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ABC SÁBADO 24 12 2005 Opinión 5 MEDITACIONES POSTALES N ECESITABA el presidente del Congreso que le pasaran la mano por el lomo para hacerle olvidar tantos sinsabores y encontronazos. Situado en el centro de casi todas las trifulcas parlamentarias, salpicado por el agua de casi todos los charcos políticos, Manuel Marín merecía un gesto, cálido, que le hiciese olvidar la tensión acumulada durante tantas sesiones. No esperaba nada, quizá salir indemne del enésimo debate de una legislatura de alto voltaje, pero el pasado jueves, tras realizar una lectura- -soberbiamente cuidada, entonada y puntuada con exquisito tacto vocal- -de una larga y grisácea enmienda a los Presupuestos, el hemiciclo, sin distinción de bancadas, prorrumpió en aplausos, como una efímera postal navideña que se abre para desplegar paz y buenos deseos. Se lo tenía ganado. MARCO AURELIO LEER Y PENSAR NAVIDAD LAICA PARAÍSO Y NAUFRAGIO DE MASSIMO CACCIARI. Abada Madrid, 2005 97 páginas 16 euros Lecturas musilianas Ahora que tanto se habla de identidades e, incluso, algunos se enrocan en constructos comunitarios a prueba de mestizajes, sería bueno reivindicar la filosofía de la historia que contiene esa especie de evangelio laico de la postmodernidad que es El hombre sin atributos de Musil. A su manera, eso hace Massimo Cacciari en este breve pero magnífico ensayo sobre la heterogeneidad, que es la reflexión que nos propone en Paraíso y naufragio Aprender de su lectura de Musil podría ser un buen estímulo de apertura intelectual para quienes se aferran a identidades inflexibles y trasnochadas. En este sentido, si el hombre fuera entendido como un estado de disposición abierto a la otredad en el que el yo fuera fiel a la potencialidad hipersensible que aloja en su seno, quizá, entonces, otro gallo nos cantaría a todos. De ahí que, mientras el presente lo marquen los hombres póstumos de nuestro tiempo, sólo quede esperar en medio de la percepción de que es posible todavía una utopía de la exactitud que sea capaz de utilizar algoritmos sensibles que demuestren aquello que decía Keats de que con los sueños comienzan las responsabilidades JOSÉ MARÍA LASSALLE E discute en estos días si la Navidad ha dejado de ser una fiesta religiosa, para convertirse en una mera orgía consumista, aderezada con unas dosis de humanitarismo de pacotilla, que es manifestación farisaica muy del gusto de nuestra época. Creo que este debate no es sino una excusa o subterfugio que nos evita incursionar en otro mucho más hondo y peliagudo, que es el debate sobre la naturaleza de la felicidad. El hombre contemporáneo persigue la felicidad como si de una formula química se tratase, algo así como un revulsivo o catalizador que actúa sobre nuestro ánimo, infundiéndole una sensación de bienestar Naturalmente, esta búsqueda suele saldarse con un fracaso, pues en el mejor de los casos esa sensación resultará pasajera, apenas un analgésico que distrae por unos pocos días el dolor en sordina que martiriza al hombre cuando deJUAN MANUEL cide amputarse, escindirse, reneDE PRADA gar de un elemento que le es consustancial. No hay felicidad sin una aceptación plena de lo que somos; y lo que somos incluye una dimensión religiosa, o si se prefiere trascendente, que no se puede extirpar sin un grave menoscabo de nuestra propia naturaleza. El hombre contemporáneo, al expulsar a Dios de su horizonte vital, se ha convertido en un ser demediado y, por lo tanto, infeliz; y, como el manco que en los días que preludian tormenta siente un dolor fantasmagórico en el brazo que le ha sido arrancado, el hombre contemporáneo siente en las fechas navideñas esa amputación que ha infligido a su propia naturaleza como una carcoma o una desazón angustiosa que trata de combatir mediante lenitivos euforizantes. Una vez extinguidos sus efectos, vuelve a sentir el dolor de la amputación, y otra vez vuelve a ensordecerlo con esos lenitivos que, como la morfina, a la vez que lo alivian lo esclavizan y embrutecen. A veces, S entre los vapores de la morfina, brota en el hombre contemporáneo la reminiscencia de una nostalgia, que confunde con alguna estampa más o menos idílica de su niñez y que, a la postre, no es sino añoranza de aquel estado originario en que aún no había renegado de su apetito de trascendencia y espiritualidad. Los lenitivos que el hombre contemporáneo ha ideado para acallar la protesta de su naturaleza son de diversa índole: desde el consumismo desmelenado y bulímico hasta ese humanitarismo falsorro que despojado de su requisito primordial (la consideración del prójimo como recipiente sagrado) se queda en puro aspaviento, pasando por la torpe satisfacción de placeres primarios, puramente fisiológicos. Cuando se habla de Navidad laica se está designando, en realidad, esa infelicidad que el hombre contemporáneo vive como una amputación y trata de paliar mediante colocones de morfina. Pues la Navidad, antes que nada, es la fiesta a través de la cual el hombre reconoce la presencia de Dios en la aventura humana y, por tanto, la dimensión trascendente de su propia vida. Cuando Dios nace, algo bueno y nuevo nace dentro de cada hombre, en su más ensimismada esencia. Al asumir como propio ese ingrediente divino, el hombre se siente más completo y conforme consigo mismo; y de esa conformidad brota, como una irradiación que no declina su llama, la verdadera felicidad. Despojada de esa significación honda y primordial, la Navidad se convierte en una trágica búsqueda de lenitivos y analgésicos, un vagabundaje desesperado en pos de una quimera. El hombre contemporáneo que celebra una Navidad laica es, en cierto modo, como ese gallo descabezado que corretea poseído por la desazón mientras se desangra; aunque no lo sepa, es tan sólo un muerto que camina, pues ha extraviado la fuente de la que mana su felicidad.