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58 Cultura MUERE UN MAESTRO DE LA LIBERTAD VIERNES 16 12 2005 ABC Marías recibe de manos de Don Felipe el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 1996 ABC UNA VIDA PRESENTE IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA C omo escribió Cicerón, no puede en absoluto hablarse de la vida sino cuando está acabada y completa. Así se encuentra ya la de uno de los grandes españoles de nuestro tiempo, Julián Marías: acabada y completa. No es tanto la hora del balance como la de la gratitud. Como a él le gusta decir- -no entiendo esa desesperanzada tendencia a hablar de los muertos en tiempo pasado, como si ya no existieran- como aprendió de su maestro Ortega, toda vida es ininteligible sin trazar la ecuación entre sus dos esenciales ingredientes: vocación y circunstancia. La vocación de Marías ha sido la filosofía. Su circunstancia, España, y esa otra parte mayoritaria, próxima y lejana, que son las Españas de América. La filosofía de Marías es una filosofía a la altura de los tiempos. Esa altura vino proporcionada por la obra de Ortega. El mayor homenaje a un maestro no consiste en repetir sus enseñanzas, sino en asumirlas y ejercerlas. Así hizo Marías. Pensó desde y con Ortega. Por eso pensó al nivel del tiempo. Ese homenaje de gratitud no reside sólo en los textos, fundamentales, que dedicó al análisis del pensamiento de su maestro, sino en su obra entera. De Ortega recibió tanto las incitaciones fundamentales como los instrumentos intelectuales necesarios para llevarlas a buen puerto: la superación de la modernidad, la metafísica de la vida humana y el método de la razón vital. La filosofía es, ante todo, esclarecimiento del modo de ser y del sentido de la vida humana. La biografía de Marías es, de suyo, todo un ejercicio de razón vital. No son éstos la hora ni el espacio de la exégesis ni de la interpretación, pero creo no equivocarme si afirmo que la obra de Marías es un logrado ensayo de elaboración de una filosofía cristiana, es decir, personalista y esperanzada, al nivel de los tiempos, y de una concepción de la sociedad y de la política, precisamente por personalista y cristiana, liberal, en el buen sentido de la palabra liberal, si es que hay otro. anzó su mirada sobre el pensamiento y sobre la vida, sobre el cine y la literatura, sobre España y América, sobre Europa, sobre el arte y la historia. Y lo hizo desde el libro y la conferencia, desde el curso universitario y el periódico (en los últimos años desde estas páginas de ABC que acogieron su magisterio semanal) No pudo hacerlo desde la cátedra universitaria que le negaron el resentimiento y el rencor. Pero no cabe hablar de diletantismo y dispersión, pues a todos esos afanes llevó el talante filosófico, sabedor de que, como enseñó Ortega, no hay cosa en el orbe por la que no pase un nervio divino. Entre sus libros hay uno muy especial, sobre todo para su autor. Era a comienzos de la posguerra. Un grupo de chicas, estudiantes de Filosofía y Letras, tenía que habérselas con la Historia de la Filosofía en uno de los cursos de Comunes Marías les iba explicando la obra de los grandes pensadores. Fruto de aquellas lecciones fue el texto de su Historia de la Filosofía, uno de los mayores éxitos L editoriales de la filosofía en español. Entre aquellas jóvenes se encontraba Dolores Franco, que poco después se convertiría en su mujer. Su circunstancia fue España. Nos ha legado páginas imprescindibles para comprender nuestra realidad nacional y desvanecer tantos tópicos y mentiras. Representante de la tercera España la de la concordia y el perdón, iluminó con sus escritos los afanes de la transición, la devolución de España a los españoles. No le he leído una sola línea que destilara no ya odio, sino ni siquiera la menor animadversión. Nunca escribió contra nadie ni contra nada, sino sólo en favor de la verdad. Emitió el más breve y certero dictamen sobre la tragedia de la Guerra Civil: los justamente vencidos y los injustamente vencedores. Difícil decir más en menos. Tampoco cabe olvidar, entre tantas enseñanzas, su afirmación de que la aceptación social del aborto y la generalización del consumo de drogas constituían los dos mayores errores morales de nuestro tiempo. Ingresa en la RAE en junio de 1965 Nunca escribió contra nadie, sino sólo en favor de la verdad. Emitió el más breve y certero dictamen sobre la tragedia de la Guerra Civil: los justamente vencidos y los injustamente vencedores. Difícil decir más en menos na vida presente, tituló sus memorias. Una vida presente y completa, dedicada a la meditación y al afán indeclinable de ver las cosas claras. La serenidad como temple. La verdad como vocación. En la muerte de Unamuno en 1936, escribió Ortega: La voz de Unamuno sonaba sin parar en los ámbitos de España desde hace un cuarto de siglo. Al cesar para siempre, temo que padezca nuestro país una era de atroz silencio En la muerte de Marías quizá quepa corregir al maestro y asegurar que su voz no ha cesado para siempre, sino que continuará iluminando el misterio de la condición humana. Seguro que habita ya donde la verdad deja de ser circunstancial para convertirse en definitiva y eterna. U