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58 Cultura MIÉRCOLES 28 12 2005 ABC El Museo de Bellas Artes coloca en su entrada una obra en acero del escultor estadounidense, -junto al Lugar de encuentros IV de Eduardo Chillida- que ha sido cedida por un grupo de empresarios. El pentágono es la clave que lo resume todo Bilbao se rinde a los pies de Serra TEXTO: JOSÉ ANTONIO GONZÁLEZ CARRERA FOTO: LUIS ÁNGEL GÓMEZ BILBAO. Cada una de las cinco planchas de acero pesa unos 1.700 kilos y se mantiene en pie apoyada en las demás, de ahí su leve inclinación, hasta conseguir una formulación geométrica esquemática y sorprendente que apela a nuestra capacidad de percepción. Se trata de la nueva escultura que se coloca en Bilbao del artista norteamericano Richard Serra, autor de las ocho piezas colosales que forman dentro del cercano Guggenheim la exclusiva instalación La materia del tiempo La pieza, más sencilla y bastante menor que sus hermanas ha sido instalada en la entrada del Museo de Bellas Artes de Bilbao, junto al Lugar de encuentros IV de Eduardo Chillida. El alcalde de la ciudad, Iñaki Azkuna y el propio director del centro, Javier Viar, saludaban ayer esta nueva adquisición, cedida en régimen de dépósito a cinco años prorrogables por un grupo de empresarios que prefieren permanecer en el anonimato. Lo normal es que se prorrogue el periodo de cesión pensaba en alto Viar, que es quien ha hecho todos los tejemanejes para que la pieza pueda estar aquí comentó a su vez Azkuna de las artes del director del museo. Se trata de una obra muy propia de los años 80, cuando Serra trabaja más en formatos medios explicó Ignacio Múgica, de la galería Colón XVI, mediadora en el acuerdo. La pieza es de 1987 y se titula Five Plates Counter Clockwise Pentagon (Pentágono en sentido contrario al de las agujas del reloj) El pentágono es la clave que lo resume todo, pero hay que buscarlo en el lomo de la obra, formado por el encuentro de las cinco planchas, que miden 1,70 metros de alto. Casi es mejor conformarse con intuir la perfecta intersección. Saldar una deuda con el rebelde Bilbao se rinde de nuevo a los pies de Richard Serra, un creador muy vinculado con esta cuidad y cuando lleva a cabo los más grandes proyectos de su vida. De esta manera, la capital vizcaína salda con creces la deuda que tenía con el escultor: hace más de veinte años, el propio Museo de Bilbao rechazó una escultura que el artista había realizado ex profeso para el centro, al que se la ofreció a precio de coste. Serrá, que había sido invitado a la exposición 5 arquitectos- 5 escultores intimó con un grupo de rebeldes estudiantes de arte. Esto molestó a las autoridades y el museo no aceptó la obra, titulada Bilbao y consistente en dos pesados bloques de hierro colocados uno encima del otro. La pieza fue abandonada a la intemperie durante años, hasta que el coleccionista Plácido Arango se hizo con ella. La escultura de Richard Serra reta a la lógica a la entrada del Museo La pieza de Richard Serra, realizada en 1987, se titula Five Plates Counter Clockwise Pentagon ÓPERA El caballero de la triste figura EL FIN DE DON QUIJOTE Tomás Marco: El caballero de la triste figura Intérpretes: María José Suárez, Alfredo García, Emilio Sánchez, María Rey- Joly, solistas de la Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid, 10 10 Danza. Escenografía: Rafael Garrigós. Vestuario: Mónica Runde. Dir. de escena: Guillermo Heras. Dir. musical: José de Eusebio. Lugar: Teatro Circo, Albacete. Fecha: 27- XII ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE l Quijote descansa en paz. No ha sido fácil, aunque su destino estuviera escrito. Tal cual, lo cuenta la nueva ópera de Tomás Marco, encargada por la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales y cuyo estreno ha sorteado molinos y rebaños. Por fin, a punto de rematar la celebración de los 400 años del nacimiento E del caballero andante, Albacete ha vivido su estreno. Le ha llegado con gran despliegue en la prensa, por ser el broche de oro de este año cervantino, y sin escatimar aplausos al final de la representación. Es ópera de cámara y la quinta de su autor. Se la conoce por El caballero de la triste figura De ahí que se note la experiencia. Por ejemplo, en la capacidad para sintetizar en el libreto episodios de la novela cervantina, en la habilidad para encontrar el efecto musical con que apoyarlos y hasta en el manejo de viejas músicas, desde Falla a Stravinski, por citar lo obvio. Pero no sería justo negar lo mucho que de personal hay en la obra. En este sentido, tiene razón el autor al creerse un outsider Habría que añadir que de vuelta de mucho, pues sólo así cabe entender un lenguaje de tan intencionada amabilidad musical, trazado con mayor finura que en anteriores óperas. El colorista y eficaz manejo de la percusión, la reiteración rítmica que sirve de base a muchas partes instrumentales y el comedido vuelo de las lí- neas vocales se conjugan con una buena capacidad de síntesis para dar juego a once instrumentistas y ese regusto narrativo balanceado entre el hieratismo del coro y la templanza de la acción. Para resolverlo, Marco ha vuelto a contar con el director de escena Guillermo Heras, quien se ha implicado en la ausencia de lo accesorio con un escenario bonito, de afable visión, que acierta a incorporar el comentario de la danza, las acciones en cámara lenta forzadas por el ajuste con la partitura o curiosas estructuras como la máquina voladora. Marco puede estar contento. Con él, con la coreógrafa Mónica Runde y el director José de Eusebio, que se han entregado. También con un plantel de intérpretes (Suárez, García, Sánchez, Rey- Joly, 10 10 Danza, y solistas de la Orcam) a quienes les esperan, el próximo junio, representaciones en Madrid y Alcalá de Henares. Será entonces cuando acaben de hacer suyo este recrear de quien pudo vivir loco, pero ha muerto cuerdo. Una escena de la ópera de Marco