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ABC VIERNES 16 12 2005 Cultura 63 MUERE UN MAESTRO DE LA LIBERTAD En el octogésimo cumpleaños de Julián Marías ABC publicó este artículo de su hijo, el novelista Javier Marías, en el que queda reflejada una imagen poco común del gran filósofo desaparecido: la de su vida familiar Recuerdo a mi padre trabajando POR JAVIER MARÍAS Cuando mi padre tenía mi edad actual, yo tenía cuatro años, casi cinco, y acabábamos de volver de América tras uno de estancia en New Haven, Connecticut. De allí vienen mis primeros recuerdos verdaderamente nítidos, de manera que durante algún tiempo vi a mi padre con pinta de americano de 1955 o 56 (y así lo veo también siempre que quiero) un hombre con sombrero, gabardina o abrigo largos, ojos azules, el mentón partido y gafas redondas de concha. Andaba siempre muy erguido, casi inclinando la espalda hacia atrás, con una media sonrisa en los labios y expresión invariablemente optimista, casi ufana. Veo sus pisadas sobre la nieve resbaladiza y perpetua de Nueva Inglaterra, pisadas rápidas e impacientes que solían dejar atrás fácilmente, involuntariamente, a mi madre, a mí y a mis tres hermanos. A veces mi madre, con desesperación irónica, se detenía a su vez para hacerle notar la distancia establecida y que nos estaba perdiendo. Se quedaba mirándolo divertida (como quien mira a un incorregible que le hace gracia) hasta que él retrocedía un poco e intentaba acoplarse a nuestros pasos infantiles, con muy breve éxito: siempre llegaba a todas partes adelantado, con una prisa infrecuente, la prisa del entusiasmo. Ese entusiasmo no lo ha abandonado en esta casi entera vida mía transcurrida desde entonces, como tampoco unas dosis de ingenuidad que en principio no serían nada recomendables para andar por el mundo. Ahora que llega a los ochenta años bien entero y con la confianza intacta, hay que pensar que tal vez la mezcla no da malos resultados, o que acaso se trata más bien de una disposición entusiasta e ingenua. Digamos que es la de un hombre que está dispuesto a dejarse engañar, a correr ese riesgo infinitas veces antes que recelar o andarse con reservas, como si esta última actitud fuera en sí tan estéril que no valiera la pena incurrir en ella tan sólo por protegerse. No en balde su lema es Que por mí no quede y lo ha seguido siendo hasta hoy, pese a las muchas traiciones que alguien con tal carácter inevitablemente padece, como cuando paró en la cárcel al terminar la guerra, denunciado por quien había sido hasta entonces su mejor amigo, y eso no le impidió seguir creyendo en la gente, seguir dispuesto a dejarse engañar por ella. Quizá sea la única manera interesante de tener trato con los semejantes. Yo recuerdo a mi padre trabajando siempre a grandes velocidades, si bien de muy niño no acababa de comprender su quietud ante una máquina y que permaneciera tantas horas en su despacho mientras discurría lo que para mí era la verdadera vida, con peleas Padre e hijo compartían desvelos intelectuales y creativos en el domicilio familar ABC España ha sido cicatera con mi padre Javier Marías, a quien Su Majestad el Rey llamó ayer por teléfono para transmitirle el pésame de la Familia Real, declaró a los periodistas en el Tanatorio de la Paz que España ha sido bastante cicatera y tacaña con mi padre a nivel oficial. Viene siendo algo tradicional e histórico el que a personas de gran valía no se les valore institucionalmente o se les haya hecho poco caso En este sentido, señaló que Julián Marías nunca obtuvo un premio nacional, ni siquiera el de Ensayo que se da todos los años, y qué decir de otros, como el de las Letras y el Cervantes El novelista asimismo recordó que su padre sufrió represalias por parte del franquismo, y luego por los diferentes gobiernos de uno u otro signo, pero les aseguro que a él no le ha importado demasiado. Le importaban sus lectores y ha tenido muchos, dentro y fuera de España concluyó. en el colegio y mi madre y criadas y hermanos y mi abuela y la tita María de visita, ambas cubanas: siempre gente alborotada, casi todo es alboroto en la infancia. Los domingos por la mañana nos dedicaba un poco más de tiempo a los niños, con los que sabía tratar sólo a medias, o quizá nos lo parecía por contraste con la atención inteligente y continua de nuestra madre. Mi pa- dre tenía un lápiz plateado con minas de cuatro colores que nos fascinaba, y los domingos se veía obligado a dibujarnos algo. Poco ducho, recuerdo haber sentido algo semejante a la piedad cuando lo veía repetir una y otra vez sus tres invariables figuras, en un color cada una: un indio con turbante, un pez y una vaca. Menos mal que el hermano mayor, Miguel, empezó pronto a dibujar magníficamente de todo, en especial aviones perfectos a los que no faltaba ni una pieza. Por el lado de mi padre no había nadie, no había familia, ni abuelos ni tíos ni primos ni nada, a veces llegaba a parecer un intruso en las reuniones. Se le notaba más a gusto con sus propias tertulias intelectuales, que aún mantiene un día a la semana en su casa, domésticas herederas, supongo, de aquellas célebres de Revista de Occidente de las cuales lo recuerdo volviendo en algunas épocas dos veces al día (uno se pregunta qué se ha hecho del tiempo que se estiraba, sin duda nos ha abandonado) Hablador generoso e infatigable, siempre le he envidiado su formación tan sólida como no la tiene nadie nacido bajo el franquismo ni luego: yo lo he visto siempre leer en latín al filósofo Suárez y en griego a Aristóteles, en alemán a Heidegger y en inglés y francés, respectivamente, a sus favoritos Conan Doyle y Simenon (adora la novela policiaca, y cada vez que voy a Francia le busco los pocos libros de Maigret que aún le faltan: no se sacia, lo relee continuamente, como a Dumas) Desde niños mis hermanos y yo nos acostumbramos a tener en casa una enciclopedia andante en forma de padre que respondía breve pero satisfactoriamente a preguntas de historia, literatura, filosofía, arte, ciencias y cualquier otra disciplina. En cuanto a las dudas lingüísticas, era más de fiar mi madre, pero ella murió para su desesperación y, a falta de la garantía primera, yo aún recurro a su faceta de diccionario cuando alguna vacilación me surge. Le debo mucho como escritor, y no solamente las consultas. No recuerdo que me haya puesto nunca la mano encima, y a fe mía que hice barrabasadas durante la infancia. O tal vez sí, una vez, aunque mi recuerdo es vago y dudoso: solicitada su intervención material por mi madre ante algún desmán excesivo, me debió de dar una azotaina con tan poca convicción y tanto optimismo en su ánimo que decidí no portarme nunca más tan fatal para no volver a ponerlo en semejante compromiso contrario a su naturaleza. Es un hombre enérgico pero muy afable. Cuando he vivido fuera de España y no he tenido más remedio que recordarlo, su imagen predominante ha sido sin gafas leyendo, con sus ojos azules bien visibles y la cara de alemán que, según decía mi madre, se le pone al quitárselas. Sentado en su sillón, a la noche, perfectamente vestido con traje y corbata aunque ya no vaya a salir de casa, leyendo con entusiasmo, el mismo que pone en todo lo demás que hace. Así lo veo y así lo recuerdo. Y yo sé que, mientras lee, además está pensando, quizá en algo que escribirá mañana.