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ABC SÁBADO 17 12 2005 Cultura 59 MUERTE DE MI AMIGO CARMEN DE ZULUETA El canto y la ceniza recupera las voces de Tsvetaiéva y Ajmátova Olvido García Valdés y Monika Zgustova antologan a las dos poetas rusas b El más hondo lamento de la sta fría mañana de diciembre, leo en el ABC digital la triste noticia de la muerte de Julián Marías. Al leerla vuelven a mi memoria recuerdos de un pasado en el que Marías, amigo de Soledad Ortega, hija de don José, fue también mi amigo. Recuerdo varias reuniones en casa de Soledad, en un elegante piso en la calle de Alfonso XII. Julián Marías era uno de los que venían más regularmente. Recuerdo también que en mis frecuentes visitas a Madrid para ver a mis tías Dolores y Mercedes, hermanas las dos de mi madre, veía en su casa a Julián Marías con bastante frecuencia, especialmente después de la muerte de mi tía Dolores, viuda de Besteiro, cuando la hermana menor, Mercedes, se quedó sola en el piso de la calle del Pinar número 6. Julián Marías, buen amigo, venía con frecuencia a visitarla y a charlar con ella. Muchas veces, cuando yo estaba allí, participé en esas charlas. Creo que él había sido ayudante de Besteiro en la cátedra de la Universidad de Madrid. No estoy segura, pero de lo que estoy segura es de que venía a su casa con mucha frecuencia. Fue allí donde le conocí y descubrí su verdadera amistad por mi tía Mercedes que, después de la muerte de su hermana Dolores, vivía sola y bastante deprimida. La visita de Julián Marías era un rayo de luz en la oscura realidad de su vida. Siempre se lo agradecí. Supe entonces por mi tía Mercedes que cuando Besteiro se quedó en Madrid esperando a los conquistadores, Julián Marías se quedó también. Besteiro sufrió entonces sus diferentes prisiones en Madrid, fuera de Madrid y finalmente en Carmona, donde murió en 1940. Julián Marías fue prisionero también por su amistad con mi tío, aunque pudo salir con la ayuda de algún conocido suyo, izquierdista, tal vez, pero convertido al franquismo, un chaquetero como se les llamaba entonces. Salió, pero no se le permitió colaborar en la prensa diaria, ni dar conferencias y menos aún ejercer como profesor en la Universidad Complutense. Marías vino con frecuencia a los Estados Unidos, donde dio varias conferencias sobre filosofía en las universidades más prestigiosas del este del país: Harvard, Yale, Columbia. Dio también una conferencia en una universidad católica del Bronx: Fordham University, próxima a Lehman College donde yo era profesora y pude ir a oírle. Era muy poco después de la muerte de su mujer, Lolita Franco y Marías estaba deshecho. Dio sin embargo una conferencia perfecta. E desdicha, así era la poesía de estas dos grandes mujeres que padecieron el horror de la opresión totalitaria en la URSS TULIO DEMICHELI MADRID. La poeta y ensayista Olvido García Valdés y la novelista checa Monika Zgustova han recuperado en español dos voces ahogadas en una de las más ominosas pesadillas del siglo XX, las de Anna Ajmátova y Marina Tsvetáieva, y ayer presentaban en Madrid su antología El canto y la ceniza (Galaxia Gutenberg Círculo de lectores) Gzustova, que además firma el epílogo del volumen: Dos ciudades, dos poetas señaló que una nació en Moscú y la otra en Petersburgo, hijas de familas de la clase alta, las dos muy cultas y a las que les tocó vivir la Revolución Rusa y la Guerra Civil. De Marina Tsvetáieva (1892- 1941) recalcó que conoció el exilio en Berlín, Praga y París, pues abandonó Moscù en 1922 con su hijo para reunirse con su marido, Serguèi Efron, un ruso blanco que luego sería agente soviético. A Efron lo fusilaría Stalin en 1939 y a ella se le prohibió publicar. Poco después marginada por su poesía y por su forma de ser la deportarían con su hijo a un remoto puerto tártaro del Gulag, donde se ahorcó en 1941. A continuación, Gzustova presentó a Anna Ajmátova (1899- 1966) de cuyo estilo afirmó que era muy clásico, mientras que Tsvetáieva necesitaba de la innovación en lenguaje, temática y estilo El suyo fue un destino no menos trágico: vio morir fusilado en 1921 a su marido, Nicolai Gumilov, del que se había divorciado, y las deportaciones de Osip Mandelstam (que nunca volvió) el arresto de su segunda pareja, el historiador del arte Nikolai Punin, y los años en presidio de su propio hijo, Lev Gumilov, que le inspirarían Réquiem su gran poema trágico. Para Olvido García Valdés toda traducción es una progresiva apropiación y explicó que habían optado por presentar en ambos casos primero los poemas extensos: el Réquiem y Poema sin héroe de Ajmátova, y el Poema del fin de Tsvetaieva, y luego introducir los más breves no ordenados cronológicamente, sino por un ritmo de lectura que retuviese el canto y la gravedad de la ceniza Luego, García Valdés leyó una bellísima recensión de su prólogo, Cruz negra sobre fondo blanco anteponiendo una cita de Nadezhda Mandelstam: Contra toda esperanza. Anna Ajmátova, Osip Mandelstam, Boris Pasternak, Marina Tsvetáieva: inter pares: poetas, rusos, grandes poetas del siglo XX. O también: un poeta es un animal solitario, el arte expresa la desdicha Olvido García Valdés y Monika Zgustova, en el Círculo de Lectores SIGEFREDO DOS POEMAS DE EL CANTO Y LA CENIZA Anna Ajmátova Marina Tsvetáieva En memoria de Mijaíl Bulgákov Esto te ofrezco en vez de rosas mortuorias en vez del humo y del incienso; tan ceñida tu vida y hasta el fin con ese espléndido desdén. Bebías vino, eras el mejor para las bromas y te ahogabas en cuatro paredes; tú mismo abriste a la oscura visitante y te quedaste a solas con ella. Ya no estás, y todo alrededor guarda silencio sobre el padecimiento y nobleza de tu vida, sólo mi voz, como una flauta, suena en tu mudo, callado funeral. Oh, quién pudiera pensar que yo, la medio loca, yo, la plañidera de los días ya idos, yo, que me consumo en fuego sin llama, que todo lo perdió y lo olvidó todo, habría de recordar a quien lleno de fuerza, lleno de voluntad y proyectos brillantes, me hablaba ayer tan sólo, o así me lo parece, ocultando el temblor de su dolor mortal. (Casa del Fontanka, marzo de 1940) A Ajmátova ¡Oh, musa del llanto, la más bella de las musas! Oh loca criatura del infierno y de la noche blanca. Tú envías sobre Rusia tus sombrías tormentas y tu puro lamento nos traspasa como flecha. Nos empujamos y un sordo ah de mil bocas te jura fidelidad, Anna Ajmátova. Tu nombre, hondo suspiro, cae en ese hondo abismo que carece de nombre. Pisar la tierra misma que tú pisas, bajo tu mismo cielo: llevamos una corona. Y aquél que a muerte hieres a tu paso yace inmortal en su lecho de muerte. Sobre esta ciudad que canta brillan cúpulas, y el vagabundo ciego canta loas al Señor... Y yo, yo te ofrezco mi ciudad con sus campanas, Ajmátova, y con ella te doy mi corazón (19 de julio de 1916)