JUARISTI idóneo con que contamos para vender aviones a las democracias populares, pero nadie negará que Bono se gana el sueldo sin perder la dignidad haciendo el gilipollas (o la ola, hola) ni mancharse la culera. Ha impuesto en sus visitas ad liminem un estilo sobrio y discreto, como lo requiere el ascetismo militar de nuestro tiempo. Y aprende rápido. Comparte el rancho de la tropa, como le hemos visto hacer a Bush en las naves del Golfo: caparrón de León y chope de pavo. No se disfraza de comando ge. También eso se lo debe a Bush: austeras zamarras manchegas con alamares patrióticos, pero de factura civil, aunque no exagerada (así se vestía mi sargento Romerales para ir de copas por Logroño) Cultiva una imagen acertada, ni excesivamente próxima de lo castrense, ni demasiado distante. Conste que lo encuentro admirable. Lo que pierde a Bono es el populismo, una manía siempre peligrosa pero que, llevada a los cuarteles, puede acabar rozando la agitación sediciosa. El discurso de Cachemira es un buen ejemplo. De habérselo oído a un ministro de Defensa hace veinte años, habríamos sospechado que el Gobierno planeaba pasarse al Pacto de Varsovia. Afortunadamente, ya no hay motivo para esta variedad de alarma social, pero no parece que soflamas como la aludida, si se reiteran, vayan a tener un efecto positivo en la moral del Ejército. Bastaría con que unos cuantos ministros más del ramo, en los países de la OTAN, hicieran lo mismo que Bono con sus respectivas tropas en misión especial para que se liase una bonita bronca. Elogiar la eficacia y la entrega de los soldados propios está muy bien, sobre todo cuando sus méritos son innegables. Hacerlo en detrimento del crédito de una alianza defensiva en la que participa el Estado que uno contribuye a gobernar no deja de ser una imprudencia. Desde fuera, temo incluso que se perciba como una deslealtad, y el actual Gobierno anda un poco escaso de confianza por parte de sus aliados occidentales como para permitirse semejantes alegrías. Hay otro aspecto aún más preocupante. Oponer la desidia o la incapacidad de los burócratas al espíritu de sacrificio e iniciativa de los militares es uno de los lugares comunes más antiguos de la tradición demagógica. En la Baja Antigüedad engendró un fenómeno que los historiadores conocen como pretorianismo, y no quiero venirme más cerca. En el fondo del tópico subyace la atávica antipatía del guerrero al clérigo, propia de la trifuncionalidad indoeuropea. Quizá Bono crea que puede utilizarlo desaprensivamente para incrementar su prestigio. Sería un error. Ni el más bisoño de los soldados profesionales confundiría al ministro con un militar, pues no basta haber organizado una fastuosa retirada para sentar plaza de tal. El chorreo de Bono- -vestido de suboficial en horas de asueto- -contra los contadores de cuentos deteriora la concepción democrática de la política, que implica la subordinación del Ejército a la autoridad civil. Si los burócratas son unos inútiles, lo serán tanto en Bruselas como en Madrid. Es muy probable que los motivos de queja de Bono contra la burocracia de la OTAN estén bien fundados, pero una arenga no es la fórmula más correcta de exponerlos. Siga el conducto reglamentario, mi sargento.