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ABC LUNES 19 12 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC ¿HAY VIDA SIN SUBVENCIÓN EUROPEA? POR JOSÉ MARÍA GARCÍA- HOZ PERIODISTA En ningún momento ningún líder europeo llegó a inquietarse por la posibilidad de que España rechazara los acuerdos que alcanzaran los grandes países de la Unión, Alemania, Francia y Gran Bretaña. El órdago del veto- -en el que José María Aznar era un especialista- -no fue esgrimido ni como posibilidad. ¿Falta de convicción? ¿Falta de empuje? UE lindo mientras duró. Durante casi tres lustros la Unión Europea subvencionó a España, con seis mil millones de euros anuales, (un billón de pesetas, que se dice pronto) cifra equivalente al uno por ciento del Producto Interior Bruto. La razón por la que los socios ricos de la Unión aceptaban transferir una cifra tan astronómica era la convergencia: la ambición de una Europa unida política y económicamente, pasaba por una Europa en la que no hubiera grandes diferencias o, por mejor decir, que las diferencias socioeconómicas no fueran tan abismales como las que, por ejemplo, se registraban entre Andalucía o el Mezzogiorno italiano con el norte de Alemania o Italia. Aunque las ayudas eran a fondo perdido, es decir que ni España ni ninguno de los países favorecidos por los dineros europeos debían devolverlos, tampoco era una subvención gratis et amore, pues los socios ricos de la Unión se beneficiaron de forma inmediata: para construir nuevas y grandes infraestructuras, España contrataba proveedores europeos. Aunque ni mucho menos el único, el AVE resulta un buen ejemplo; icono de la modernización española, sus elementos tecnológicamente más avanzados- -locomotoras, vagones, sistemas de control y frenado, etc. -fueron contratados a proveedores europeos, alemanes y franceses prioritariamente. F Pero el Consejo Europeo del pasado fin de semana confirmó lo que desde hace tiempo se sabía y temía: a partir del año que viene, España dejará de ser el país más favorecido por los presupuestos de la Unión Europea. En parte por el propio éxito, pero sobre todo por la ampliación de la Unión a los países de la Europa del Este. Durante las últimas semanas, el esfuerzo de la diplomacia española se centró en disminuir la inevitable rebaja de la cantidad neta que España recibiría de la Unión. Jugar a la contra nunca es brillante, como tampoco lo es empezar el partido con la pretensión de perder solo por tres goles. Desde luego que es mejor perder el partido solo por tres goles en lugar de por cinco o seis, pero a la hora de la clasificación lo que principalmente cuenta es la victoria, el empate o la derrota. En todo caso, y en el terreno cualitativo, hay que empezar por advertir que respecto de otros Consejos Europeos dedicados a las mismas cuestiones, en este de Bruselas España ha perdido visibilidad. En la hora de los segundos fuera José Luis Rodríguez Zapatero no ha desplegado la capacidad dialéctica de Felipe González en el Consejo de Glasgow para sacar partido a las durísimas condiciones que la entonces Comunidad Europea aplicó para la adhesión española; el actual presidente español tampoco ha mostrado la tenacidad del que está convencido de defender algo razonable, como la que José María Aznar exhibió en Berlín. Da la impresión de que durante las frenéticas negociaciones desarrolladas en Bruselas, en ningún momento ningún líder europeo llegó a inquietarse por la posibilidad de que España rechazara los acuerdos que alcanzaran los grandes países de la Unión, Alemania, Francia y Gran Bretaña. El órdago del veto- -en el que José María Aznar era un especialista- -no fue esgrimido ni como posibilidad. ¿Falta de convicción? ¿Falta de empuje? En el terreno específico de las cuentas, el balance ofrece una apariencia ambivalente. Como siempre sucede con los presupuestos de la Unión, las partidas cambian de un periodo a otro, de forma que resulta imposible comparar cantidades homogéneas. Es la forma en la que los miembros del club de jefes de Estado o presidentes de Gobierno se protegen a sí mismos: cualquiera que sea el resultado de la negociación, cada uno de ellos puede presentarse antes sus respectivos parlamentos con balance positivo. Tony Blair dirá- -ya lo ha adelantado a la prensa- -que la rebaja del cheque británico, con ser mala para el Reino Unido, es menos mala que el recorte sufrido por España. Por su parte, José Luis Rodríguez Zapatero enfatizará los fondos creados para impulsar la investigación y el desarrollo en España o para financiar la lucha contra la inmigración ilegal, y tenderá a relegar la evidencia de que entre los años 2007 a 2013, España contribuirá a los presupuestos comunitarios con casi 13 mil millones de euros más que hasta ahora y recibirá 15 mil millones de euros menos. En cinco años, se perderán cinco billones de pesetas: es casi exactamente la misma cantidad que se recibió entre 2000 y 2006. Perder tanto dinero suena a goleada. En todo caso, la pérdida de esos fondos es irreversible, y ya se sabe que cuando un problema no tiene solución, deja de ser un problema y se convierte en un dato. Y a partir precisamente de ese dato, España debe perfilar su propio futuro económico. Sin horizonte por el lado de los fondos europeos, la pregunta es si en la sociedad española se encuentra ánimo e inteligencia suficiente para dar el salto definitivo al grupo de países desarrollados. La cultura de la subvención declina definitivamente ¿Seremos capaces de poner en marcha la cultura de emprender, de la economía de mercado real? Si la respuesta del conjunto de la sociedad española fuera positiva, hasta esos 2.000 millones de euros que sus socios europeos le ofrecieron al presidente del Gobierno resultarían innecesarios. En cualquier caso, la primera pista se encontrará cuando Rodríguez Zapatero presente en el Congreso de Diputados los resultados del Consejo Europeo. Si habla de victoria, malo. Si habla de los trabajos que ahora nos toca emprender, bien. Sea como fuere, los españoles supieron sacar rendimiento de esa riqueza llovida de Bruselas. En términos absolutos y comparativos, España no solo creció mucho, sino también más rápidamente que sus socios europeos; creó mas puestos de trabajo que cualquiera de ellos, abandonando el dudoso honor de ser el país con mayor tasa de paro, alcanzó un impensable sexto puesto en el ranking de países inversores fuera de sus fronteras, las cuentas públicas se instalaron en el déficit cero. Aunque suene un poco arcaico, España asombró al mundo occidental. Durante una cumbre Iberoamericana celebrada en Madrid, un micrófono inoportunamente abierto permitió oír los comentarios, entre admirados y envidiosos que los presidentes de Brasil y México hacían sobre la marcha de España y su economía. Todavía no hace muchas semanas que el New York Times y su filial el Herald Tribune se preguntaban por qué España había aprovechado y Portugal desaprovechado las ayudas europeas. Italia, que durante tanto tiempo constituyó para los empresarios españoles el ejemplo a seguir, resultó desbordada por el sorpasso ibérico. Desde luego que resultaría exagerado e injusto atribuir el avance de España exclusivamente a los fondos europeos, pero no más exagerado o injusto como minimizar su importancia.