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ABC JUEVES 8 12 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC UNA BUENA INVERSIÓN POR CARLOS AMIGO VALLEJO CARDENAL ARZOBISPO DE SEVILLA Lo dijo Juan XXIII sobre la obligatoriedad de lo posible: no derrochar energías en discusiones y, con el pretexto de lo mejor, se deje de hacer lo posible y- -si se trata del bien del hombre- -obligatorio... E lo había escuchado, durante la multitudinaria concentración de jóvenes con motivo de una visita de Juan Pablo II a España, a un miembro del cuerpo de seguridad. El policía, sorprendido por la ejemplar conducta cívica de los jóvenes, comentaba con sus compañeros: Está visto que el Gobierno, si quiere tener una juventud educada y pacífica, donde tiene que invertir más es en religión No es malo el consejo, aunque las razones de la inversión de fondos no fueran otras que las de mantener mejor el orden público. Nada tiene que ver lo de la inversión, pensará el avispado lector (como se decía antaño) con esta Tercera, tradicionalmente dedicada a la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Sin querer buscar apretadas relaciones, entre los fondos y la fiesta, alguna lección sí que podemos deducir de la manera que tiene Dios de actuar para sacar a las gentes del atolladero en que les dejara hundidos el pecado, pues cuando se reconoce en la Virgen a la mujer llena de gracia no se está diciendo otra cosa sino que Dios derramó abundantemente en ella todas las gracias y bendiciones que una persona pueda recibir. Toda esa desbordante generosidad tenía, para decirlo también con términos económicos, una marcada finalidad: ser la Madre de Dios y estar al lado de su Hijo, el Redentor de la Humanidad. No se crean ustedes que la utilización de términos que parecen propios de empresas y mercados está fuera de lugar, que teólogos y magisterio hablan de la economía de la salvación Es decir, de la forma como Dios lo ha organizado y dispuesto todo para que el hombre pueda vivir con un poco de dignidad y mucha esperanza. Pero suele ocurrir que, al contemplar lo que sucede alrededor, más se ven las llagas que originó el pecado que los aceites y bálsamos de la misericordia con los que Dios limpia y cura las heridas de sus hijos. S tad religiosa... Todo para el hombre, pero sin hacer demasiado caso al auténtico bien de la persona. Así es como lo quiso y dispuso Dios: crear el ambiente más adecuado para que el hombre se sintiera a gusto, como en su propia casa. Pero no son pocas las incomodidades que se pueden experimentar si se tiene que vivir en una casa en la que uno se sienta extraño, sin identidad, sin ideales ni creencias. Los franceses hablan de las ocho R que ayudan a encontrar el equilibrio entre los recursos y el bienestar: reevaluar, reconceptualizar, relocalizar, reestructurar, redistribuir, reducir, reutilizar y reciclar. Es decir, que casi hay que vestirlo todo de nuevo. Como volver a empezar. ¿No será que hemos ido demasiado lejos y que hay que retornar a valores, sentidos y horizontes perdidos? En aras de la multiculturalidad se ha sacrificado la propia cultura y la idiosincrasia de un pueblo. Con la llamada educación en valores, un tanto acomodados a los poderes de turno, desaparecieron las virtudes en el aula. Con la idolatría del relativismo se esfumó la auténtica libertad de poder apostar por lo convincente y lo bueno. De la aconfesionalidad oficial se pasó a considerar lo religioso poco menos que como un cuerpo extraño en la masa de la sociedad y, por tanto, del que había que prescindir. Hasta la apertura y el diálogo con otras religiones fueron pretexto para que algunos no profesaran religión alguna. El resultado no podía ser otro que el de una persona sin identidad ni formación, sin libertad y sin fe. Así que habrá que seguir buscando esa casa de la armonía, ese albergue de la sexta felicidad donde el hombre sea, en definitiva, él mismo. Algunos creen que esto sería el resultado de una buena democracia: la ecodemocracia. Como era de esperar, enseguida aparecen la tan traída y llevada aconfesionalidad, la laicidad y el laicismo. Alguien habló, incluso, de un tren de clase única para todas las religiones y para aquellos que no profesan religión alguna. Lo que ocurre, en nuestro caso español, es que en ese tren de diez vagones y clase única, más de ocho coches están ocupados por viajeros católicos. La comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno, pero ambas, aunque por diverso título, están al servicio del hombre. Por tanto, es legítima una sana laicidad del Estado en virtud de la cual las realidades temporales se rigen según sus propias normas, sin excluir, sin embargo, esas referencias éticas que encuentran su último fundamento en la religión. Una laicidad positiva que garantice a cada ciudadano el derecho de vivir su propia fe religiosa con auténtica libertad, incluso en el ámbito público. Así lo ha dicho, en más de una ocasión, el Papa Benedicto XVI. En el comienzo todo fue distinto, la creación entera rezumaba hermosura y perfección. Pero las cosas se torcieron, porque la libertad del hombre claudicó de su verdadero sentido de búsqueda de lo bueno. Y Dios tuvo que poner de nuevo su favor y voluntad y hacer que su Hijo llegara como hombre, sin dejar de ser Dios, y naciendo de una madre inmaculada. En esta empresa y economía del hacer bien las cosas, al estilo de Dios, se aprenden lecciones y se deducen normas de conducta. Así, por ejemplo, que el bien posible es trabajo obligatorio por conseguirlo; dejarse llevar por la primacía de la sabiduría de Dios; tener amplios horizontes sin marginar lo trascendente; el incuestionable valor de la persona... Lo dijo Juan XXIII sobre la obligatoriedad de lo posible: no derrochar energías en discusiones y, con el pretexto de lo mejor, se deje de hacer lo posible y- -si se trata del bien del hombre- -obligatorio. Pablo VI decía que a la hora de programar no hay que olvidarse de Dios, pues si el hombre se empeña en organizar la tierra en contra de Dios, pronto se dará cuenta de que la ha dispuesto en contra de los hombres. Después viene una cuestión de fondo. La propuso Juan Pablo II: es el intento de rechazar a Dios en nombre del mismo bien de la Humanidad. Como si Dios fuera un muro e inconveniente para el progreso y la felicidad. Por último, las recientes palabras de Benedicto XVI a la Academia de las ciencias sociales: el concepto de persona sigue aportando una comprensión profunda del carácter único y de la dimensión social de cada ser humano, pero cuando se impone una ideología de grupo o una visión de la Humanidad individualista y laicista se desplaza a la persona del centro y el protagonismo en el orden social. Principios, todos éstos, que se dan cita en una admirable y equilibrada convergencia en el misterioverdad de la Inmaculada Concepción de María: era posible y convenía, pues Dios la hizo santísima desde el primer momento de su vida. Si en esta bendita mujer hay un modelo permanente de conducta y se encuentran siempre en ella sobrados motivos de esperanza, no hay que buscar más razones que las de la gracia de Dios y las de unas actitudes ejemplares de María: poner su libertad al servicio de los planes de Dios y actuar con una generosidad ilimitada en favor de los demás. La expresión hágase en mí según tu voluntad no puede reflejar mejor el deseo de que llegue pronto la salvación, entregándose ella por completo al querer de Dios. Tendremos que volver al principio, a lo de la inversión de las gracias y riquezas de Dios, que con tanta abundancia puso en la Virgen María. El rendimiento no pudo ser más generoso y abundante. No cabe duda de que Dios es el más sabio y mejor de los inversores. Se quiere, y con la más justa de las razones, procurar un ambiente donde el hombre pueda respirar a pleno pulmón, sin contaminaciones ni ahogos. Se insiste en la necesidad de cuidar la naturaleza y evitar aquellas agresiones que puedan dañar el medio ambiente. Es, en definitiva, lo que se define como ecología, que sería algo así como buscar la casa adecuada para que las gentes vivan en buena armonía con la naturaleza. Cuando se trata de la defensa del medio ambiente, parece que no hay disenso y sí mucho acuerdo. Distinto y contradictorio es el consenso cuando se habla de cuidar a la persona. Aquí se olvida lo de la casa y se presenta, a palo seco, una biología contradictoria que manipula, usa y mata embriones y fetos sin el menor reparo. Se pretexta que es para bien del hombre. Igual se dice de las guerras de pacificación, la permisividad moral, la violencia como recurso, el laicismo limitador de la liber-