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66 Espectáculos SÁBADO 24 12 2005 ABC El cuarteto de Glasgow revalidó en el Rockódromo madrileño- -donde se trasladó, desbordado por la demanda de entradas- -su pase a la primera división del pop con un concierto de aseados e impecables estímulos adolescentes CLÁSICA C. Grandes Voces del Real Obras de Ch. W. Gluck, W. A. Mozart y H. Berlioz. Intérpretes: A. C. Antonacci (soprano) y Orquesta Titular del Teatro Real. Director: J. López Cobos. Lugar: Teatro Real. Madrid. Fecha: 22- 12- 05 Franz Ferdinand, aprobado general TEXTO: JESÚS LILLO MADRID. No fue tanta gente como a las manifestaciones del PP, pero sí la suficiente como para llenar, casi hasta su tapadera metálica, el viejo Rockódromo de la Casa de Campo madrileña y revelar el alcance del fenómeno que en las últimas dos temporadas ha reactivado el pop británico. Hasta ropa interior, impresa con el nombre de Franz Ferdinand, vendían en los puestos de recuerdos de un concierto que representó la puesta de largo del cuarteto como cabeza de cartel de las funciones del rock de estadio y objeto de veneración para miles de fanáticos. Bajo la tapadera, la cosa hervía. No son tan guapos como para vender discos por la cara, pero sí vistosos y con la suficiente chulería como para seducir a todas esas chicas a las que hacen bailar con sus inmaculadas canciones. Bailan, pero no sudan, y tampoco se despeinan; visten camisas bien abotonadas, planchadas y remetidas; no escupen, ni beben, ni fuman sobre el escenario. Tampoco han hecho de la droga y otros lugares comunes del rock maldito un extra tormentoso para retroalimentar el morbo de sus fieles. El único excitante que contiene la obra de Franz Ferdinand es su música, efervescente como un refresco tolerado para todos los públicos, incluso para las madres de todas esas jóvenes que saltan cuando escuchan Take Me Out Auf Achse o The Dark Of The Matinée mujeres de mediana edad a quienes les debe de sonar, de lejos o de cerca, la sintonía que tanto excita a sus hijas y que interpreta un grupo que no exige grandes conocimientos musicales para disfrutar- -primera y a menudo olvidada conjugación del pop- -con sus canciones. ANTONACCI, SOPRANO POLIFACÉTICA A. I. Permeabilidad Pese su sofisticada depuración formal, el discurso de Franz Ferdinand resulta primario y accesible, elemental y penetrante en cualquier tejido impermeabilizado por las rebuscadas derivas que adoptan, a veces desnortados, los activistas del rock de arte y ensayo. En su segundo álbum, la banda de Alex Kapranos ha reformulado la ecuación de primer grado contenida en su disco de debut. También caben Ennio Morricone Walk Away o inesperadas baladas acústicas Eleanor Put Your Boots On en una tómbola en la que siempre tocan, premio seguro, emociones de primerísima necesidad. La extrema corrección de Franz Ferdinand resulta provocadora sobre el escenario: sus canciones son tan hermosas y claras que los escoceses no tienen valor, tampoco necesidad, de modificarlas con arranques de vitalidad postiza. Sólo en This Fire con la que cerraron su actuación, se permitieron al- Alex Kapranos, durante la actuación del pasado miércoles en Badalona guna licencia para rematar, con estudiadas distorsiones, su soberbia faena madrileña y darle un último calentón al público, que fuera hacía frío. Aunque todavía luzcan el nombre de EFE Bailan, pero no sudan, y tampoco se despeinan; visten camisas bien abotonadas, planchadas y remetidas Sus canciones son tan claras que los escoceses no tienen valor, tampoco necesidad, de modificarlas en directo su pequeño sello discográfico, Domino, impreso en su batería, Franz Ferdinand se ha instalado, por derecho, en el circuito de los estadios y los recintos a presión, espacios donde la discutible nitidez del sonido y la lejanía del escenario representan, entre otras incomodidades, el peaje para una travesía paramusical, de simple adoración. Apenas ha habido tiempo para disfrutarlos en una red de cercanías desde la que no han tardado en hacer trasbordo hacia una pasarela en la que prima el aparato sobre el repertorio, impecable. El pasado jueves, cuatro técnicos iluminaban con cañones de luz y sin descanso a cada uno de los miembros de una banda cuyos nombres constituyen ya materia de examen en el bachillerato del pop. No hace falta tener muchos estudios para probarlos y aprobarlos. rosigue el reciente ciclo de Grandes Voces en el Real, con el segundo de sus conciertos que sirvió para presentar en Madrid a la soprano italiana Anna Caterina Antonacci que, dada su brillante trayectoria internacional, alternativamente, desempeña papeles de soprano o mezzosoprano, y es especialista en Rossini o actúa en recitales y conciertos, así el que nos ocupa con páginas de Gluck, Mozart y Berlioz, por lo que cabe estimarla como polifacética en el sentido más alto de la palabra. De todos modos, su arte y medios técnicos podrían hasta excluir otros encasillamientos, admirándola como soprano dramática por el timbre cálido de su voz y por un admirable seguimiento de los textos entonados, en los que apoya una intencionalidad subida. Sería tras infundir vida a sus personajes de las óperas de Gluck y Mozart, la cima de su actuación cuando La mort de Cléopatre de Hector Berlioz, creando sutilezas mil hasta alcanzar un final memorable dada su exquisitez. A recordar la pincelada hermosa de las diez voces femeninas del Coro Titular, cuando Les pretresses de Gluck, la devocionada entrega de los profesores de la Sinfónica de Madrid en los brevísimos fragmentos de Don Juan del mismo compositor germano, asimismo en los del ballet mozartiano Idomeneo, re di Creta, K 367 y destacándolos sobre todo en la página de Berlioz, siempre llevados por el inteligente timón de Jesús López Cobos. Permítaseme detenerme ante la labor asombrosa en verdad de la Sinfónica madrileña, la del maestro Arbós, la Titular del Teatro Real hoy articulando un recital, después de haber presentado en el Auditorio Nacional la tradicional Novena Su titular, López Cobos, sabe cómo mejor extraer todo cuanto hay de bueno en la centuria... Y, siempre, está a la altura de tan delicados cometidos; mi enhorabuena es por ello sincerísima... pero, naturalmente, ese virtuosismo del que hizo gala tanto en los brevísimos diez números del Don Juan de Gluck o los del Ballet Idomeneo de Mozart, virtuosismo del aire vivo que puede y debe asegurarse con la categoría de tan gran conjunto. La sala vibró y ganó la baza de las propinas cuando abandonaba la interesante velada. P