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ABC MIÉRCOLES 21 12 2005 Cultura 63 Sara Baras ha vuelto a cosechar un extraordinario éxito en el Théâtre des Champs- Élysées de París, un escenario en el que ha pasado las Navidades de los últimos años, y con cuyo público tiene una complicidad especial: Sabores es el título de su nuevo espectáculo GOSPEL Golden Gate Quartet XI Festival de Gospel Caja Madrid. Conciertos de Golden Gate Quartet. Lugar: Centro Cultural de la Villa, Madrid. Fecha: 18- XII ...Y Sara Baras hizo la luz en París TEXTO: JULIO BRAVO ENVIADO ESPECIAL FOTO: EFE ELEGANTE PULCRITUD LUIS MARTÍN PARÍS. A Sara Baras, los nervios previos a una representación se le pasan a base de taconazos. Pero anteayer no lo conseguía ni aunque rompiera el suelo de su camerino a golpes. Antes del estreno apuraba los minutos, con los ojos de los técnicos fijos en el reloj, y daba las últimas indicaciones sobre el escenario a bailarines y músicos. No es normal que esté tan nerviosa... se quejaba. Pero sí eran normales estos nervios, porque Sara se enfrentaba al estreno absoluto del espectáculo probablemente más personal de su carrera, que llega después de Mariana Pineda -el trabajo con el que dio el definitivo salto de calidad que necesitaba como artista y como directora de compañía- Jugaba prácticamente en casa, porque el Théâtre des Champs- Élysées- -un elegante coliseo situado casi al pie de la Torre Eiffel- -lleva varios años acogiendo por Navidad el baile de la gaditana gracias al empeño de su director, Francis Lepigeon, un decidido amante del flamenco. Esa complicidad entre la bailarina y el público parisino- -con alguna que otra incrustación gaditana, que animó y contagió con sus constantes piropos al respetable- -se notó desde el arranque del espectáculo- -excesivamente moroso- fue creciendo y convirtiéndose en aplausos conforme transcurrían las coreografías y se desbordó en una entusiasta ovación al concluir Sabores Para entonces, Sara Baras ya no estaba nerviosa, y respondió al cariño de los mil seiscientos espectadores con una vertiginosa e irrepetible carretilla de las suyas, capaz de dejar sin aliento a más de uno, y que confirma que Sara Baras es, además de una magnífica artista, un misterio de la naturaleza, porque parece mentira que un ser humano tan menudo como es ella tenga tanta energía después de casi dos exigentes horas de baile. Al concluir la representación los nervios de la bailarina se transformaron en excitación. Con la sonrisa ya relajada recibía en el propio escenario las primeras felicitaciones. Una periodista le preguntaba que cómo se sentía y Sara abría los ojos y los brazos para dejar escapar por ellos toda la felicidad que tenía dentro. Y es que Sabores es, para Sara Baras, mucho más que un nuevo espectáculo. Es una apuesta personal, un reto que se ha puesto a sí misma. Como bailarina, la gaditana ha convencido ya prácticamente a todos (no hay unanimidad, lógicamente, porque como ella misma dice, el libro de gustos está en blanco) Ahora ella misma quería demostrar que es capaz de crear por sí misma un espectáculo digno, elegante- -una palabra que aflora constantemente a su boca- -y de calidad. Sabo- Sara Baras, durante la Bulería de Concha en su estreno parisino res está lleno de nudos porque Sara Baras no ha querido que se escape ningún cabo. Ha querido que cada luz, que cada color del vestuario, que cada elemento escénico tenga su razón de ser. Claro que lo que no necesita explicación es el baile de Sara Baras, cada vez más redondo, más gustoso. Su taconeo sigue siendo embriagador por lo galopante y exacto, pero a ello une ahora cada vez más el gusto por los silencios, por las pinceladas de los dedos, por los versos dichos con los hombros o con las caderas... Su número final, la Bulería de Concha -dedicada a su madre- está bailada con esa intimidad, con esa contención... Se hace la luz cuando ella entra en escena, y la temperatura artística sube varios grados. Y eso que Sara ha cuidado también la guarnición más que nunca. El cuerpo de baile ha crecido en número y en calidad con respecto a trabajos anteriores. Y los dos bailaores invitados muestran sus distintas personalidades: Luis Ortega en una distinguida seguiriya, bailada con palillos- -lo que es muy de agradecer en estos tiempos- -y José Serrano en unas bravías alegrías. Sara Baras dio a luz sus Sabores en la Ciudad de la luz y ahora queda que la criatura crezca. Anteanoche, la bailarina gaditana ya había tomado el cincel para empezar a limar aristas. Ya lo dijo Lluís Pasqual cuando montó junto a ella Mariana Pineda Lo único que me cansa de este montaje es que Sara no se cansa nunca Su taconeo sigue siendo embriagador por lo galopante y exacto, pero a ello une ahora cada vez más el gusto por los silencios sta formación no conoce el desempleo. Numerosas presentaciones en los últimos años en diversos lugares de nuestra geografí, y ahora regresan para cerrar este encuentro. La presencia del Golden Gate Quartet supone siempre una garantía. Y ello aunque se siga echando en falta la presencia del tenor Charles West, sustituido por un antiguo componente del grupo, Clyde Wright; un tipo de timbre vocal algo opaco que, hace algunos años, se reincorporó al cuarteto, terminando con la excedencia a la que le obligaba su carrera en solitario. El resto, el también tenor Frank Davis, el barítono Paul Brembly y el nuevo bajo Richard Phillips (que cubre la baja de Terry Francis) integran un conjunto camerístico- vocal de gran calidad. Este año se cumplen 71 desde que el Golden Gate se estrenase en el Instituto Booker T. Washington, de Virginia. De entonces acá- -excepción hecha, lógicamente, de las mencionadas variaciones en la formación del grupo- -pocas cosas han cambiado en su dinámica. En esencia, es gente que no sólo convoca una singular imaginación interpretativa, sino también una profunda reflexión sobre las sendas por las que han hecho circular su trabajo hasta el momento. Y, en efecto, escuchando sus grabaciones para RCA- Victor de comienzos de los 40, no es difícil apercibirse de que a las vicisitudes técnicas siguen uniéndoseles una singular intención estética y una absoluta convicción en el valor de lo que se comunica a través de sus cultos y teatrales parlamentos y de sus entregas musicales propiamente dichas. Un repertorio compuesto por clásicos del género como Down by the riverside Nobody knows the trouble I ve seen o Jezabel permitió vistosos y pulcros equilibrios vocales resueltos sobre la red instrumental que tendían tres músicos de modos disciplinados y obedientes. Todo lo contrario de lo que, sólo unos días antes, había fabricado el cuarteto instrumental que acompañaba a los quince cantantes que dirige, con mucha energía, el reverendo Timothy Wright. El explosivo mensaje de esta superbanda, la New York Concert Choir, es lo más parecido a una patada en el trasero a una cultura que sólo es capaz de retener la atención durante el tiempo justo que dura un videoclip de música pop. Magnífico espectáculo para un festival que seguirá disfrutándose en el futuro. E