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ABC LUNES 26 12 2005 Nacional SESENTA AÑOS DEL MANIFIESTO DE LAUSANA 15 El Manifiesto de Lausana Hace 60 años Don Juan de Borbón dirigió a los españoles el Manifiesto de Lausana que fue censurado en España por Franco. A continuación publicamos el texto íntegro: Don Juan y Don Juan Carlos, en Estoril democracia con una fragmentación de la soberanía que condujera, más tarde o más temprano, a un nuevo enfrentamiento civil. La unidad nacional significaba en primer lugar la paz. Pero esa unidad nacional no era concebida por el Rey de cualquier manera. La Corona, aseguró ante las nuevas Cortes democráticas el 22 de julio de 1977, desea el reconocimiento de la diversa realidad de nuestras comunidades regionales y comparte en este sentido cuantas aspiraciones no debiliten, sino enriquezcan y hagan más robusta la unidad indiscutible de España La Constitución recogió, sin duda alguna, ese deseo, compartido por la inmensa mayoría de los constituyentes y de los españoles, de conjugar la diversidad en la unidad. Es verdad que el Título VIII no despertó el entusiasmo de todos, y que su contenido hubo de plegarse a la exigencia superior de lograr una Constitución que no fuera de partido, que no otra cosa significaba el consenso. Pero no es menos cierto que la Constitución hizo posible una democracia liberal y que ésta era- -y sigue siendo- en primer lugar, el imperio de la ley. Por tanto, el sentido primero y último de esa unidad indiscutible de España en definitiva, se refiere esencialmente al marco dentro del que es posible el Estado de Derecho. España es la entidad política y la razón de ser de la soberanía que hace posible el funcionamiento de la democracia liberal; es el espacio político, fruto de un proceso histórico secular, que garantiza la libertad y el único espacio dentro del cual tiene sentido la construcción de las autonomías. Lo contrario, que algunas autonomías por obra de determinadas estrategias políticas, se conviertan en arietes contra la unidad de la nación y del Estado, es un grave error. La defensa de la unidad de España que recoge la Constitución tiene como objetivo fundamental la defensa del Estado constitucional y democrático que nos permite ser libres y diferentes. Basta que erosionemos los pilares mínimos e imprescindibles sobre los que se asienta la acción del Estado, para que abramos la puerta, no sólo a la disolución de España, sino a la pérdida de nuestra libertad y del pluralismo. Españoles: Conozco vuestra dolorosa desilusión y comparto vuestros temores. Acaso lo siento más en carne viva que vosotros, ya que, en el libre ambiente de esta atalaya centroeuropea, donde la voluntad de Dios me ha situado, no pesan sobre mi espíritu ni vendas ni mordazas. A diario puedo escuchar y meditar lo que se dice sobre España. Desde abril de 1931 en que el Rey, mi Padre, suspendió sus regias prerrogativas, ha pasado España por uno de los periodos más trágicos de su historia. Durante los cinco años de República, el estado de inseguridad y anarquía, creado por innumerables atentados, huelgas y desórdenes de toda especie, desembocó en la guerra civil que, por tres años, asoló y ensangrentó la patria. El generoso sacrificio del Rey de abandonar el territorio nacional para evitar el derramamiento de sangre española, resultó inútil. Hoy, pasados seis años desde que finalizó la guerra civil, el régimen implantado por el General Franco, inspirado desde el principio en los sistemas totalitarios de las potencias del Eje, tan contrario al carácter y a la tradición de nuestro pueblo, es fundamentalmente incompatible con las circunstancias que la guerra presente está creando en el mundo. La política exterior seguida por el Régimen compromete también el porvenir de la Nación. Corre España el riesgo de verse arrastrada a una nueva lucha fratricida y de encontrarse totalmen- te aislada del mundo. El régimen actual, por muchos que sean sus esfuerzos para adaptarse a la nueva situación, provoca este doble peligro; y una nueva República, por moderada que fuera en sus comienzos e intenciones, no tardaría en desplazarse hacia uno de los extremos, reforzando así al otro, para terminar en una nueva guerra civil. Sólo la Monarquía Tradicional puede ser instrumento de paz y de concordia para reconciliar a los españoles; sólo ella puede obtener respeto en el exterior, mediante un efectivo Estado de Derecho, y realizar una armoniosa síntesis del orden y de la libertad en que se basa la concepción cristiana del Estado. Millones de españoles de las más variadas ideologías, convencidos de esta verdad, ven en la Monarquía la única institución salvadora. Desde que por renuncia y subsiguiente muerte del Rey Don Alfonso XIII en 1941, asumí los deberes y derechos de la Corona de España, mostré mi disconformidad con la política interior y exterior seguida por el General Franco. En cartas dirigidas a él y a mi representante hice constar mi insolidaridad con el régimen que representa, y por dos veces, en declaraciones a la Prensa, manifesté cuán contraria era mi posición en muy fundamentales cuestiones. Por estas razones, me resuelvo, para descargar mi conciencia del agobio cada día más apremiante Sólo la Monarquía Tradicional puede ser instrumento de paz y de concordia de la responsabilidad que me incumbe, a levantar mi voz y requerir solemnemente al General franco para que, reconociendo el fracaso de su concepción totalitaria del Estado, abandone el poder y dé libre paso a la restauración del régimen tradicional de España, único capaz de garantizar la religión, el orden y la libertad. Bajo la Monarquía- -reconciliadora, justiciera y tolerante- -caben cuantas reformas demande el interés de la nación. Primordiales tareas serán: aprobación inmediata, por votación popular, de una Constitución política; reconocimiento de todos los derechos inherentes a la persona humana y garantía de las libertades políticas correspondientes; establecimiento de una asamblea legislativa elegida por la nación; reconocimiento de la diversidad regional; amplia amnistía política; una más justa distribución de la riqueza y la supresión de injustos contrastes sociales contra los cuáles no sólo claman los preceptos del cristianismo, sino que están en flagrante y peligrosísima contradicción con los signos político- económicos de nuestro tiempo. No levanto bandera de rebeldía, ni incito a nadie a la sedición, pero quiero recordar a quienes apoyan al actual régimen la inmensa responsabilidad en que incurren, contribuyendo a prolongar una situación que está en trance de llevar al país a una irreparable catástrofe. Fuerte en mi confianza en Dios y en mis derechos y deberes imprescriptibles, espero el momento en que pueda realizar mi mayor anhelo: la paz y la concordia de todos los españoles. ¡Viva España! JUAN Lausana, 19 de marzo de 1945