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64 Cultura MUERE UN MAESTRO DE LA LIBERTAD VIERNES 16 12 2005 ABC ¿A QUIÉN VAS A CREER, A ÉL O A TUS OJOS? E. RODRÍGUEZ MARCHANTE UNA IDEA DE ESPAÑA FRANCISCO JOSÉ MARTÍN a cercanía es un chicle pegado a la suela del zapato. Y de las sensaciones raras que se pueden tener, quizá la más rara de todas sea la de la cercanía lejana, el notar en nuestros andares el chicle pegado en otra suela. Nunca conocí a Julián Marías. Nunca he tenido con un desconocido tantos asuntos en común. Hace al menos tres décadas que asumí que mi película favorita para siempre sería La fiera de mi niña y me consuela compartir esta monotonía con alguien que, como él, conocía todos los resortes internos del alma humana y, por supuesto, todas las películas que merecían la pena. Releo su nota sobre La fiera de mi niña en El Cine de Julián Marías (recopilación de F. Alonso Barahona de sus artículos en La Gaceta Ilustrada y en Blanco y Negro) y con la salpicadura de ciertas cuestiones temporales, de edad o época, esa nota es tan mía como los zapatos que llevo puestos o el chicle pegado a su suela. De todos mis recuerdos de cine, la película que simboliza para mí el máximo de gracia es una de Howard Hawks, de 1938, titulada Bringing up baby (En España, La fiera de mi niña He empleado la palabra gracia, mejor que comicidad; no porque no sea una película cómica, sino porque este carácter no la agota, no acaba de explicar su encanto Aunque los que no entienden mucho de esas cosas le regateen su belleza, hay que decir que Katharine Hepburn es una mujer preciosa... Uno se pregunta por qué no se hacen películas semejantes a ésta... Ahora se hacen tantas cosas mal porque no se quieren hacer bien. Se quiere hacer algo que esté de moda, o que van a elogiar determinados críticos, o sirven de apoyo a tales o cuales ideologías... Ni una coma me es ajena. Cualquier opinión sobre cine expresada por Julián Marías tiene la virtud de estar escrita hoy, recubierta por completo de presente, a salvo de coyuntura, moda, prejuicio o capricho; opiniones hasta tal punto eternamente certeras que convierten en sensata una de las frases más absurdas y graciosas dichas por Groucho Marx: Pero, ¿a quién vas a creer a mí o a tus propios ojos? No hay opción, por supuesto: mis ojos no son suficiente pértiga para saltarse la opinión de Julián Marías. Y ésta ya no sé si es mía o suya: de no decir La fiera de mi niña diría Historias de Filadelfia película que igualmente se funde en ese marco de película de por vida. Tampoco sé ahora si fui yo quien encontró sencilla Fresas salvajes o fue precisamente Marías quien me señaló ese modo único y genial de ver el cine de Bergman; o el hallazgo de la sublime vulgaridad de la pareja en Un verano con Mónica como motor de su poesía. O una de las esencias del cine cogida con la sutileza de unas pinzas a propósito de que hay dos clases de rostros, unos se ven y quedan vistos... otros, por el contrario, nunca quedan vistos del todo Que seamos ya mayores... Que sepamos andar solos... Que tengamos buenos pies y buen calzado para hacerlo... No nos impedirá notar el leve freno de un chicle en la suela. L P ocos ejemplos más claros para entender el exilio interior que el que nos proporcionan la vida y la obra de Julián Marías. Sus dificultades con el régimen de Franco son bien conocidas: el suspenso de su tesis doctoral fue sólo el preludio de una suerte de condena más amplia que le negaba espacio docente en la universidad española. No por falta de cualidades, desde luego, sino por su fidelidad intelectual al proyecto orteguiano. Su ejemplo muestra bien claramente cómo uno de los principales objetivos culturales de aquel régimen fue el desmantelamiento del orteguismo. No le faltaron, sin embargo, foros universitarios- -y de prestigio- -en los que ejercer su magisterio. Pero nunca abandonó España para establecerse cómodamente en uno de ellos. Quiso hacer de aquella España hostil su circunstancia Fue ésta una decisión eminentemente ética, sobre todo porque sabía- -lo aprendió joven- -que su destino concreto consistía precisamente en la reabsorción de la circunstancia. Y no re- paró- -no quiso- -en el menoscabo de su obra y en el ninguneo de su pensamiento. Sabía que la suya, como la de su maestro, era una carrera de fondo. España le dolía indudablemente. Pero nunca se rasgó por ello las vestiduras ni alimentó el gesto trágico de los hombres del 98. No hizo literatura del dolor, sino reflexión a partir de él. Su pensar en España es también, y muy principalmente, un pensar España Su mejor fruto, en este sentido, es España inteligible. M arías se coloca en la línea abierta por Ortega con España invertebrada. Y si entonces fue importante cerrar el problema de España e integrar aquella presunta especificidad hispánica en un movimiento más amplio y general, como era el problema de Europa o crisis de la modernidad ahora se trabaja en el conocimiento histórico de la España real se insiste en contra del tópico de la anormalidad de la historia de España y se lucha contra la imagen de su carácter conflictivo, irracional y enigmático. Marías corrige al maestro, sobre todo en aquella idea de la decadencia española tan arraigada durante la Restauración, e intenta completarlo, además, buscando un sentido moderno, actual, fuera de los tópicos al uso, al hispanismo, a esos lazos, tan evidentes como problemáticos, que unen España con la América de lengua española. Pero la idea central expresa bien su inserción en el proyecto orteguiano: la fuerza de cohesión de las naciones no reside en el pasado, en los valores de la tierra y de la sangre, sino en el futuro, en la capacidad para forjar un proyecto sugestivo de vida en común. El particularismo seguía siendo para él un peligro y una amenaza. No a ninguna unidad que hubiera que mantener porque así había sido hasta ahora, sino por la intrínseca limitación que alberga en la configuración de horizontes amplios y de proyectos de futuro. A la postre, la razón histórica de las Españas desvela la capital importancia del proyecto. Ser desde la apertura de lo que queremos ser, no desde el cierre de lo que hemos sido. Ser desde la levedad y ligereza del proyecto por hacer, no desde el peso y la gravedad de lo alcanzado. Ser futuro. Querer ser futuro. El filósofo haciendo una fotografía LLORAR SU MUERTE MIGUEL DELIBES a noticia de la muerte de Julián Marías me ha afectado profundamente. Hace 50 años Julián ya significaba mucho para mí, desde mis escapadas estivales a Soria- -a su abrigo y al de los Carpintero y los Ruiz- -hasta su referencia personal que duró muchos años, pasando por su generoso recibimiento en la Academia a la que él mismo me había propuesto junto con Aleixandre y Laín. Para mí, antes que el escritor, pre- L valeció en Marías el maestro, lo que él quiso ser de muchacho y la España oficial le negó reiteradamente. Marías, además de un ensayista cabal, fue un orador completo, el continente y el contenido de sus discursos rimaba a la perfección sin necesidad de guiones ni notas complementarias. En una época en la que no era fácil encontrar un intelectual que se expresara con maestría, con belleza y espontaneidad, hubo uno excepcio- nalmente dotado que fue Marías Aguilera. Contra viento y marea el académico ahora fallecido extendió su fama y defendió su nombre por España, Europa y América Latina donde no había acto intelectual en el que se prescindiera de su nombre. No es esta ocasión de ensalzar su figura sino de llorar su muerte, de expresar mi sentimiento a los que lamentan como yo su pérdida. Escritor de verbo fácil y expansivo, crítico convincente, orientador de mentes jóvenes inclinadas a la filosofía, exigente con su tratado durante lustros, es la hora de tributarle unas palabras de despedida que España, con sus cuarenta años de academia y su noble afecto didáctico le agradece.