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75 Espectáculos El simio, la rubia... y el rascacielos PEDRO RODRÍGUEZ. CORRESPONSAL NUEVA YORK. Si se intentase dibujar el mito de King Kong en forma de triángulo, sus vértices obligatorios serían el simio gigante, la rubia y la emblemática cúspide del Empire State Building. Después de que la producción realizada en 1976 por Dino de Laurentis colocase al animal más icónico de Hollywood y Jessica Lange encima del World Trade Center, el señor de los taquillazos Peter Jackson, ha optado por retornar su gorila digitalizado hasta lo más alto del mismo rascacielos utilizado en 1933 por la pionera versión de RKO. Pero esta vez con ciertas ironías. Desde la destrucción de las Torres Gemelas durante el 11- S, el Empire State ha vuelto temporalmente a convertirse con su medio kilómetro de envergadura en el edificio más alto de Nueva York. Además, el rascacielos se ha convertido en una marca comercial con su propio copyright, lo que en la práctica ha supuesto que Universal Pictures ha tenido que pagar una cantidad no publicada por el derecho a introducir este visual símbolo neoyorquino en el peliculón de estas Navidades. Como ha reconocido la directora de relaciones publicas del edificio, Lydia Ruth, no estoy segura de que nosotros hiciéramos famoso a King Kong o King Kong hiciera famoso a este rascacielos Sociólogos, historiadores y cineastas coinciden en destacar que esta relación urbanística se explica porque el Empire State era durante los años treinta lo último en Nueva York, un flamante monumento a la modernidad y el progreso ideal para servir de contraste con la fuerza bruta y primitiva de un monstruo procedente de una ficticia isla al oeste de Sumatra. Para este primer plano arquitectónico, el equipo de producción de King Kong, además de construir tres decorados en Nueva Zelanda, tuvo acceso a los planos originales del edificio y visitó el rascacielos ocho veces durante los últimos años, realizando una ingente cantidad de fotografías, incluida la vista desde su cima. A partir de ese caudal de terabytes han procedido a eliminar digitalmente todos los cambios realizados desde su inauguración en 1931 a esta obra maestra de Art Decó, incluido el moderno mástil de telecomunicaciones. Con toda esta fascinación mitómana, el Empire State espera aprovechar esta masiva publicidad a escala internacional para relanzarse como una de las obligadas atracciones turísticas de Nueva York, con derecho a las vistas más espectaculares de Manhattan previo pago de 14 dólares (11,6 euros) por adulto desde los dos miradores situados en las plantas 86 y 102. Puntos de observación frecuentados desde su inauguración por 117 millones de personas que desde el 11- S se ven sometidas a registros similares a los de un aeropuerto. que ella había pretendido (con buen criterio) escapar de él, le da la espalda como haciéndose el ofendido, el despechado... Ella jugará delante de él con toda la monedería de sus armas, y él le irá devolviendo la moneda con sus ojos: seriedad, madurez, distanciamiento, calor, más calor... Y el otro gran momento, que pasará sin duda a los anales de la historia de este tipo de cine, o del cine en general, es una escena de grotesco y romántico baile en el lago helado del Central Park, con un King Kong radiante y expresivo por haber encontrado a su chica... como si el monazo hubiera visto alguna vez a Charlot patinador o a Gene Kelly chapoteando charcos... Jackson ha hecho, pues, una película en la que todos los sentimientos caben sentados en una manaza; pero también ha hecho algo monumental, una gran película de aventuras que empieza en una sala de cine, continúa en un teatro en quiebra, que viaja en un carguero desvencijado y roñoso... La pri- mera hora de King Kong podrían ser diez minutos, pero ya no habría hecho Jackson una película monumental e imprescindible. Y termina esta primera parte como una película oscurísima de terror, entre unas impresionantes escenas en la fortaleza indígena. Aún no había tenido el espectador tiempo para respirar en esa primera hora, y el protagonista sin aparecer... Quiérese decir que cuando uno creía que estaba en la zona alta de la película, todavía no habían llegado ni los primeros repechos: la hora siguiente tiene el ritmo endiablado de aquellos comienzos de Indiana Jones: algo así como una hora entera con la bola gigante rodando a tu espalda... Curiosamente, a pesar de ese fragor mayúsculo, aún da tiempo a leer la letra pequeña de esta película, en la que las relaciones se susurran entre puñetazos en el pecho y gigantescas mandíbulas ensangrentadas, y entre algunas escenas de persecución (la del desfiladero entre dinosaurios) nunca vistas. Hasta ahora, sólo se habían alabado las cualidades del gorilón, pero es ya momento de concentrarse en ella, Naomi Watts, tan en su papel de chica desprotegida, necesitada, impresionable y enamoradiza, que le proporciona vuelo a la metáfora: la gran mano como cobijo de la seguridad (el amor) o tal vez un soterrado canto al onanismo. En todo caso, Naomi Watts consigue mantener su cuerpo y su gesto en ese terreno impreciso similar al de la mujer maltratada (es un parangón arriesgado y que espero que no se malinterprete) ese tira y afloja sentimental entre el miedo y la entrega, entre el sometimiento y la adoración... Y he aquí un punto que nunca se acaba de Jackson ha tratar, pero que eshecho una película en la tá impreso a fuego en todo ese estrato que todos los afectivo y supuestasentimientos mente ético de la Bella y la Bestia. caben En fin, que Naosentados en mi Watts y King una manaza Kong se reparten todo el peso íntimo de esta gran historia: mucho más que en ninguna de las versiones anteriores. Aquí, los amoríos entre ella y el personaje que interpreta Adrien Brody (el guionista de la película que van a rodar en la Isla de la Calavera) son por completo eclipsados, igual que el actor, por la aparición del monazo, que tiene incluso más narizota que él. Consigue salirse algo de la sombra que proyecta King Kong, el personaje del director Carl Denham, más que nada por la expresividad del actor que lo encarna, Jack Black, que podría ser el contrapunto al método interpretativo del gran gorila: a la precisión sin un gesto de más se le contrapone la alharaca y la exageración del actor. Brochazos trágicos Y el último tramo de la historia, bien conocido ya por su potente grado de intimidad y por sus brochazos trágicos en la relación de la pareja consigue en las manos de Peter Jackson estar a la altura de sus circinstancias; es decir, a la altura del Empire State: sólo hubiera podido ser mejor otra escena cinematográfica, pero nunca fue: aquella cita truncada entre Cary Grant y Deborah Kerr en Tú y yo Gran King Kong el mejor, el más profundo y sentido... también el más largo. Sin duda podría haber sido más corto, tal vez hubiera podido recortar aquí o allá; menos viaje, o menos selva, o menos persecución, o menos acaramelamiento... Tal vez... Lo que es seguro es de que, tal y como está, tan grande y entero, lo verán y disfrutarán generaciones y generaciones por los siglos de los siglos. ¿Amén? King Kong Dirección: Peter Jackson. Nacionalidad: Estados Unidos y Nueva Zelanda. Duración: 150 minutos. Intérpretes: Naomi Watts, Jack Black, Adrien Brody, Thomas Kertschmann