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60 Cultura MUERE UN MAESTRO DE LA LIBERTAD VIERNES 16 12 2005 ABC MARÍAS Y ORTEGA: USOS DE LA FILOSOFÍA EN LA VIDA COTIDIANA JAIME DE SALAS TODO UN SOSPECHOSO HASTA EL FIN CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS H ace pocas semanas leí en el prólogo de La Fuerza de la Razón que, probablemente, Marías no escribiría más. Era la despedida de un autor que me ha enseñado, que incluso me ha acompañado desde la adolescencia. Posteriormente, estudié filosofía y tardíamente me he dedicado a la gran figura de Ortega. En esta coyuntura Marías se convirtió en un referente obligado. Sobre todo, los dos volúmenes dedicados a Ortega son imprescindibles para la comprensión del autor de las Meditaciones del Quijote, pero en general son innumerables los pasajes de su obra que permiten aclarar algún aspecto del pensamiento orteguiano. Pero, lo que echo de menos en primer lugar es al autor que, con un admirable estilo que se desvanece ante lo que narra, ha llegado a estar próximo a mí a lo largo de tantos años, siempre entretenido, siempre interesante y siempre aleccionador, aunque pudiera discrepar de él. En realidad, la coincidencia con Ortega no se limita a una metafísica, sino que se extiende a la forma en que ambos entendieron la tarea de la filosofía y la importancia que en ellos tiene el acto de comunicación. Fueron intelectuales públicos atentos al mundo político y social, pero decididos a mantener una posición independiente frente a él. Tanto la trayectoria vital de Ortega como la de Marías van paralelas a la de su país, España. En el caso de Ortega, encontramos un a escritor precoz que evolucionó lentamente a la posesión definitiva de su filosofía. Desde el principio se pueden reconocer formuladas explícitamente muchas de las tesis definitivas y muy poco de su pensamiento es desechado en el transcurso de su evolución. Pero entiendo que hay una posesión de su pensamiento gracias a sus propias reflexiones metafísicas de los últimos años 20 que le permitieron encontrar su formulación definitiva. Las circunstancias españolas y europeas determinaron que Ortega pasara los últimos años más bien retirado de la vida pública y llevando a cabo la culminación de su proyecto intelectual. P or el contrario, el pensamiento de Marías se encuentra ya muy definido en Introducción a la Filosofía, que terminó en 1947 con 33 años de edad. La Antropología metafísica, que apareció en 1970, es importante dentro de su trayectoria, pero cuenta con un punto de partida ya muy establecido. Aun cuando tenía detrás una larga trayectoria como conferenciante y publicista, el momento de mayor presencia en la sociedad española lo constituye La España Real, que marca el paso a la democracia y acompañó a los lectores de su genera- ción, y de la mía, en el tránsito a una nueva sociedad. La comparación con los primeros volúmenes de El Espectador o los artículos que compondrían la Rebelión de las masas es relevante, pues estos trabajos escritos antes de que su autor llegara a la cincuentena constituyen el momento de mayor presencia orteguiana en la sociedad. En el caso de Marías se abría un nuevo periodo para la sociedad española, mientras que en el caso de Ortega, tanto a nivel español como europeo, se anunciaba un periodo inseguro y negativo. La ilusión producida por el advenimiento de la República no fue nada más que un paréntesis. o importante es que Marías y Ortega coinciden en buscar una comprensión de la vida cotidiana desde la metafísica. Los dos formaron grandes bibliotecas con escasos recursos, pero a la vez los dos supieron anteponer a cualquier noticia leída la experiencia directa de su propia sociedad. Unen así el interés por la metafísica, es decir por el conocimiento último, a una gran capacidad de observar, y de comprender la vida. En general, se trata de dos cualidades distintas, una más abstracta y otra más concreta, pero se dan personalidades- -empezando por Aristóteles- -que son capaces de desarrollar estas dos. En el caso de nuestros filósofos la comprensión de la vida es a la vez una tarea que requiere una metodología hermenéutica para llegar a describir sus categorías y una atención a lo que realmente pasa, a la forma en que una sociedad vive, más propia de un viajero que de un filósofo moderno. Pero los dos logran que a través de sus páginas el lector llegue a comprender mejor su mundo e incluso a sí mismo. C L Los dos, Marías y Ortega, coinciden en buscar una comprensión de la vida cotidiana desde la metafísica. Logran que a través de sus páginas el lector llegue a comprender mejor su mundo y a sí mismo La amistad con Adolfo Suárez llevó al presidente a consultar con Julián Marías algunos asuntos políticos durante la Transición. El filósofo aparece en la imagen conversando animadamente con el ex presidente del Gobierno ABC uando le visité hace más de un año, recordé lo que dijo Eugenio D Ors a González Ruano unos meses antes de morir: pronto dejaré de ser una crisálida. Marías hablaba de la resurrección, de su resurrección. Presentía la muerte, sin la angustia de Unamuno ni la extrañeza de Ortega, sus dos maestros. Tengo la impresión de que ha muerto razonablemente satisfecho de su paso por esta vida, consciente de no haber perdido nunca la dignidad y la coherencia a pesar de los infiernos por los que tuvo que transitar. Recomiendo la lectura de los dos trabajos que publicó en Hora de España, la revista de los intelectuales de izquierda durante la Guerra Civil. Pero su fidelidad no le impidió mantener una actitud crítica contra la República. Siempre reprochó a Ortega que tardara tanto en condenar el derrotero que había tomado el régimen que él mismo había patrocinado, pero eso no quiere decir que Marías abrazara sin reservas al franquismo, aunque ello le costó vivir siempre bajo sospecha. Nunca pudo integrarse en la Universidad. No pudo hacer la tesis doctoral. Era un profesor extramuros. Su Historia de la Filosofía llegó a convertirse, no obstante, en un texto casi oficial. Vivió de las colaboraciones periodísticas, las traducciones, los libros. Laín Entralgo le aceptó en Escorial aunque sólo como crítico cultural. Su ensayo biográfico sobre Unamuno le planteó problemas muy engorrosos con la censura. Fue el Pepito Grillo de la generación del 36, lo que no impidió que cuando el grupo de los intelectuales falangistas derivó hacia posiciones democráticas, socialdemocráticas a veces, Marías siguiera siendo sospechoso ahora como proamericano. Se le atribuyeron vinculaciones con el Departamento de Estado que, en los años cincuenta y sesenta, y hasta hoy, constituían el peor de los insultos. Aranguren llegó a decirle a Ana María Moix en una entrevista que la buena llevanza con los americanos no garantizaba el gusto en el mobiliario de la casa. No sería exagerado decir que Marías vivió un cierto exilio interior hasta los años sesenta. Por esa razón para mí siempre han tenido interés sus apreciaciones sobre nuestra historia más reciente. Por ejemplo, cuando distingue entre el exilio del 36 y el del 39. A su entender es injusto achacar al franquismo los exilios de la primera época: fueron la consecuencia del terror republicano. Le gustaba rezar el credo como quien lo paladea y le daba paz la bandera americana. Todo un sospechoso hasta el último minuto.