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6 Opinión MARTES 13 12 2005 ABC AD LIBITUM TRIBUNA ABIERTA JORGE CASTAÑEDA EX SECRETARIO DE RELACIONES EXTERIORES DE MÉXICO EL USO DEL CASTELLANO partir de la falta de grandes horizontes en la definición y en el proyecto de nuestros dos grandes y únicos partidos de dimensión nacional, establecidos los dos en un centro melifluo y oportunista, las grandes diferencias están en los detalles. Uno de ellos, el del uso del idioma castellano en Cataluña, es el que ahora nos llama la atención y ha llevado a los dos grupos a presentar proposiciones no de ley para su debate en el Congreso de los Diputados. El PP quiere garantizar que no se persiga a ningún ciudadano español por la lengua que utilice y el PSOE defiende que la España plural no sólo no niegue las diferentes identidades que la conM. MARTÍN forman, sino que se FERRAND muestre orgullosa de esa pluralidad La confrontación no puede ser ni más artificial ni menos concreta, y así, en la abstracción, el PP y el PSOE invocan el artículo 3 de la Constitución: El castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla El mismo artículo, en su apartado segundo, confirma que las demás lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas de acuerdo con sus Estatutos Como suele suceder con todos los asuntos conflictivos que nacen de la vocación centrífuga de los nacionalismos, los dos grandes partidos nacionales tratan de salvar el tipo sin descomponer la figura. Ahora, la nueva redacción del Estatuto de Cataluña, pendiente de trámite parlamentario, afecta al apartado primero del artículo primero de la Constitución. El PSOE lo sabe, pero está atado por los pactos que le permiten gobernar, y el PP, atento a la inútil prudencia que germina el poder catalán de Josep Piqué, navega en la tibieza; pero, que conste, mientras no se cambie la Constitución, todos los españoles tienen derecho a hablar en castellano en cualquier lugar y circunstancia. Quizá pueda aportar luz sobre esta cuestión, innecesariamente conflictiva si se reconoce la prioridad del todo sobre sus partes, la redacción del artículo cuarto del Estatuto de Autonomía de Galicia que, en 1936, no llegaron a aprobar las Cortes Españolas porque se cruzó por medio el levantamiento militar del 18 de julio: Serán idiomas oficiales en Galicia el castellano y el gallego; pero en las relaciones oficiales de la Región con autoridades de otras Regiones y con las del Estado se usará siempre el castellano Es una receta del sentido común, la solución más fácil para un conflicto siempre y cuando no exista el interés, como suele suceder por razones clientelares, de mantenerlo vivo. Lejos de tal sentido, el PP y el PSOE, que en estos asuntos debieran ser más coincidentes, andan a mandoblazos sobre el uso del castellano en Cataluña mientras los separatistas del lugar tienen que sujetarse la barriga para no morir en un exceso de risa. A EL RETO CHÁVEZ Después de haber criticado la fallida estrategia de la oposición venezolana y certificar la naturaleza democrática del régimen de Chávez, el autor advierte de los riesgos que conlleva la política antiamericana que el caudillo bolivariano trata de extender por todo el continente L AS recientes elecciones legislativas de Venezuela confirmaron algunas de las tendencias que han puesto reiteradamente al país en los titulares de los periódicos en los últimos años. El presidente Hugo Chávez demostró una vez más que goza de un amplio apoyo entre los pobres y desposeídos del país y que está muy adelante de sus opositores en términos de habilidad política, astucia y dureza. Sin embargo, y al mismo tiempo, la participación de los electores está disminuyendo en cada elección que se organiza bajo la administración de Chávez, y la dudosa limpieza de los procesos electorales es cada vez más evidente. Es cierto que la retirada de la oposición de los comicios unos días antes de las votaciones fue, como afirmó Chávez, más un síntoma de su propia debilidad que de los problemas del proceso electoral. Y también es cierto que esa misma debilidad es consecuencia de la supresión gradual de muchas de las características del orden democrático tradicional de Venezuela. Aun así, los errores de la oposición han sido enormes, desde el apoyo al golpe fallido contra un Chávez elegido democráticamente en abril de 2002, hasta la frustrada huelga en Pedevsa, la compañía petrolera nacional de Venezuela, a principios de 2003. En política nada es más letal que el fracaso en la confrontación directa. En esas circunstancias, Chávez puede darse el lujo de ser audaz a pesar de que sus políticas no han logra- do beneficiar a su principal clientela, el más del 50 por ciento de los venezolanos que vive en la pobreza y la desesperanza. La pobreza ha aumentado desde que Chávez llegó al poder en 1988; las finanzas del Gobierno y la balanza comercial dependen más de los ingresos petroleros que antes y, aparte de los programas cubanos de alfabetización y de los servicios de los médicos descalzos de barrio, el bienestar general de los pobres sigue igual, si no peor. Es poco probable que se den cambios importantes en el futuro cercano. Chávez podrá modificar la Constitución a su antojo en gran medida y llenar tanto el sistema judicial como el órgano electoral con gente de su confianza. Seguirá repartiendo subsidios basados en el petróleo, perpetuando la vieja tradición venezolana de Marcos Pérez Jiménez y Carlos Andrés Pérez. Como resultado, será reelecto a finales del próximo año y es muy posible que permanezca en el poder hasta el final de la próxima década. Con todo, si eso es lo que el pueblo venezolano quiere, que así sea. Después de todo, quién los gobierne y cómo es asunto de ellos, siempre que no se violen sistemáticamente los derechos humanos, que no se suspendan indefinidamente las instituciones democráticas y que se respeten las normas aceptadas de conducta internacional. A juzgar por este último criterio, al menos, Chávez -La gente ya no nos sigue igual que antes, Pepe; algo debemos de estar haciendo a gusto del tripartito, de Hugo Chávez, de Mohamed VI, de Arnaldo Otegi...