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ABC MARTES 6 12 2005 59 FIRMAS EN ABC columnas y media de letra menuda y apretada, y para nombrar un día de labor usa día de hacienda y día de trabajo El adjetivo laborable lo define escuetamente como lo que se puede laborar o trabajar en latín, Quod laborari potest. Califica laborar como verbo activo antiguo, equivalente a labrar Seco Andrés Ramos: laborable. adj. 1. (Día) normal de trabajo. Se opone a festivo 2. (Terreno) susceptible de cultivo. Según el diccionario de la Academia, día laborable sería el que se puede laborar o trabajar Obsérvese que dice que se puede no en que se puede Según esto, se puede hablar con propiedad de tierra laborable madera laborable arcilla laborable porque la tierra, la madera, la arcilla, pueden ser trabajadas. Pero los días no pueden serlo. Se puede trabajar en ellos, pero ellos no pueden ser trabajados. Por eso pueden ser laborales, pero no laborables. En realidad, laborable, asociado a día, es uno de tantos calcos del francés. En esta lengua se documenta desde mediados del siglo XIII el adjetivo ouvrable asociado a jour: jour ouvrable día consagrado al trabajo Y labourable, apto para ser trabajado aplicado a un terreno, desde los primeros años del siglo XIV. Jour ouvrable, que nuestros diccionarios traducen por día laborable sigue usándose actualmente. VALENTÍN GARCÍA YEBRA DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA DÍAS LABORABLES La tierra, la madera, la arcilla, pueden ser trabajadas. Pero los días no pueden serlo. Se puede trabajar en ellos, pero ellos no pueden ser trabajados Por eso pueden ser laborales pero no laborables O he visto que alguien haya reparado en la anomalía de la asociación sintáctica de las dos palabras que constituyen el título de estas líneas. A la definición y explicación de día dedica el diccionario de la Academia tres columnas y media de letra menuda, sin ningún aparte. Y el adjetivo laborable aplicado especialmente a día significa, según la misma fuente, que se puede laborar o trabajar Es una definición imprecisa y un tanto confusa. Los adjetivos terminados en- able, derivados de verbos de la primera conjugación, cuyo infinitivo termina en- ar, como amar, cantar, manejar, saltar, tienen generalmente sentido pasivo: amable significa propia- N mente que puede ser amado cantable, que puede ser cantado manejable, que puede ser manejado saltable, que puede ser saltado Según esto, laborable significará que puede ser laborado es decir, que puede ser trabajado Tierra laborable es la que puede ser laborada o trabajada; cultivable la que puede ser cultivada arable la que puede ser arada. Pero los días no pueden ser laborados, y, por tanto, no pueden ser laborables. Se puede trabajar o laborar en muchos, que por eso se llaman días de labor pero ellos no pueden ser laborados o trabajados. Según Corominas- Pascual en su Diccionario Crítico Etimológico Castellano e Hispánico, s. v. labor, el duplicado semiculto labo- rar se ha extendido modernamente Ni laborable ni laborar vienen en el Tesoro de Covarrubias (1611) tampoco en Autoridades (1734) El diccionario de Terreros incluye en su tomo II (1787) laborar: antic. trabajar, obrar pero no laborable. El poco conocido Novísimo diccionario de la lengua castellana, compuesto bajo la dirección de don Carlos Ochoa con la colaboración de una sociedad de escritores y editado en París el año 1910, dedica a la palabra día tres HERMENEGILDO ALTOZANO ESCRITOR LA TERRAZA OLVIDADA RIMERO desmantelaron la caseta antigua y, hecha ya tablones, la arrumbaron en el remolque. Quedaron algunos hierros retorcidos en una de las esquinas. Unos bidones vacíos. Una lámpara marchita y la silla del vigilante, también vacía. Que se lleven los hierros, si quieren- -debieron pensar- Y los bidones. Y la silla. Que se la lleven, si quieren Más tarde, comenzaron a remover la tierra hasta dejar el solar sin arrugas, como si se tratara de planchar la ropa con la gigantesca plancha que era la apisonadora. Cuando el terreno ya estaba liso, clavaron una estaca en cada una de las esquinas y otras estacas entre las de los extremos y las unieron entre sí con un cordel hasta formar un cuadrilátero. Después, trazaron los linderos con una pintura grumosa de color amarillo y levantaron otra caseta. Van a construir delante de tu P casa le dijimos, y las categorías transmutaron hasta hacer que lo definitivo regresara a la condición original de las realidades provisionales. Ninguno de nosotros había pensado en esa posibilidad cuando, a los primeros ruidos de los motores, nos asomamos para ver el movimiento de tierras. Las máquinas trabajando y los hombres apilando los materiales. Pocos años atrás habíamos tomado conciencia de que el tiempo ya no alcanzaría para construir las utopías. Ahora ya sabíamos que aquellos sueños de razón se habían conjurado en nuestra contra y la realidad nos tendía celadas a cada rato. Nos sentábamos- -me recuerdo ahora- -en la terraza y contemplábamos las olas del mar embravecido que rompían contra el muro del malecón, y, los días de más virulencia, llegaban a colonizar la calzada con un rastro de espuma blanca. Aquella terraza podía estar en Cádiz, en La Habana, o en las islas improbables de las conversaciones inacabadas. Sobre las rocas. No había nada entre el balcón y el mar salvo el ritmo lento de las palabras, las voces apagándose y la música que nos llegaba desde el Malecón, desde el Parque Genovés, desde las Puertas de Tierra. No había nada entre la soledad de la terraza y los atardeceres cadmios, anaranjados, rojos y violentos. Allí nos quedábamos hasta la noche, después de haber abando- Pocos años atrás habíamos tomado conciencia de que el tiempo ya no alcanzaría para construir las utopías. Ahora ya sabíamos que aquellos sueños de razón se habían conjurado en nuestra contra y la realidad nos tendía celadas a cada rato nado los otros afanes. Después de haber descuidado los propósitos renovados. Los días más claros nos sentábamos sobre el muro y pedíamos en silencio que nadie nos molestara. Otras noches- -las noches de temporal- -lo hacíamos dentro de la sala, con las ventanas abiertas, para seguir percibiendo el rumor de la calle, el bramido, los ritmos, el ruido de la lluvia vehemente vuelta, al llegar allí arriba, música arrebatada. Desde el mismo observatorio imaginamos invasiones y desembarcos cuando sonaban las sirenas de los simulacros. Y nos refugiábamos detrás de las murallas imaginarias, apretados los hombros, a la espera de lo inevitable. Pero lo inevitable nunca llegaba a nuestra terraza y esas prórrogas pronto terminaron por alcanzar la categoría de lo cotidiano. Es ahora, cuando llamo a la puerta de la casa, que quiero pedir a los demás que regresen. Que nos juntemos otra vez en la terraza, aunque ya no sean posibles las utopías. Que nos asomemos a la calle para escuchar los mismos rumores. Hasta que los nuevos edificios nos dejen apenas intuir el mar. Antes de que la terraza se esconda en el olvido y que no seamos más que un recuerdo de lo que fuimos.