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66 Sociedad DOMINGO 18 12 2005 ABC RIGOR Y VERDAD CIENTÍFICA CÉSAR NOMBELA Catedrático de la U. Complutense ecir la verdad, mostrar con rigor los resultados de la investigación, controlar la validez de las observaciones, he ahí la primera exigencia ética de cualquier científico. Así trabaja la mayoría de los investigadores que consolidan el avance de la Ciencia a través de la comunicación, la crítica, el debate y la puesta en común de los resultados. Cuando la práctica científica se contamina de afán de notoriedad, cuando la ideología hace mella al tratar de hacer creer que el avance sólo puede ser transgresor de ciertos valores- -como la protección de la vida humana desde sus primeros estadios- entonces se accede a territorios en los que nada está garantizado, ni siquiera la objetividad. Dos publicaciones sobre clonación humana realizadas en Corea, aparecidas en una revista de la máxima reputación mundial están, sin embargo, en el centro de un gran fraude, desvelado por entregas. El contenido de las publicaciones requería muchas cautelas, que algunos hemos hecho notar, desde la poca consistencia científica- -clonación dudosa, reconocida por el autor en la primera entrega, alta eficiencia muy sospechosa en la segunda- hasta las reservas éticas sobre la obtención o la clonación de células de niños incapaces de dar su consentimiento. A pesar de todo, se fomentó tanto el entusiasmo acrítico, que algunos calificaron esas limitaciones de meras anécdotas. Se omitía especialmente un hecho fundamental: nada asegura que las células embrionarias, clónicas o no, tengan aplicación clínica concreta, mientras que sí progresa algún tratamiento experimental con células madre adultas. Lo sucedido demanda reforzar las prácticas más adecuadas; el rigor exigible no se puede reducir para algunas investigaciones, ni consentir que se fomenten falsas- -casi mágicas- -expectativas en la opinión pública. Toda una exigencia para la comunidad científica, los poderes públicos, responsables de la política científica y sus prioridades, y la sociedad en general. D Hwang Woo- suk, el pasado 12 de diciembre, durante un experimento científico en Seúl AP El escándalo alrededor del primer experimento exitoso de clonación terapéutica mantiene en jaque a investigadores y políticos de todo el mundo, que temen encontrarse ante el que puede ser uno de los mayores fraudes científicos de la Historia Clonación bajo sospecha TEXTO: JOSÉ MANUEL NIEVES MADRID. El pasado 20 de mayo el mundo entero quedó asombrado con la noticia de que un equipo de científicos surcoreanos había conseguido, por primera vez, clonar células madre personalizadas para once pacientes con lesiones de médula y diabetes. El logro, de proporciones históricas, había sido realizado por Hwang Woo- suk, el mismo investigador que apenas un año antes, en febrero de 2004, fue el primero en anunciar la obtención de un embrión clonado y el mismo, también, que el pasado mes de agosto presentó en sociedad a Snoopy el primer perro clónico del planeta. En medio de una tormenta mundial de opiniones encontradas sobre la oportunidad, o no, de dar vía libre a la clonación terapéutica; en el fragor de la discusión interna que hoy se da en muchos países entre partidarios y detractores de esta técnica, las victorias científicas de Hwang Woo- suk sonaban como cañonazos clamando en favor de legislaciones más permisivas y que no cortaran las alas a una rama de la Ciencia destinada a revolucionar la Medicina y a aportar tratamientos para enfermedades hoy incurables. Y, aunque hasta ahora la clonación terapéutica sólo es admitida en Gran Bretaña, Corea, Suecia y Singapur, muchas otras naciones, entre ellas España, se hallaban ya en puertas de permitir su práctica legal. Los trabajos del científico coreano, además, tenían el firme respaldo de las más prestigiosas revistas científicas, entre ellas Science que publicó sus trabajos de 2004 y 2005 sobre clonación humana, y Nature que hizo lo propio en agosto pasado con Snoopy El método mismo de publicación de estas revistas, que realizan una minuciosa evaluación, a través de un panel de expertos anónimos, de cada trabajo presentado constituye, en teoría, una garantía de calidad que es ampliamente aceptada por la comunidad científica internacional y, por lo tanto, por la sociedad en su conjunto. El sistema, en crisis Por todo ello, la falsedad total o parcial de un trabajo científico de vanguardia, especialmente si roza o toca de lleno (como es el caso) aspectos polémicos tanto desde el punto de vista técnico como ético, pone en tela de juicio el sistema completo, la veracidad misma de la Ciencia y sus métodos y no sólo, aunque también, a los autores materiales de la supuesta falsedad o irregularidad científica concreta. Y ese es, precisamente, el caso que nos ocupa. Hace escasas semanas, el propio Hwang Woo- suk, considerado un héroe nacional en su país, admitía Hwang Woo- suk se dio a sí mismo, el pasado viernes, diez días de plazo para demostrar su inocencia algunas anomalías éticas en la forma de obtener los óvulos que usó en sus experimentos. Ni donados, ni anónimos, sino pagados y procedentes de algunas de las colaboradoras de su propio equipo... La noticia provocó la dimisión del científico al frente del primer Banco Mundial de Células Madre, fundado en Corea del Sur en octubre. Inmediatamente después empezaron a llegar las dudas, esta vez científicas, sobre su trabajo. Primero, de algunos de sus colaboradores más cercanos, después de su prestigioso colega norteamericano, Gerald Schatten, de la Universidad de Pittsburg, que se desmarcó la semana pasada y anunció su ruptura con el surcoreano. Y, por último, de su mano derecha y segundo firmante de sus artículos en Science Sung- il Roh, quien el jueves, llorando ante las cámaras, aseguraba que de las once líneas celulares anunciadas, nueve ni siquiera existen. Unidas estas declaraciones al hecho de que ningún otro equipo científico ha conseguido hasta ahora repetir los resultados de Hwang (requisito imprescindible de validez de una investigación) las dudas se van transformando en la cada vez más firme sospecha de que podemos encontrarnos ante uno de los mayores fraudes de toda la historia de la Ciencia. El mundo espera, sin embargo, la última palabra del protagonista, quien el viernes se dio a sí mismo diez días de plazo para demostrar su inocencia. Ojalá, por el bien de todos, consiga hacerlo.