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36 Internacional DOMINGO 18 12 2005 ABC La Ostalgie se pone de moda F. de A. BERLÍN. Un suceso banal estuvo a punto de costar caro a las autoridades federales alemanas. Tras la reunificación, el Gobierno decidió cambiar los logotipos de los semáforos de Berlín para unificarlos con los del resto del país. El monigote con sombrero de ala corta de la era comunista se convirtió, súbitamente, en símbolo del orgullo del este, y los semáforos no se tocaron. Hoy, el hombrecito del sombrero es una marca registrada, y el merchandising de objetos desaparecidos de la antigua RDA, un mercado de moda en alza. La Ostalgie la nostalgia de los años vividos bajo el yugo comunista, es la respuesta de muchos ciudadanos del este de Alemania a la crítica situación que padece la zona oriental del país desde la reunificación. El Gobierno ha invertido cantidades ingentes en el este, pero el reequilibrio con el oeste marcha a ritmo lento, y el desempleo hace estragos. Gran parte de la Alemania oriental tiene tasas de paro cercanas al 20 por ciento, nada disparatado si se considera que tras la unidad el 90 por ciento de los trabajadores orientales perdieron sus antiguos empleos estatales, supeditados a la economía soviética. La gente aquí no entiende esas razones- -afirma Manfred Reim, alcalde de Fürstenwalde, una pequeña localidad cercana a Berlín- -porque sigue creyendo que lo más importante no es la rentabilidad sino la dignidad de tener un trabajo Las críticas que abundan en el oeste hacia los germanoorientales son en general recibidas con acritud. No es cierto que los alemanes de la antigua RDA sean perezosos- -señala Reim- todos aquí desearían tener un trabajo antes que vivir de los subsidios estatales Un grupo de visitantes pasea por el Memorial al Holocausto en Berlín Las expectativas que despierta la llegada a la Cancillería alemana de una mujer al frente de una coalición entre los grandes es proporcional a los desafíos que afronta el país: no sólo hay que reiventar el Estado sino también algo del alma germana, confusa tras la reunificación Los nuevos alemanes TEXTO: FRANCISCO DE ANDRÉS ENVIADO ESPECIAL FOTO: EPA BERLÍN. Durante mucho tiempo los alemanes se definieron a sí mismos a través del prisma de los horrores del nazismo. La misma concepción arquitectónica del nuevo Berlín, reconvertido en capital de la república, obedece a cánones de vanguardismo simbólico, a caballo entre el nunca más y la mala conciencia. Desde la audaz restauración del Bundestag, obra del británico sir Norman Foster, a la pléyade de memoriales y signos del Holocausto, la historia del Tercer Reich pesa en el ánimo de los berlineses y de los alemanes más que la corta euforia de la reunificación. El antiguo Muro de Berlín ha sido reducido a un rastro de adoquines rojos en el pavimento de la capital para consumo de turistas. El país que recoge la nueva canciller, Angela Merkel, es un mosaico de contrastes en busca de una nueva identidad para Alemania que supere los fantasmas del pasado. La propia líder democristiana, educada en el este, es demasiado oriental para los alemanes de Baviera y demasiado occidental para los viejos habitantes de la ex RDA. Alemania sigue siendo la primera potencia económica de la Unión Europea, pero desde hace años su crecimiento tiende a cero. Logró la reunificación, para muchos a costa de una desorbitada deuda pública y una cifra de desempleo del 11,6 por ciento- -que llega al 20 por ciento en el este- -insólita desde la Segunda Guerra. Se inquieta sotto voce por la inmigración y la llegada masiva de exiliados políticos, pero se siente sin recursos- -ni económicos ni anímicos- -para frenar el declive de su tasa de natalidad. En suma, el oeste, ayer opulento, se entrega al pesimismo, y el este, agobiado por las nuevas reglas de juego capitalistas, se refugia en la nostalgia. El origen de la crisis alemana, se dice en ciertos círculos de Berlín, reside en la falta de coraje de Gerhard Schröder para acometer cambios estructurales en el modelo económico y social alemán. Es cierto que el ex canciller socialdemócrata concitó las iras dentro de su partido al final de su mandato por su tozuda defensa de ciertas reformas liberales. Gracias a su presión, las grandes firmas alemanas han podido reestructurar sus enormes costos laborales, y han logrado que el Gobierno y los sindicatos acepten pactos para ampliar las horas de trabajo, e incluso recortes en los salarios. La edad de jubilación- -por consenso entre los dos grandes partidos alemanes- -se retrasará hasta los 67 años. A cambio, los democristianos de la señora Merkel se han comprometido a aumentar los impuestos para compensar una progresiva reducción de las cargas fiscales que ahogan a las empresas alemanas. La tentación vive al lado Pero los cambios introducidos o pactados son meros parches a un modelo El oeste de Alemania, ayer opulento, se entrega al pesimismo, y el este, agobiado por las nuevas reglas de juego, se refugia en la nostalgia que se desangra tras la reunificación y la ampliación de la Unión Europea. Las grandes empresas alemanas no necesitan ya irse a China para reducir sus gastos. A sólo 20 kilómetros de sus fronteras, en Polonia o en la República Checa, los costes laborales representan un tercio de los alemanes. Más aún, Bruselas costea el 50 por ciento de los gastos de mudanza de las empresas de la vieja Unión que se instalen en los nuevos territorios centroeuropeos. La tentación para los empresarios alemanes es demasiado fuerte. El gran objetivo del nuevo Gobierno- -afirma Günther Dick, uno de los expertos del Ministerio de Salud y Seguridad Social- -es reducir las contribuciones de las empresas por debajo del techo mágico del 40 por ciento Dado el desmesurado déficit público sólo hay un camino para aliviar a la industria alemana y favorecer así la competitividad y la creación de empleo: subir los impuestos. El antiguo Gobierno- -añade Dick- -ya elevó las cargas directas al aumentar el precio de las medicinas y establecer por ejemplo una cuota de 10 euros por cada visita al médico; estas medidas fueron muy impopulares, así que el nuevo régimen impositivo que negocian democristianos y socialdemócratas tendrá que ser más sofisticado Tabúes que caen El peso de la reforma recaerá sobre una población ayuna de entusiasmo, después de años de recortes sociales y pérdida de poder adquisitivo, abonados por una presencia cada vez mayor de inmigrantes en el paisaje urbano alemán. El declive de la natalidad y la generosidad de las leyes de inmigración y ciudadanía promovidas por la ex coalición verdirroja ponen a prueba la resistencia de la hospitalidad, degenerada en tabú. Alemania tiene hoy 7,3 millones de inmigrantes, un 8,9 por ciento de su población. Los turcos encabezan con diferencia las entradas por razones de trabajo. Los iraquíes por motivos de asilo político. Francia conoce un auge del antisemitismo, y en Alemania progresa la xenofobia afirma Hans Hesselmann, director de la oficina de Derechos Humanos de la ciudad de Nüremberg. No obstante- -puntualiza- -es cierto que muchas comunidades no parecen interesadas en la integración: hay zonas del país donde el 40 por ciento de inmigrantes no hablan alemán ni cuentan con una titulación profesional