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60 Los domingos DOMINGO 18 12 2005 ABC ÚLTIMA ENTREVISTA JULIÁN MARÍAS Académico y filósofo Quien crea que cuando alguien muere se acaba, no ha querido a nadie de verdad El 12 de enero de 2003 apareció en Los Domingos de ABC una entrevista con el filósofo Julián Marías, fallecido esta semana en Madrid. Sus palabras siguen tan vigentes como la serenidad de sus enfoques POR CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS Y AGAPITO MAESTRE FOTO: GONZALO CRUZ s difícil imaginar un contraste mayor que el que hay entre el desorden del estudio del filósofo y la claridad del pensamiento de éste. Uno avanza entre mesas, con inmensas gibas de papel, hasta el sillón en el que se hunde el escritor ya con la vista muy deficiente, pero con una mente de la que sigue manando un discurso coherente, lúcido, con frecuencia irónico. Hemos venido a charlar con el maestro y, sobre todo, a rendirle homenaje. La vida le ha deparado pocas gratificaciones. No se le ha perdonado nunca haber dicho siempre lo que ha pensado: El mérito mayor de los tres tomos de mis memorias es no mentir nunca La Universidad, tan acogedora para algunos, prevaricadora casi en algún caso, le fue hostil siempre a Marías, desde el 39. No se le permitió doctorarse hasta 1951. Demócrata de toda la vida, no ha gozado nunca de la simpatía de los progresistas. He sido siempre un perseguido Desde luego su obra ha sido minusvalorada. reducido a exégeta de Ortega es el más autorizado de sus intérpretes pero, además o sobre todo, es autor de títulos inexcusables para la inteligibilidad de España y de una obra cumbre en la filosofía española: Antropología metafísica -Queremos empezar por un hecho que llama la atención: cómo explicar que, habiéndose mantenido siempre al margen del oficialismo franquista, no haya sido reconocido por los progresistas. -Eso tiene una explicación muy racional. Nunca a lo largo de mi vida he abdicado de decir la verdad, toda la verdad. Porque para mí decir la mitad es mentir. -Usted ha sido crítico con la República y con las posiciones de Ortega ante la República. E -Ortega no previó lo que iba a pasar y habría debido hacerlo. Había que haber sido consciente de en qué manos se ponía el pandero. Es evidente que la situación era mala en el año 30 y que había muchos motivos para el descontento pero, a la vista de lo que sucedió, habría sido mejor que la Monarquía hubiera seguido con sus defectos porque de la República salió la guerra civil. -Intelectualmente, usted es un hijo del clima de la República. -La Facultad en la que estudié estaba al más alto nivel europeo. Teníamos a Ortega, a García Morente, a Sánchez Albornoz, a Menéndez Pidal... Ninguno de los intelectuales estaba por la guerra. Tan sólo algunos de tercera fila -Ha dicho que se debería haber tenido en cuenta quién iba a tener el poder en la República. ¿A qué se refería? -En la guerra civil la República quedó en manos de la Unión Soviética. De la guerra yo salvo únicamente a Besteiro, que nunca tuvo poder. Lo tuvo, sí, al final para conseguir que la guerra pudiera terminar un poco más civilizadamente. En la cárcel conocí a un militante del partido socialista, ex oficial del Ejército, que se pasaba el día culpando a Besteiro de que él estuviera en la cárcel. Un día me cansé y le dije: Tiene razón, si no hubiera sido por él usted estaría criando geranios -Usted se ha enfrentado a las versiones tópicas de la guerra y el exilio. -Al hablar del exilio no se distingue entre el del 36 y el del 39. El primero se produce con la llegada de la guerra y por temor a la pérdida de libertades. El segundo tiene que ver con el desenlace de la guerra. -Fue a la cárcel por una denuncia. En la última novela de su hijo Javier se habla de ese epi- Para mí Cataluña es España. Y no se puede entender a Cataluña al margen de España. Había en Serrahima una voluntad de apartismo. Nada comparable con la situación actual. Mucho peor sodio, pero usted se ha negado siempre a desvelar la personalidad del denunciante. ¿Para qué? Lo curioso del caso es que era un amigo, un compañero del bachillerato, al que yo estimaba y con el que jamás había tenido una discusión. Ni siquiera pudo haber una rivalidad profesional ya que él se había dedicado a la Historia... Se inventó todo lo que quiso en contra mía. -Usted no se exilió. -A mí me había impresionado, de joven, una frase de Danton en la en la que se dice que a la patria no se la puede llevar uno en la suela de los zapatos Al salir de la cárcel mi preocupación era sobrevivir, de qué vivir. No podía dedicarme a la enseñanza, así que me dediqué a traducir y a escribir libros. -Su Historia de la Filosofía era una cátedra ambulante. -Que nadie recomendaba a los alumnos. Se publicó en enero de 1941 y enseguida hubo que hacer una segunda edición y una tercera. Gracias a ese libro pude casarme. Por ahora van 41 ediciones. -Entra en contacto con Laín y comienza a escribir en El Escorial la revista de los intelectuales falangistas. -Laín quiso conocerme. Era el subdirector de la revista y en ese momento era consejero nacional de Falange. Nos hablamos con sinceridad y nos entendimos. Naturalmente me dijo que escribiera sobre temas culturales. Nuestra amistad duró treinta años. -Se le cierra la Universidad hasta el punto de que no pudo hacer el doctorado hasta 1951. -Fui realmente un perseguido. No pude escribir en los periódicos durante doce años. hasta que Luis Calvo, director de ABC, me pidió una colaboración. -Por eso resulta muy notable que usted defendiera la tesis de la continuidad cultural por encima de la guerra y de la censura. En uno de los ensayos que usted recoge en Los españoles reivindica el alto nivel de la cultura española entre el 39 y el 59. ¿No cree que esa ha sido una de las cosas que no se le iban a perdonar? -Vuelvo a lo mismo. Yo digo lo que pienso, y lo que defiendo en La vegetación del páramo es esa brillantez de la cultura que se pone de manifiesto en la lista de libros- -libros impresionantes- -entre 1941 y la muerte de Ortega. -Otra de las razones de la minusvaloración de su personalidad como filósofo se ha debido, quizá, a haberle reducido al papel de exégeta de Ortega -Yo he escrito dos tomazos sobre la obra de Ortega, de quinientas páginas cada uno, que me complacen mucho. Ahí están, pero mi obra es mucho más que eso. -Tampoco Ortega ha tenido el reconocimiento debido. ¿Qué fue para usted? -Mi gran maestro, mi amigo, mi mejor amigo, una persona admirable. Al poco de morir, alguien me preguntó que cómo era. Le contesté: Como el sol, luminoso y cálido No pude decir nada mejor. -Una preocupación constante en su obra ha sido la idea de Es-