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ABC DOMINGO 11 12 2005 Nacional 23 ÁLVARO DELGADO- GAL TODOS LOS DÍAS, EL BIG BANG os hombres importantes movilizan a los exégetas, y los exégetas buscan el hilo y por él sacan el ovillo. Acabamos de saber que Zapatero, en su prólogo a un libro de Jordi Sevilla- El socialismo, de nuevo Crítica, 2002- escribió lo siguiente: Ideología significa idea lógica y en política no hay ideas lógicas, hay ideas sujetas a debate que se aceptan en un proceso deliberativo, pero nunca por la evidencia de una deducción lógica El presidente no anda firme en materia etimológica. Recordemos, porque no es asunto baladí, de dónde viene en realidad la voz ideología La palabra, y el concepto, fueron introducidos en el debate filosófico por un hombre poco conocido ahora: Destutt de Tracy. Tomando pie de las especulaciones de Condillac, Destutt de Tracy pretendió establecer una ciencia del espíritu, una disciplina que explicara los mecanismos del pensamiento de modo análogo a como la biología explica el mecanismo de la vida animal. Corría el año de gracia de 1796, y todavía vibraban en el aire las exaltaciones de la revolución. Los ideólogos incluyeron en su secta a varios ilustres: Sieyès, Stendhal... y Napoleón. Eran materialistas, racionalistas y anticlericales. Del último cabo, del anticlerical, surgió poco después una desavenencia seria con el futuro emperador. En 1801, éste firmó con la Iglesia un concordato importante para la estabilidad del régimen, y los ideólogos empezaron a convertirse en una pejiguera. Napoleón les respetó el tratamiento, pero consideró oportuno lastrarlo de connotaciones abusivas. Ideólogo vino a significar, por voluntad del César, lo mismo que fanático metafísico y vanilocuo Los ideólogos, en fin, eran unos chotacabras, ignorantes de las exigencias de la vida práctica y del ejercicio constante de realismo a que obliga la administración del poder. El concepto continuó rodando de un contexto político a otro. En Marx y Engels, mantiene su connotación negativa. Pero la dominante, hoy en día, es positiva. Se suele entender por ideología el sistema de principios que orientan la acción del gobernante, o L Para Zapatero, la democracia es presentismo puro. Una improvisación permanente, generada por los pálpitos del hombre que cree saber, aunque no sabe por qué sabe de quienes, siendo meros particulares, cultivan una visión moralmente organizada del mundo. Lo interesante de Zapatero es que abraza la acepción contemporánea o vulgar de ideología y adopta respecto de ésta la actitud reticente que Napoleón había reservado al pensamiento dogmático de Destutt de Tracy. Ello convierte al presidente, perdónenme la hipérbole, en una especie de Napoleón de segunda derivada. Zapatero se siente agobiado, no ya por tal o cual filosofía consistente y cerrada, sino por cualquier forma de pensamiento articulado. De ahí que, tras derivar ideología de lógica se apresure a decir que él no es un ideólogo. Y de ahí que sea contrario a que el político justifique sus decisiones apoyándose en la autoridad de un proceso deductivo. El extremo es crucial. Las deducciones representan procedimientos comúnmente aceptados para transitar desde unas proposiciones a otras proposiciones. En este sentido, el que se toma la molestia de realizar una deducción está acatando de modo voluntario y expreso unas reglas de juego. Su propósito no es sólo defender una conclusión, sino acreditarla en vista de que ha llegado hasta ella después de someterla a controles homologados. La veneración de la lógica entraña, por tanto, un sentimiento de respeto hacia las cautelas que en la vida social nos protegen de la arbitrariedad de los demás. ¿Qué motivos acumulará el gobernante rebelde a la lógica para atenerse con paciencia y constancia a una constitución, a la división de poderes o a los mil requilorios que traban a los hombres públicos en una democracia liberal? No serán muchos, o en todo caso, serán vacilantes. Zapatero habla también de democracia deliberativa Se trata, sin embargo, de un fleco habermasiano sin chicha dentro. En la democracia deliberativa de Habermas, los ciudadanos están empeñados en un diálogo disciplinado por la razón. La democracia a lo Zapatero, sin embargo, no va por ahí. Para Zapatero, la democracia es presentismo puro. Una improvisación permanente, generada por los pálpitos del hombre que cree saber, aunque no sabe por qué sabe. Los hechos confirman la semblanza que el presidente ha realizado de sí. Anunció la retirada prematura de Irak sin reunir al Consejos de Ministros; se enemistó con Bush en el repentino sofión de Túnez; resucitó un Estatut inviable rebasando por el ala a su partido y a sus asesores. De la Carta Magna, acaba de decir que no es un cerrojo, sino una llave de libertad La frase, en un político conservador, no habría levantado especial alarma. En labios de Zapatero, produce vértigo. A más de uno, Zapatero nos ha cogido mayores.