Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC LUNES 26 12 2005 43 Una niña colombiana de cinco años podrá evitar la ceguera al ser operada en España Las primeras celebraciones navideñas de Benedicto XVI revelan la apuesta del Papa por el mensaje y su renuncia a la dramaturgia de su antecesor El desafío de la palabra TEXTO: JESÚS LILLO AP nosotros para ser nuestro compañero a lo largo de los caminos insidiosos de la historia. Tomemos la mano que Él nos tiende: es una mano que no quiere quitarnos nada, sino tan sólo dar El Santo Padre lucía ornamentos dorados, similares a los que había utilizado la noche anterior durante la Misa del Gallo, en la que se refirió a la luz de Belén- -la estrella y el Niño- explicando que la luz significa sobre todo conocimiento, significa la verdad, en contraste con la mentira y la ignorancia. La luz nos hace vivir, nos indica el camino. Y además, la luz, cuando da calor, significa también el amor. Donde hay amor, surge una luz en el mundo. Donde hay odio, el mundo está a oscuras. Sí. En el establo de Belén apareció la gran luz que el mundo espera Durante esta semana el Papa disfrutará de unos días más tranquilos puesto que no hay audiencias, y recibirá la visita de su hermano Georg. El día 1 de enero celebrará la misa en la basílica de San Pedro, mientras que el 6 de enero, fiesta de la Epifanía, bautizará niños en la Capilla Sixtina como hacía Juan Pablo II, cuyo recuerdo era muy vivo en la fiesta de ayer. MADRID. La primera misa del Gallo oficiada por Benedicto XVI sirvió, la madrugada de ayer, para definir una nueva forma de comunicar el Evangelio desde la silla de Pedro. Sin el seductor y televisivo carisma de su antecesor, el Papa prescinde de un lenguaje gestual que no domina- -ni siquiera cuando los niños se acercan al altar y tiene que bendecirlos, con evidente y mecánica violencia- -y se apoya en la palabra. Como un viejo profesor, echa mano de las gafas para leer su mensaje, levanta la mano y alza la voz para evitar la distracción de los fieles y advierte a la audiencia esto es muy importante repite a menudo, para que nadie se distraiga) de la gravedad de su homilia. Benedicto XVI es un Papa que mira hacia afuera, con un imparable movimiento de ojos que inquieta e incluso incomoda. Las últimas misas de Juan Pablo II mostraron la imagen de un hombre que, con la cabeza apoyada en su mano y los párpados echados, reflexionaba. Escribía mucho en su estudio, pero en público se limitaba a dejarse ver y adorar. Cada movimiento suyo, incluso de debilidad, movilizaba a las cámaras de la televisión vaticana, adiestradas para narrar un relato visual en el que la palabra, muy a su pesar, resultaba accesoria para el espectador, hechizado por su presencia y con una capacidad perceptiva mermada por el excesivo peso místico de un Papa arrebatador. La flaqueza mediática de Benedicto XVI le obliga a representar el papel, machacón, de maestro. Y esto es muy importante vuelve a repetir, también a la mañana siguiente, cuando sale al balcón de la basílica de San Pedro para señalar que el hombre corre el riesgo de ser víctima de los éxitos de su inteligencia o que sin Cristo, la luz de la razón no basta para iluminar al hombre Al Papa parecen sobrarle muchos metros del grandioso envoltorio monumental de unas celebraciones en las que ocupa un papel central, pero diminuto: cuando, muy de tarde en tarde, las cámaras lo enfocan en primer plano, Benedicto XVI dirige sus ojos a uno y otro lado, con la mirada llena de ojeras y de ajetreo. Algo trama el Papa, quizás un mensaje. Silencios y miradas Elegido para dirigirse a una audiencia compuesta por millones de espectadores, el Papa no parece dispuesto a sacrificar la profundidad de un discurso que no duda en repetir, de un día para otro, de una semana para otra, para que vaya calando en la conciencia de quienes- -además de vitorearlo y retratarlo con sus cámaras digitales, de abrazarlo cuando pasa a su lado- -van a ver a un hombre que, sin demasiadas tablas, se deja tocar, pero que prefiere ser escuchado a rozado. En la mañana de ayer, después de oficiar la bendición Urbi et Orbi permaneció callado Benedicto XVI durante un largo rato. Sin unas gafas que no necesita utilizar para ver de lejos y que su asistente guarda en una funda, miraba a los mismos fieles a quienes, unos cuantos minutos antes, había dirigido un soberbio, complejo y hermoso desplegable de misterios de la fe. No se movía el Papa. Sólo sus ojos recorrían la plaza de San Pedro, escenario de un brillante desafío de palabras.