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6 Opinión VIERNES 16 12 2005 ABC AD LIBITUM TERCERA DE JULIÁN MARÍAS PUBLICADA EN 1984 ADIÓS A JULIÁN MARÍAS LA LIBERTAD EN REGRESIÓN Esta fue la Tercera con la que Julián Marías ganó el Cavia de 1985. Contextualizado en los años posteriores al triunfo socialista de 1982, el filósofo ayer desaparecido realiza un soberbio ejercicio de defensa de la libertad con asombrosas concomitancias con la España de hoy. Su lectura supone un perfecto ejemplo de la perdurabilidad de la sabiduría de un gran maestro del pensamiento D ESDE que Claudio Sánchez Albornoz y Américo Castro se enzarzaron en su brillante y fecunda polémica sobre la esencia y la realidad de España, ha sido Julián Marías el más notable y constante, el más esforzado, de todos los intelectuales atentos al sentido y el significado de una Nación que es grande aún en la pequeñez de algunos, bastantes, de sus protagonistas. Ayer, cumplidos los 91 años de edad, se fue de este mundo con la elegante discreción con la que supo vivir, después de dejarnos una obra literaria y filosófica a la que muchos debemos agradecimiento porque nos sirvió de guía para adentrarnos en el mundo del pensamiento y entrar, de puntillas, por la M. MARTÍN puerta que abre su HistoFERRAND ria de la Filosofía. Marías fue alumno de José Gaos, Manuel Gómez Morante, Xavier Zubiri y, sobre todo, de José Ortega y Gasset- -la Escuela de Madrid y de este último, además de discípulo, continuador. Supo pensar nuestra Historia y destilar de ella, sin caer en los aspavientos de un nacionalismo españolista, sus rasgos fundamentales e identitarios. Su Consideración de Cataluña, por ejemplo, cuarenta años después de su escritura, sigue siendo válida y cabal para entender las raíces y la naturaleza de uno de nuestros mayores problemas actuales. También con valor de actualidad nos deja todo su pensamiento cristiano, luminoso y crítico, del que nunca abdicó ni consintió en transacción alguna. Era un gran liberal, defensor de las libertades y predicador de la búsqueda de la excelencia que, de hecho, es la sustancia principal de una ideología conservadora. Por eso, en la hora de la verdad, debe caer sobre el PP la vergüenza de no haberle concedido, en sus ocho años de instalación en La Moncloa, el Premio Cervantes. Como demuestran los hechos y los jurados que se van sucediendo, ése es un premio con el que el Gobierno de turno favorece a sus amigos. Cuando manda el PSOE, claro está, se lo otorga a los más meritorios entre sus próximos y, cuando manda el PP, en virtud del complejo más viejo de la derecha española, también se lo atribuyen a los próximos al socialismo. Por eso el autor de Cervantes clave española uno de sus últimos libros, se quedó compuesto y sin un premio que sin él en la nómina de sus favorecidos pierde mucho de su sentido. Para quienes escribimos en ABC, Marías es una referencia obligada. La obra publicada en estas páginas, especialmente en las Terceras, le convierte en uno de los maestros que, en más o en menos, a todos nos ha orientado, especialmente en el sentido de buscar en el pasado las raíces y la continuidad de nuestra cultura, de nuestra conducta individual y social, y de abandonar la obsesión por la ruptura que, sea cual fuere su modalidad, tanto complace a quienes no quieren, quizá porque no pueden, ser españoles. Se nos ha ido uno de los pocos filones de rigor intelectual que nos quedaba en explotación. H ACE falta estar ciego para no ver la progresiva y rápida disminución de la libertad en España desde hace año y medio; desde 1981 había experimentado lo que podríamos llamar un principio de entumecimiento: había menos vivacidad, menos alegría, menos espontaneidad personal y social, un sentido más débil de empresa, de camino abierto hacia el futuro; la libertad era todavía respetada, pero no incitada o estimulada. Desde las últimas elecciones la cosa ha cambiado, y muy de prisa. Conste, desde el primer momento, que esas elecciones fueron perfectamente limpias y legítimas, irreprochables desde el punto de vista democrático. Esto es esencial, pero no basta. Siempre he creído que si la democracia no está inspirada por el liberalismo, por la llamada a la libertad, por su constante estímulo, pierde su justificación y acaba por convertirse en un mecanismo- -más poderoso que otros- -de opresión. La justificación inicial del Poder- -su origen impecablemente democrático- -tranquiliza respecto a la forma de su ejercicio; y entonces se convierteen prepotencia, esa combinación de alarde del Poder y abuso de él. Abuso legal- -se dirá- Sí, y en cierto modo eso es lo más grave: que la legalidad pueda amparar el abuso. La tendenciaal intervencionismo del Estado es un rasgo que caracteriza la historia de Europa desde el final del antiguo régimen, desde la Revolución Francesa; cuando el liberalismo lo ha templado, ha permitido el admirable desarrollo de los países europeos y a la vez el incremento de la libertad; cuando el impulso liberal ha decaído o ha sido combatido con éxito, grandes porciones de Europa han entrado en diversas formas de servidumbre y se ha atenuado o extinguido en ellas el espíritu creador, la iniciativa personal y social, la capaci- dad de invención. Dos guerras mundiales han sido el atroz precio que ha habido que pagar por ello, y la perpetuación del espíritu antiliberal en media Europa y gran parte del mundo es la causa de que propiamente no haya paz. En España, el Gobierno tiene pleno derecho a gobernar, y hasta a no hacerlo demasiado bien. Pero una cosa es gobernar y otra acometer apresuradamente la transformación de la sociedad española en todos sus campos. Apenas hay zona o porción de ella en que el poder público no haya intervenido: la economía, la educación, la justicia, la condición de los funcionarios, la industria, la información, la vida privada. Y dentro de cada campo, en el detalle de las ocupaciones, en las instituciones privadas, en el ámbito de las posibilidades de cada organización social o de los individuos. Esto ha producido una retracción de la libertad que afecta a la inmensa mayoría de los españoles. Nos sentimos, por lo pronto, observados- -lo que no es poca limitación de la libertad- el Estado (y en la práctica esto quiere decir no un nombre excelso, sino sus servicios particulares y las personas que están a su cargo) pretende saber cada vez más cosas de nosotros. Mientras se nos dice que faltan innumerables jueces, y hay que convertir en tales a los que no pueden o no quieren hacer una oposición, se nos anuncia que se va a jubilar a los que tienen entre 65 y 70 años (edad que quizá no sea muy buena para torear o hacer montañismo, pero parece inmejorable para juzgar) La educación va a estar cada vez más controlada y más lejos de la iniciativa social; la Universidad está viendo comprometida su autonomía no sólo administrativa, sino sobre todo intelectual. Da la impresión de que se quiere aprovechar un tiempo -El joven que quiera seguir poniénse ciego de coca y mamado de alcohol en el botellón tiene prohibido desde ayer fumarse un pitillo en lugares públicos, por el bien de su salud.