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ABC MIÉRCOLES 7 12 2005 53 Libros y películas recuerdan a John Lennon, de cuyo asesinato se cumplen mañana veinticinco años La Albertina de Viena presenta una gran exposición dedicada al pintor Egon Schiele Gardiner, por ejemplo: su resultado son dos Mozart, y los dos magníficos. No hay por qué quedarse con uno o con otro. Ése es mi trabajo: mostrar grandes directores de orquesta con distintas personalidades, culturas, talante, de diferentes escuelas y con métodos de investigación diversos. ¿No le gustan las grandes voces? -Claro que me gustan, y cuento con un montón de reconocidos cantantes, que ya van llegando. Leo Nucci, Flórez, Marcelo Álvarez, Vargas... Todos ellos van a desfilar esta temporada. Otra cosa que cabe preguntarse es: ¿qué voces estaban libres el pasado 15 de junio para abrir este nuevo curso en diciembre? ¿Cómo estaban en ese momento las agendas de Alagna, Urmana, René Fleming, Karita Mattila, Bartoli... En un plazo de reacción tan corto, todos estaban comprometidos. ¿No es muy conservador el público de Milán para aguantar sus envites? -Creo que hay que entrar suavemente. No alejarse del repertorio, y de vez en cuando introducir un nuevo título para ampliarlo. Pero con gran respeto a la tradición y a la historia del teatro. Y soy muy respetuoso. No quiero hacer un teatro a lo Lissner Simplemente, quiero que Lissner entre en la Scala. Quiero avanzar, proponiendo cosas con delicadeza. -Empieza con una coproducción. ¿Va a insistir en este sistema? -He empezado a hablar con gente con la que habitualmente he mantenido buenas relaciones. Así he decidido hacer este Idomeneo con Gérard Mortier y Antonio Moral. Ambos me propusieron coproducir el espectáculo y, como me pareció una prueba de confianza, acepté la invitación. ¿Habrá otras con el Real? -Con toda probabilidad diría que sí, porque ha contratado a un director muy serio, un profesional con otra mentalidad. Además, Madrid está siempre en mi corazón. Yo en Madrid viví momentos muy importantes. No hay ninguna razón para que, si se puede trabajar juntos, no lo hagamos. -El siguiente paso es encontrar un director musical para sustituir a Muti... -Al menos me tomaré dos o tres años para encontrarlo. ¿Italiano o extranjero? -Un director musical. Eso es todo. ¿Ha invitado formalmente a Muti para dirigir algún título? -Si no lo he hecho personalmente es porque creo que no es el momento. Pero no voy a establecer ninguna polémica con un director como él, que ha estado en este teatro 19 años. Siempre digo que, gracias primero a Abbado y luego a Muti, la de la Scala es, al menos desde mi punto de vista, la mejor orquesta de ópera del mundo. Y lo mismo el coro. Lo que pase en el futuro no lo sé. Nadie puede decir nunca Hoy es evidente que, aunque yo diga que las puertas están abiertas a todos, él no va a venir a solicitarlo. Y si yo lo hiciera, podría tomarlo como una provocación. Y nada más lejos de mi mente, porque respeto mucho a los artistas. Imagen nevada del exterior de la Scala, tomada el pasado día 3 AFP La Scala de Milán abre temporada con la sombra de la guillotina económica Por primera vez en dos décadas, Riccardo Muti no estará en el podio b Berlusconi, con las finanzas publi- cas en bancarrota, aprobó un recorte del 40 por ciento en los presupuestos de 2006: los 464 millones de euros se reducirán a 300 JUAN VICENTE BOO, CORRESPONSAL ROMA. El ajuste de cuentas en la Scala no ha terminado, y las cabezas van a seguir rodando a medida que los políticos del centro derecha- -la Alcaldía de Milán y el Gobierno de Roma- -aprieten en su revancha contra los sindicatos izquierdistas que lograron cortar la cabeza al maestro Riccardo Muti y al sobreintendente, Mauro Meli, el pasado mes de abril. La sombra de la guillotina económica amenaza el futuro del primer teatro lírico de Italia, al que Berlusconi acusa de malgastar dinero a espuertas. El annus horribilis del gran escenario milanés se cobró su primera víctima el pasado mes de febrero cuando la Fundación la Scala- -presidida por el alcalde, Gabriele Albertini, de Forza Italia- -echó a la calle al popular sobreintendente Carlo Fontana, reo de haber chocado una y otra vez con el maestro Riccardo Muti. Los músicos y el personal auxiliar, ya resentidos con el maestro, celebraron en el propio teatro una asamblea furibunda en la que pidieron, casi por consenso, la dimisión de Muti y de todas las autoridades de la Scala. Aquel infausto 16 de marzo Muti llegó a escribir su carta de dimisión, pero el alcalde le pidió congelarla du- rante dos semanas para intentar calmar los ánimos. Era ya inútil. Aunque Muti llevaba la batuta desde hacía veinte años y era el activo más valioso, la rebelión de los músicos no admitía pasos atrás. También Claudio Abbado, su predecesor, había sido insustituible durante 17 años hasta que la orquesta lo echó a la calle en 1985. El 2 de abril, Muti tiraba la toalla y abandonaba Milán. Abatido el gigante, los músicos echaron enseguida al sobreintendente, Mauro Meli, colocado por el maestro en el puesto de Fontana. El 21 de abril la Fundación entrega el cargo al francés Stéphane Lissner, quien había llevado con éxito el timón del Festival de Aix- en- Provence o el Chatelet de París. Deshacerse del Arcimboldi Pero la guerra no había terminado. El mundo empresarial milanés nunca llegó a aceptar la humillación de Muti, a quien el alcalde Albertini, de Forza Italia, defendía a capa y espada. El presidente de Mediaset, Fedele Confalonieri, brazo derecho de Berlusconi en todas sus aventuras desde que can- En la Scala trabajan mil personas cuando bastarían sólo 400. Y, por encima, todos tienen sueldos de artistas ha criticado Berlucosni taban juntos en las naves de crucero, dimitió de su cargo de presidente de la Orquesta Filarmónica de la Scala y dio a entender que las televisiones del Cavaliere dejará de comprar los derechos televisivos de algunos conciertos. En el mes de septiembre, Marco Tronchetti Provera, jefe de la Pirelli, anunció su retirada del Consejo de Administración la Fundación la Scala. La gran empresa de neumáticos había pagado la parte del león del Teatro degli Arcimboldi, que acogió las actividades de la Scala durante la modernización de su sede histórica al coste de 100 millones de euros. Recuperado el escenario original, la Fundación la Scala perdió interés por el Teatro degli Arcimboldi, y el nuevo sobreintendente, Stéphane Lissner, insistió en que no podían seguir administrando una sede secundaria igual que el Metropolitan de Nueva York no se ocupa de gestionar otros teatros de la ciudad Mientras tanto, el Gobierno Berlusconi, con las finanzas públicas en bancarrota, aprobó un recorte del 40 por ciento al Fondo Único para el Espectáculo en los presupuestos de 2006: los 464 millones de euros se reducirán a 300 por mucho que protesten intelectuales y creadores. Ante el aluvión de críticas, incluidas las de la Scala, Silvio Berlusconi subió a la red: En la Scala trabajan mil personas, cuando bastarían sólo 400. Y, por encima, todos tienen sueldos de artistas El teatro es famoso, pero muy deficitario. Las nubes de tormenta se vuelven más oscuras. El rayo está a punto de saltar.