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6 Opinión MARTES 20 12 2005 ABC AD LIBITUM TRIBUNA ABIERTA HORACIO VÁZQUEZ- RIAL ESCRITOR UNA CATÁSTROFE Y DOS EJEMPLOS TVE, uno de los agujeros por el que se escapa a chorros el Presupuesto del Estado, es un ejemplo permanente, tan vivo como irritante, de cómo un dignísimo equipo profesional y los más abundantes y mejores medios técnicos pueden resultar inútiles en función de la intromisión política del poder, algo constante en los casi cincuenta años de su existencia, y de la torpeza de sus cuadros directivos, fenómeno que, desde tiempos de la UCD, se perpetúa en una alarmante serie que, sin descanso, va de menos a más. La actualidad nos trae hoy dos ejemplos, lejos de la manipulación propagandística de los telediarios sin noticias, que hablan a las claras M. MARTÍN de la perversión gestora FERRAND a que ha llegado el ente. Acaba de morir John Spencer, el actor que encarnaba el papel de Leo McGarry, el hombre de máxima confianza del presidente Barlet, en El ala oeste de la Casa Blanca. Su recuerdo pone de manifiesto el perverso secuestro realizado por los directivos de TVE- -emisiones interminables a horas intempestivas- -de la que posiblemente sea la mejor serie producida para la televisión norteamericana. En el papel del perro del hortelano, que tanto les cuadra a los últimos directores generales de La Casa, ni se comieron la berza ni la dejaron en el mercado para que sus competidores pudieran sacar partido de ella. No estaría de más una investigación a fondo para contabilizar y evaluar los cientos de horas de programas que ha comprado TVE en los últimos veinte años y no se han llegado a emitir o, tanto peor, se han despilfarrado con pases peregrinos en busca de la no audiencia Anoche TVE- 2 emitió el penúltimo capítulo de Qué grande es el cine el programa que, dirigido por José Luis Garci, ha ido rescatando de la cinemateca del ente muchas viejas y buenas películas que, aderezadas con un coloquio para presentarlas en tiempo y situación, constituía el espacio de menos coste hora de todos los que componen la parrilla de las dos cadenas públicas. Un Oscar de Hollywood al frente de un programa de divulgación cinematográfica, siempre acompañado por voces expertas, y la reutilización del inmenso fondo de derechos de emisión que acumula el ente- -en claro ejercicio de competencia desleal, dicho sea de paso- -constituía un lujo, con audiencia razonable, que no ha querido prolongar la peor de los directores generales- -récord difícil de alcanzar- -de cuantos ha conocido tan polémica y amenazada Casa. José Luis Rodríguez Zapatero puede argumentar en su defensa, y con verdad, que José María Aznar, en esto, lo hizo peor; pero ya tiene sobre sí el peso de una promesa tan redentora como incumplida después de que su comité de sabios que no de expertos, sólo sirvió para descubrir que la polvora no explosiona cuando está mojada. Si no fuera por el precio, sería de celebrar. R LA SOLEDAD DEL PARTIDO POPULAR El proyecto, o el sueño perverso, de Zapatero, es un régimen de partido único. El PSOE nunca comprendió la diferencia entre un sistema y un régimen asegura el autor, que analiza en su artículo el aislamiento del PP en la actual legislatura E TA envía una carta abierta al Gobierno y el Gobierno le responde al Partido Popular como si éste fuese el remitente. El ministro Montilla hace enjuagues con La Caixa, no se inhibe en la OPA de Gas Natural sobre Endesa, y sale José Blanco, un hombre que todavía no ha comprendido que carece del menor vestigio de carisma, y habla como si todo el mundo fuera su compadre, a decir que el Partido Popular crispa. Una funcionaria llamada Celia Abenza dice barbaridades sobre las víctimas del fuego y la ineptitud en Guadalajara y sus jefes exhuman el Prestige en cuyo accidente no hubo muertos. Los socialistas fraguan una ley de educación que no remedia los males de la enseñanza española, en sus horas más bajas, y cuando el Partido Popular se opone a ella por perjudicial- -menos de lo que debiera y en aspectos demasiado limitados- ellos dicen que el Partido Popular está ahí para defender los intereses de la Iglesia, pretendiendo matar dos pájaros de un tiro, PP e Iglesia, tratándolas como dos partes de la misma cosa. El proyecto, o el sueño perverso, de Zapatero, es un régimen de partido único. El PSOE nunca comprendió la diferencia entre un sistema y un régimen, de ahí que Felipe González empezara a hablar con toda soltura (y la mayor parte de la prensa aceptara la fórmula en forma absolutamente acrítica) del régimen anterior para referirse al franquista, con la convicción de que a un régimen había sucedido otro. El Partido Popular, desde sus inicios, tal vez porque José María Aznar tuvo en esto el colmillo me- nos retorcido que sus contrincantes, tal vez porque simplemente fue más honesto y claro que ellos, aceptó la idea de sistema y se propuso la alternancia, en el entendido de que no puede haber democracia efectiva sin al menos dos grandes partidos de Estado. Hay que decir que son contados los socialistas que comprenden las cosas en esos términos, y que, si son muchos, como cabría desear, están muy callados o muy maltratados en sus propias filas. El Gobierno intentó primero acabar con José María Aznar, con su figura pública. Dirigieron contra él la maquinaria del desprestigio, como escribí en su momento en estas mismas páginas, rebajando su figura a la de cualquier funcionario de la política, con más defectos que virtudes. Tuvieron un éxito más bien magro: no podían acusarle de nada y hasta sus más enconados rivales en lo ideológico sabían que no era cobarde ni corrupto, ni había actuado en ningún momento en contra de los intereses de España. Tuvieron que cerrar en falso una comisión de investigación porque no sólo se vio que el ex presidente no había mentido en relación con los atentados de Atocha, sino que sus verdades y los descubrimientos que se fueron haciendo a lo largo de la investigación ponían en riesgo todo el despliegue propagandístico oficial. Ahora intentan acabar con el PP, con una fe infantil en que lo que no se ve no existe: cierran los ojos y Mariano Rajoy desaparece, de modo que recomiendan a todo el mundo cerrar los ojos y, si nadie acepta el consejo, se lo