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ABC JUEVES 22 12 2005 Opinión 7 prendente, para la propia concepción del mundo y para, con ello, compartirla. El final de estas reflexiones es que empezamos a darnos cuentade que las lenguas pueden ser instrumentos de identidad separadora, que lo son, de unos grupos frente a otros. Y que de hecho se utilizan como arma de agresión diferenciadora Sólo hay que mirar los telediarios un poco todos los días para ser consciente de cuanto acabo de decir. El niño inmerso totalmente en una determinada lengua desde el mismo nacimiento concebirá el mundo de una manera diferente a los demás que no hablan esa misma lengua. Y lo hará de una manera casi permanente y definitiva. Esto antaño tenía un valor de supervivencia enorme, pues creaba una fuerza de grupo cohesionada. Hoy, por el contrario, ese mismo proceso, si es ejecutado dentro de un grupo grande, homogéneo y de lengua común y centenaria, debilita, es separador y estéril. La inmersión absoluta de los niños recién nacidos en un idioma en el seno de una sociedad que ya habla otro idioma o dos tiene claramente un propósito diferenciador y de aparente supervivencia para quien dirige esa inmersión. Supuestamente, esa mayor supervivencia se adquiere a través de ventajas como vivir mejor y más seguro que los demás, porque nadie marca diferencias para mostrar que es peor, más humilde y por tanto más necesitado. LA ESPUMA DE LOS DÍAS JUVENES DUM SUMUS L Ante todo esto, se me ocurre que debiera haber más voces levantadas entre lingüistas, científicos, escritores y poetas que expliquen a esos políticos, muchos sólo obedeciendo a una emoción hoy vacía, que están enarbolando una bandera errónea, aquélla de la inmersión completa en una lengua minoritaria, sin conocer lo que ello significa. O quizá pensando que ello es un bien para su comunidad frente a la de los demás. O quizá pensando que esa emoción profunda de la lengua diferenciadora representa lo que en otros tiempos, milenarios, representaba, sin darse cuenta de que hoy es una desventaja profunda la que sumergen en los cerebros de los niños. El mundo ya no es un pedazo de tierra cerrado frente a otro, sino pedazos que se abren a pasos agigantados unos a otros. Y la llave, el instrumento que abre esos pedazos geográficos, son las lenguas y la emoción y la concepción del mundo que con ellas se adquieren. Es una lástima que ante la ceguera de algunos pocos, otros tantos, también ignorantes, apoyen inmersiones que suponen en esencia la construcción de la barrera más dura que se pueda imaginar. haya oído hablar en el seno familiar dos lenguas distintas, sigue existiendo una con un color emocional más profundo y sutil, quizá el de la madre, reforzado por el de la calle y de todos los días. Color emocional posiblemente no detectable ni por el individuo, ni por tests psicológicos sofisticados, ni tan siquiera tal vez por las técnicas de imagen cerebral más sofisticadas. Pero existir, existe. Hoy, con la neurolingüística, comenzamos a conocer las profundidades abisales en las que el lenguaje está anclado en el cerebro y su tremendo significado no sólo para la solidaridad y la agresión entre los seres humanos, sino para lo que resulta todavía más sor- PALABRAS CRUZADAS ¿Debería tener más carga religiosa las navidades? FELIZ NAVIDAD N Estados Unidos se vive un debate social sin precedentes entre los partidarios de la Feliz Navidad y los partidarios de Felices Fiestas. Creen los defensores de las Fiestas que de esa manera se unifican criterios en un crisol de procedencias, religiones, colores y tradiciones, mientras que la Navidad sólo puede ser celebrada por los cristianos. No existe ese debate en esta España nuestra, crisol también de distintos credos y costumbres, más aún en estos tiempos de inmigración; pero es muy evidente que las Fiestas cada vez se superponen más a la Navidad, el laicismo a la religión. Apostar por no perder las raíces religiosas no está de moda, es social y políticamente incorrecto, pero a algunos nos PILAR gustaría que hubiera cierto poso en estas CERNUDA fechas que recordara, siquiera remotamente, que se celebra lo que se celebra, que se conmemoran unos hechos que cambiaron el mundo. Están bien las luces y la fanfarria, las bolas de colores y los regalos, las lentejuelas y el cava, pero también se podría hacer un esfuerzo para que el árbol anglosajón no suplantara al Nacimiento, para que se mantuviera la tradición de la Misa del Gallo y en algún momento se pusiera el acento en que vivimos unas fechas sagradas, religiosas, guste o no guste a los laicos. Sin embargo, todo apunta a que es una batalla perdida: el consumismo lo arrasa todo. FELICIDADES GLOBALES E E STE año he recibido menos postales de felicitación que nunca. Pero más correos electrónicos y mensajes SMS que jamás. Las cosas evolucionan en lo formal, y también en los conceptos más profundos. Dejemos las nuevas tecnologías para otros comentarios y vayamos al fondo: la Navidad para mí conlleva un grito tradicional, cristiano, de amor y tolerancia, aunque a veces sea desmentido con gritos y algarabías mediáticos, que se dicen episcopales, pero que son muy otra cosa. Claro que no para todos ha de ser igual: hay gentes para quienes estas fechas significan algo diferente, ajeno a una conmemoraciónpuramente religiosa. Y quisiera pensar que la Navidad conlleva hoy, al menos, una idea global de fraternidad, un deseo de ser mejores los FERNANDO unos con los otros, más allá de postulados JÁUREGUI concretos sobre la noción que cada cual tiene de Dios y de sus relaciones con el más allá. Entiendo estas fechas como algo de mucho más alcance que el mero ir de compras, la lotería y la comilona familiar; más allá que el belén, los pastores, los Reyes Magos o el árbol de luces. Me gusta pensar que la gente anda en las calles, enloquecidas y ahítas de tráfico, con un cierto gesto de paz y tregua en la sonrisa, simplemente porque sí, porque alguna vez tenemos que querernos un poco unos a otros. Ya estamos con utopías, pensará usted. ¿Y qué? Si hay en el calendario un momento para elevarse sobre la dura realidad, es éste. Muchas felicidades. ¿Y usted qué opina? Déjenos su mensaje o su voto en la página web www. abc. es eldebate A juventud española goza de buena salud. Al menos, en apariencia; o, más exactamente, ésa es la percepción que los propios jóvenes tienen de sí mismos. Lo cual no deja de constituir un rasgo de autoindulgencia más propio de personas de edad madura, ésas que comienzan a descubrir demasiado tarde que, en efecto, la verdadera caridad empieza por uno mismo. Es muy probable, sin embargo, que nuestros jóvenes tengan razón, y que su juicio coincida con el de quienes, perteneciendo a generaciones mayores, se niegan a someterse al dictado social que coloca la juventud como un valor siempre dominante, pero al mismo tiempo se niegan a sacraEDUARDO lizar su propia experienSAN MARTÍN cia juvenil como una edad de oro irrepetible. El retrato que hacen de sí mismos nuestros ciudadanos de menor edad (entre los 15 y los 29 años) resulta alentador. De acuerdo con los últimos sondeos del Instituto de la Juventud y del CIS, los jóvenes españoles tienen un alto grado de conciencia social y se preocupan por problemas como el paro, la vivienda o el terrorismo; son más optimistas sobre su situación personal y sus perspectivas futuras; exhiben un buen nivel de satisfacción con su propia vida; son aceptablemente hedonistas (aprecian la salud, los bienes y objetos de que disponen, las relaciones afectivas y el tiempo libre) se consideran más tolerantes, solidarios y contestatarios que sus padres, pero se reconocen más inmaduros y más dependientes; aceptan con toda naturalidad la homosexualidad y el matrimonio entre personas del mismo sexo; y consideran inaceptables los comportamientos antisociales asociados al gamberrismo y la violencia. De acuerdo con esas pautas, la conducta de los tres jóvenes bien que apalearon y quemaron a una mendiga en un cajero de Barcelona representaría algo claramente excepcional. Lo sería también aunque la realidad de la juventud española fuera menos idílica de lo que ella misma cree. Pero en algunas de las respuestas de esos sondeos pueden adivinarse ciertas sombras que se ciernen sobre la vigencia de unos principios de convivencia cuya pérdida de valor referencial nunca explicaría una barbaridad de ese género, pero sí otras menos graves que podrían servirle de caldo de cultivo. Por ejemplo: los jóvenes desaprueban, pero con la boca pequeña, comportamientos tales como emborracharse en público, hacer trampas en los exámenes o montar escándalos por las noches. Además, el 41 por ciento dicen que no disponen de modelos vitales en su entorno cercano o social, y una gran mayoría sitúa la política (y la religión) en los escaños más bajos de su escala de valores prioritarios. Añadamos a esas actitudes el deterioro progresivo del sistema educativo y ya tenemos por dónde empezar a buscar. Pero, ya se sabe, es mucho más urgente discutir sobre bobos y antipatriotas.