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66 Cultura MIÉRCOLES 21 12 2005 ABC CLÁSICA Ciclo de Lied TEATRO En torno a La gaviota Obras de Schubert. Int. Ian Bostridge, tenor. Julius Drake, piano. Lugar: Teatro de la Zarzuela. Fecha: 19- XII Autor: A. Chejov. Dir. J. Pastor. Esc. J. Pastor y P. Jaenicke. Int. M. Pastor, R. Fernández, A. Miranda, J. Albert, A. Alonso y Á. Tormo. Lugar: Sala Guindalera. Madrid. VIAJE IMAGINARIO ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE PURA ESENCIA JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN H ace casi seis años que Ian Bostridge y Julius Drake actuaron por primera y única vez en el Ciclo de Lied. Demasiado tiempo aunque parezca que fue ayer. Así quiere ser el recuerdo: desmemoriado para lo mucho que hay que olvidar y siempre fresco para lo que merece la pena. Quizá por eso la memoria sea el mejor de los intérpretes. Selecciona, deforma la distancia y le da trascendencia a lo sentido. Es capaz de convertir, por ejemplo, casi dos horas de música en un instante. Transformar una veintena de lieder en una sola canción. Como la que se escuchó en el recital ofrecido por Bostridge y Drake. Ahora, al imaginarlo, apenas un momento. A pesar de ese silencio que puso el punto final y que nadie entre el público se atrevió a romper. Largo, denso, sin una sola respiración, perpetuado cual si fuera el último aliento de Schubert. Experiencias semejantes ayudan a comprender aquel sentido religioso que muchos románticos quisieron ver en la música. La metáfora eterna de la obra schubertiana. Esa misma que Bostridge y Drake dominan al milímetro y, por la cual, cada uno de sus recitales se convierten en un argumento que viaja insertando continuos paisajes, como si de una sinfonía sin solución de continuidad y tonalmente enhebrada se tratase. Puede partirse de esa aparente tranquila primavera que deja atrás el querer y la ilusión y acabar penetrando en la oscuridad del drama que se adhiriere a la obra a la manera de una segunda piel. Y mientras pasear por entre el frío, volar cual caballo por montañas y campos, cruzar el anochecer, sus tañidos, pájaros y estrellas, recordar el callado país al nostálgico sepulturero... la noche, al final sólo la noche. En todo momento, se verá a Bostridge espigado, activo, buscando el acento, caminante por el escenario, las manos sobre el piano, en el bolsillo, capaz de la melodía inocente y de abrirse al gesto grave. Su Schubert tiene el mismo matiz personal y moderno que su vestir sin corbata y su andar oscilante. También el del pianista Julius Drake, amigo de atmósferas increíbles, pues ambos son uno. Y en los dos importa el cómo y, sobre todo, el qué se dice. Por eso, el lunes, en el Teatro de la Zarzuela hubo concentración y mucha inteligencia, saber y reflexión. Emoción para la razón y también para el espíritu. No hay porque esperar otro tanto para volver a escucharlos. C Ian Bostridge, en una imagen promocional on el subtítulo de Propuesta de Juan Pastor para seis actores se presenta esta primorosa aproximación a La Gaviota reducida a su pura esencia, concentrada en los seis personajes principales de la obra maestra de Anton Chejov: Nina, Trigorin, Treplev, Arkadina, Masha y Medvédenko. Pastor ha despojado el texto de acciones secundarias y pasajes laterales para ofrecernos el tuétano de la pieza, y lo ha hecho con mimo, respeto y un amor inmenso por las palabras y los personajes chejovianos. Nada es caprichoso, todo está hecho con sentido, brillantez y limpieza. Se cuida así la sutil tracería de subtextos tan característica del autor ruso, y tan moderna, la pugna entre lo nuevo y lo viejo, ese marcar firme y delicadamente las simas existentes entre lo que dicen y lo que sienten los personajes, un espacio sensible donde tan importante es lo que se exhibe como lo que se esconde. El director y adaptador delinea el manto de soledad que abruma a las criaturas de Chejov, la catarata de pesadumbre en la que son por una parte víctimas del desamor y por otra, verdugos de amores a los que no corresponden: Nina ama a Trigorin para quien ella es una aventura pasajera, Treplev ama a Nina, Masha ama a Treplev, Medvédenko ama a Masha y no le importa ser humillado con tal de hacerla su mujer, y Arkadina se ama a sí misma y necesita el eco de Trigorin para sentirse rejuvenecer. Y todo esto tenuemente perfilado sobre el paisaje de fondo de un modelo social y moral agonizante. Pastor acota con levedad e ironía los espacios entre escenas mientras los actores cambian los elementos de la escenografía; no al estilo tenso, omnipresente y demiúrgico de Kantor, sino casi como una sombra que ofrece algunas claves precisas. El apartado interpretativo es magnífico: María Pastor borda la fresca fragilidad y el patetismo final de Nina, Ana Alonso encarna a una matizadísima y emocionante Masha con momentos realmente estremecedores, Raúl Fernández ilumina la tormentosa vehemencia de Treplev, Ana Miranda se vuelca en esa terrible madre contaminada de narcisismo que es Arkadina, Josep Albert camina con soltura por el filo de la navaja del seductor Trigorin y Álex Tormo impregna de humanidad la asumida sumisión de su Medvéchenko. Pocos espectáculos teatrales hay ahora mismo en Madrid tan llenos de verdad y vida. Si les gusta el teatro, no se lo pierdan.