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64 JUEVES 22 12 2005 ABC FIRMAS EN ABC dan de horizonte abierto, de mar azulísimo y terso, casi espejo, casi alfombra. Su farero- -ahora llamado técnico de señales marítimas- -no es el legendario de barba blanca y pipa apagada, reconcentrado y hosco, sino un joven animoso y conversador: Mario Sanz, escritor por demás. Desde su oficina, allá arriba, se ve, por un lado, la cala de Agua Amarga, el islote de San Pedro, el Playazo de Rodalquilar, la punta de la Polacra, con su faro, y los Frailes; por otro, el rocoso sostén de la Mesa. Humilde y postergado cíclope llamará él a su faro. Nunca he encontrado- -me dice- -una tarjeta postal con su fotografía y no hay referencias de él fuera de libros especializados Pero allí sigue, erguido y desafiando vientos y soledades, entre los de Cabo de Gata y Cabo Tiñoso, el primero de los cuales se perdía de vista al doblar el morrón de los Genoveses, sin que aún se llegara a ver la luz del segundo. La suya, con un alcance actual de 23 millas náuticas, suplió en su día y suple hoy ese vacío, esa peligrosa oscuridad, entonces con una lámpara Degrand de dos mechas, que consumía aceite de oliva, y ahora con cuantos adelantos posibilitan las nuevas tecnologías. Para paliar esos olvidos, y homenajear también a sus antecesores, Mario Sanz ha publicado recientemente un denso volumen titulado Faro de Mesa Roldan y subtitulado Apuntes para una historia que se lee sin esfuerzo, y en el que aprendemos muchas cosas de muy diversa índole. Porque es larga su experiencia al frente de este faro, del que se hizo cargo en junio da 1992, quedando asímismo bajo su responsabilidad, cinco años después- -junio de 1997- -el de Garrucha. Mario Sanz dedica su libro, entre otros, a todos los poetas y artistas que se han fijado en los faros y han sabido captar, cada uno a su manera, la esencia de su existencia Dedicatoria en la que me considero incluido, pues, a mi manera, y con menos conocimientos que después de leerle, yo hice de un faro eje de mi novela Las amapolas se han vuelto blancas de repente que editara Bruño al mismo año en que Sanz tomaba posesión de Mesa Roldan; 1992. Faro que alcé en un supuesto lugar del Mediterráneo, Isla Seca, cuya ¿realidad? no respondía a su nombre, ya qua era fértil y jugosa cuya tierra, verde su campiña, generosos sus frutales. Las peripecias que hice vivir a sus protagonistas, regresan con frecuencia a mi memoria, que fue prolija su gestación y bien grata. Tuve ocasión da hojear, antes de abandonar el singular rincón almeriense, el nuevo libro de Mario Sanz, escrito, claro, en torno a los faros: historia, leyenda, anecdotario, análisis de su presencia en la literatura universal... Un volumen tan documentado como ameno. Pero su autor no ha encontrado editor propicio, al menos hasta ahora. Mis tantos años al pie de las letras, me llevan a afirmar- -pese a no haber tenido tiempo de profundizar en él- -que se trata de una obra capaz de hacer lectores. Ojalá la veamos impresa muy pronto. CARLOS MURCIANO ESCRITOR ON THE ROCKS En una soleada mañana del otoño, lo he visitado, y he ascendido hasta su cúpula, por una empinada escalera de caracol... N O hablo de una bebida, sino de un faro. Sobre las rocas calizas de una esquina del Parque Natural Cabo de Gata- Níjar, se alza el de Mesa Rolfán, el tercero en altura de España, después del de la Polacra, su vecino, y del de Castell de Ferro, en la provincia de Granada, más nuevos en su construcción y sin vivienda. El de Mesa Roldan sí la tiene. Se construye en 1863, y al 31 de octubre de ese año, la Reina Isabel II ordena que el faro se ilumine por vez primera exactamente dos meses después; el día de San Silvestre, cuando el año toca a su fin. Los fareros- -o torreros, o faristas- -que ese día cumplen sus órdenes son Francisco Manresa y Eduardo Paga. En una soleada mañana del otoño, lo he visitado, y he ascendido hasta su cúpula, por una empinada escalera de caracol, que ha traído a mi mente aquella otra de mi infancia, qua subía- mos a espaldas del campanero, para alcanzar la azotea de la torre mayor de mi pueblo, coronada de lumbre y de cernícalos. Aquel paisaje mío de río, puente y huertas, es en Mesa Rol- TRINIDAD DE LEÓN- SOTELO PERIODISTA FEMINICIDIO E estoy cansando de la palabra maltrato. Se me está quedando corta. Lo que fueron gotas de sangre de mujer se ha convertido en un río que ya parece torrente. Hay días en las que se las sacrifica a pares como en un ritual satánico. ¿Y esto es obra de maltratadores? ¿Es no ya lógico, sino moral, decir eso tan repetido refiriéndose a la víctima como una más del maltrato? No y mil veces no. ¡Qué palabra tan suave para un criminal en toda regla que ejecuta la barbarie contra otra persona de distinto sexo! Hubo un tiempo en que a esta maldad, a la que cualquier adjetivo quitaría fuerza en vez de añadírsela, se la denominó crimen pasional: obcecación, exaltación incontrolada, arrebato que arrasa como el fuego borrando en el hombre cualquier capacidad de raciocinio. ¡Ah! que fantástico que la pasión justificara lo injustificable. Este acto tenía su castigo y con la democracia se acabó con la gracia de que el marido se fuera de rositas por haber terminado con la vida de una adúltera. Era una ley claramente injusta y terrible, pero ya ha desaparecido del mapa español. Pero no todo ha cambiado para bien. Las mujeres que ahora mueren a manos de sus parejas, tengan o no papeles de su unión, no lo hacen, generalmente, a causa de una pasión turbadora, se mata a personas odiadas a las que su asesino considera dignas de residir en el cementerio. El hombre que tiene en el punto de mira a su víctima planea a la perfección su crimen convirtiéndola en eso que ya queda dicho, una nueva víctima del M maltrato En el franquismo se dio mucho el eufemismo como aquel, por ejemplo, que cambió la palabra obrero por la de productor. Pero ahora, en plena democracia se usan muchos a la caza y captura de lo políticamente correcto: las cosas no son lo que son sino aquello por lo que se decide llamarlas. Y no. Lo repito, me he cansado de la palabra maltrato cuando quiere decir crimen, porque en estos casos la palabra a emplear es feminicidio, como hay infanticidios, parricidios, etc. Maltrato es la paliza, la práctica de una autoridad inadmisible para destruir el espíritu de una mujer, y conducirla por una senda que la lleve a perder el más mínimo respeto por sí misma, etc. etc. etc... No digo que no se hayan puesto medios desde hace años: móviles para llamar a la policía, policía especializada en este drama que, como todos, sólo conoce bien quien lo vive; anuncios en radio, prensa y televisión para concienciar a los ciudadanos sobre un mal que no puede consentirse que se convierta en endémico, medidas de alejamiento para el agresor... Pero ¿cuántas y cuántas han perdido la vida porque el condenado se ha saltado a la torera la prohibición de acercamiento? ¡Ay! ni las palabras, ni ciertos métodos, mejoran la situación ni mi cansancio ante tanto espanto, tanta vida machacada... Pienso, por ejemplo, si no va siendo ya la hora de que no sea la víctima de maltrato ni sus hijos- -cambio de ambiente, de escuelas- quienes tengan que huir de su hogar hacia una casa de acogida en las que se sienten alejadas y sin libertad de movimientos, para que el individuo de marras no consume el feminicidio unido al infanticidio en muchos casos. Ese hombre es portador de un arma letal que está dispuesto a emplear. Cuando se le condene a la cárcel, por tropelías varias antes del crimen, no será por mucho tiempo. ¿Por qué ha de huir la víctima dejando atrás su forma de vida y no es el maltratador el que es llevado a casas de acogida, o déseles el nombre que se quiera, hasta aprender que no es dueño de la existencia de nadie? Porque lo que está diáfano es que aunque las autoridades hayan buscado soluciones y se haya achacado todo al machismo, a cierta educación malsana, el caso es que el feminicidio va a más. ¿Qué conciencia tienen los vecinos- -mujeres y hombres- -que oyen los gritos de la víctima y no llaman a la policía, porque estabámos acostumbrados a los gritos No puedo creer que sean iguales los gemidos de quien recibe una paliza que los que provoca ver llegar a la muerte. A las mujeres, incluso a las más jóvenes- -tantas veces convertidas en cadáveres- -hay que concienciarlas de que aunque la sociedad- -sí, todavía, y sobre todo en determinadas capas sociales- a cierta edad las empuje a formar pareja, no confundan el amor con el sexo, -si el amor no es eterno; el sexo, menos- ni formen pareja por estar embarazadas de alguien que tiene presente y pasado criminal. Hay que aprender, como prioridad, a ser independientes económicamente, y a no tomar como regalo que se le ofrezca como prueba de amor que dejéis de trabajar con un me basto solo para llevar la casa La mujer siempre ha de ser dueña de sí misma y así poder tomar decisiones cuando la convivencia venga mal dada. Dirigir la propia vida es lo esencial en la existencia de una mujer.