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6 Opinión MARTES 6 12 2005 ABC AD LIBITUM TRIBUNA ABIERTA JOSEBA ARREGUI LA CORDORNIZ DE HERREROS OSTALGIAS aparte, está claro que ningún tiempo pasado fue mejor que éstos en que, más o menos contentos con lo que pasa, vivimos y soñamos con otros todavía mejores; pero, ¿se puede decir lo mismo de sus protagonistas? He aprovechado el primer ojo de este larguísimo puente con que nos favorece el calendario- ¿hay alguien aquí dedicado a trabajar? -para leer con gozo el trilibro que, editado por Edaf y titulado La Codorniz de Enrique Herreros, presenta, en el supuesto de que no siga siendoél mismo, su hijo y valedor, Enrique. Los dos, insisto, si no son uno solo, justifican la pregunta de un poco más arriba. No abundan los personajes de la calidad, el talento, la M. MARTÍN bonhomía y la generosiFERRAND dad de estos Herreros sin fragua que sólo saben dar con el martillo de la bondad en el yunque de la imaginación. He dicho con precisión que se trata de un trilibro porque en sus cuatrocientas páginas de gran formato se encuadernan tres piezas bien diferentes. Una joya del humor y del dibujo- -España de mis humores- una antología de textos de los más notables creadores clásicos y felizmente presentes en el reducido paisaje del humor español y, lo más importante, un originalísimo ensayo biográfico que el hijo hace del padre y en el que llegan a confundirse las peripecias vitales del uno y el otro. España de mis humores precedida por una selección de las 807 portadas que Enrique Herreros concibió para La Codorniz es una antología, hecha en su día por el propio autor, de los 2.303 dibujos que llegó a publicar en La revista más audaz para el lector más inteligente Son la radiografía del cuerpo español que, a través del ojo luminoso de Herreros, nos detalla la casquería de una nación permanentemente descontenta. A pesar de mi inmensa admiración por Enrique Herreros- -pintor, dibujante, creador, agente cinematográfico, escalador de montañas, publicitario y persona cabal- cuyos méritos justifican el valor de homenaje que trae el libro que hoy comento, aún considerando la importancia de un personaje generacional e intelectualmente equivalente a Mihura, Tono, Neville, Jardiel... el trabajo de Enrique hijo, que así se firma, es la parte fundamental de la obra. Desde el día del nacimiento de su padre, en 1903, hasta el presente, la búsqueda y el regocijo biográficos que acomete el hijo es la crónica viva, apasionada, aleccionadora y amenísima de un siglo con copete en el que, en España, ha pasado de todo y en la que personajes como Enrique padre y Enrique hijo- -insisto, si no son sólo uno- -han servido para inspirarnos alguna sonrisa, muchas reflexiones e infinidad de argumentos para que podamos confiar en el género humano. Como señala Antonio Mingote, uno de los maestros que reseña la gloria de Herreros: Enrique fue genial en su trabajo, en su vida, en la amistad y en el magisterio, en lo principal y lo accesorio- -que no en lo inútil- en lo grande y en lo pequeño N EDUCAR El autor advierte que la devaluación de la Religión relega la formación en valores al terreno de la irrelevancia, del relativismo completo, de la subjetividad absoluta algo tan peligroso como creer que las Matemáticas o las Ciencias Naturales no conllevan ningún tipo de ideología L O más grave del debate sobre la política educativa que se ha dado en la sociedad española es que se ha producido en escenarios secundarios de la cuestión, no en su centro. Lo que de verdad está en cuestión es el fracaso escolar, el fracaso en la transmisión adecuada de conocimientos. Y lo que de verdad está en cuestión es si, más allá o a través de la transmisión de conocimientos, realmente se produce una educación de las nuevas generaciones, una formación en valores. Tienen razón quienes afirman que un reparto equitativo de las cargas educativas- -admisión de alumnos inmigrantes, y de alumnos con dificultades de aprendizaje- -exige cierto control de los procedimientos de admisión. Porque es verdad que la elección de centro por los padres tiene tanto que ver con el ideario del centro como con la convicción de que en los centros concertados se da un ambiente de mayor homogeneidad cultural entre los alumnos, condición supuesta como necesaria para un mejor aprendizaje. Tendrían razón los titulares de centros concertados al reclamar que la financiación prevista en los conciertos tuviera en cuenta unas necesidades económicas añadidas en el caso de admitir alumnos que rompan la homogeneidad de esos centros. Como tendrían razón los centros concertados si recordaran, primero, que en España sólo existe un sistema único, público, de educación, pues es el Estado el que define los parámetros esenciales que regulan el sistema: programas, requisitos exigibles al profesorado, niveles de aprendizaje, definición de las etapas y de los títulos, su reconocimiento. Otra cosa es que existan escuelas de distinta titularidad. Y segundo, que si se cerraran todas las escuelas concertadas, el Estado tendría grandes dificultades financieras para hacer frente a la escolarización en la red de titularidad pública de todos los alumnos que quedaran sin escuela. También es preciso decir que al Gobierno no le mueve sólo el reparto equitativo de las cargas educativas- -inmigrantes y aducación especial- sino que a través de una regulación más estricta de los criterios de admisión y de la prohibición de cobro de cuotas por actividades extraescolares intenta frenar lo que considera un crecimiento indebido de la red concertada. Pero lo más grave del debate educativo se centra no en lo que afecta a la transmisión de conocimientos, sino en lo propiamente educativo, en la formación en valores. Educar no significa exclusivamente aprender Matemáticas, Lengua, Ciencias Naturales, lenguaje informático. Educar implica la interiorización de valores por parte de las nuevas generaciones. Aunque hace años se hablara de trabajadores de la enseñanza, los profesionales de la escuela siguen siendo educadores. Educadores en valores. La referencia a los valores implica necesariamente entrar en el ámbito de lo ideológico. Los valores no son demostrables. Los valores se interiorizan, y se asumen desde una opción personal. Incluso los valores supuestamen-