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ABC DOMINGO 4 12 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC EL CESARISMO EMPÍRICO, O MANDAR A LA DERIVA POR MANUEL JIMÉNEZ DE PARGA DE LA REAL ACADEMIA DE CIENCIAS MORALES Y POLÍTICAS El asunto más grave entre nosotros es la ley electoral. El día que acertemos con una buena legislación electoral los restantes problemas se solucionarán satisfactoriamente. Con unas buenas normas electorales, el Senado, adecuadamente reformado... L gobernante, el buen gobernante, inicia su mandato con un programa de actuaciones que pretende llevar a cabo. A veces los obstáculos son insuperables y hay que detenerse en el camino, o cambiar de ruta. Pero esto no significa que se desconozca el objetivo político que se quisiera alcanzar. Ahora bien, algunos de los denominados gobernantes mandan a la deriva, sin dirección o propósito fijo. Hace unos años, treinta o cuarenta, en la Universidad de Barcelona, cuando explicaba a mis alumnos la distinción entre mandar y gobernar solía acudir al ejemplo de lo que ocurre en los campos de fútbol. Hay equipos que afrontan los encuentros deportivos con un planteamiento de victoria elaborado por los entrenadores. Se debe atacar de una determinada manera y defenderse también con unas normas tácticas adecuadas. Otros equipos, por el contrario, salen al campo para jugar a la contra Van resolviendo las situaciones sin una estrategia propia que no sea la de echar balones fuera. La Real Sociedad de San Sebastián fue el once que mejor jugaba a la contra. No conquistaba el campeonato; permanecía en las sucesivas temporadas sin pena ni gloria. E se padece directamente. ¿Por qué no reaccionaron los franceses durante el Gobierno de Vichy? ¿Por qué se sometieron los alemanes y los italianos ante sus respectivos dictadores? ¿Por qué los españoles aguantamos los casi cuarenta años de régimen franquista? A mi juicio, la clave para entender en Europa el cesarismo se encuentra en la preponderancia de los tibios en todas las sociedades. Por los años cincuenta, del siglo XX, en mis estancias estudiantiles en Alemania pude comprobar que los padres de mis compañeros se negaban a hablar de lo ocurrido allí bajo el mandato de Hitler. No se me olvida la escena que contemplé durante la comida en la casa de un notable empresario, serio y católico, al que uno de sus hijos se atrevió a preguntar en mi presencia lo que habían hecho él y sus amigos durante el nacionalsocialismo. Eso no se pregunta contestó cortante el padre de familia. Los comensales nos quedamos paralizados. Estoy seguro de que en aquel ambiente no había antiguos nazis, ni simpatizantes del III Reich. Eran unos ciudadanos de buena fe, pero de carácter tibio. Soportaron años en silencio cuanto les echaban encima. Regímenes oficialmente parlamentarios se transforman en presidencialistas, aunque sin los pesos y contrapesos del presidencialismo auténtico. El año 1993 publiqué La ilusión política un libro con este subtítulo: ¿Hay que reinventar la democracia en España? Hace doce años apreciaba ya los síntomas inquietantes de una cultura política de resignación. Y describía el presidencialismo encubierto bajo el manto de una Monarquía parlamentaria. Mi preocupación era que nos convirtiésemos otra vez en súbditos. El ciudadano pasivo, inhibido ante las urnas, distanciado de las organizaciones que defienden sus intereses políticos, sociales y económicos, se transforma- -sabiéndolo o sin saberlo- -en un colaborador eficaz del régimen de sumisión. Cuesta mucho ascender de la condición de súbdito a la categoría de ciudadano. Por aquí- -apostillaba yo- -sabemos algo de eso. Es más fácil descender de ciudadano a súbdito El Gobierno a la deriva de apariencia democrática tiene en la ciencia política la denominación de cesarismo empírico Es mandar sin una meta clara. No importa que se alegue que se está cumpliendo un programa electoral. La invocación al programa es un medio para conservar el poder. No es un fin del ejercicio del poder. Los tratadistas de este asunto se refieren preferentemente a ciertas Repúblicas iberoamericanas. Chile con su Constitución del 18 de septiembre de 1925 formalizaría un prototipo de cesarismo empírico: el presidente de la República decide mientras que el Congreso apenas cuenta. Sin embargo, no fue sólo en Iberoamérica donde se establecieron regímenes con gobernantes jugando a la contra. Europa, en el período entre las dos grandes guerras, de 1914 a 1939, fue un territorio abonado para el cesarismo empírico. Tenemos que recordar lo sucedido en Yugoslavia después de la proclamación regia del 6 de enero de 1929, o en Turquía con la República de 1923, o el Polonia con la Constitución de 23 de abril de 1935. El cesarismo empírico se impuso como un modo de mandar en circunstancias difíciles o con pueblos carentes de virtudes cívicas. Aceptar lo que viene de arriba es más cómodo que oponerse al gobernante, transformado en césar. Una vez ocupado el puesto de mando, el capitán recibe innumerables adhesiones, algunas de ellas inesperadas. Sabemos que no es un fenómeno exclusivo de los países latinoamericanos, como algunos analistas europeos nos quieren hacer creer. Una visión parcial, por ejemplo, son las observaciones de un autor tan admirado como André Siegfried. Describe así el cesarismo empírico: Que el jefe se imponga por la fuerza, que sea plebiscitado o regularmente elegido, poco importa en Latinoamérica, ya que la conclusión es siempre la misma: no se trata más que de él, sólo de él. El jefe encarna en su persona la noción misma del poder, de la soberanía; los ministros, sus ministros, son meros comisionados, responsables solamente ante él, simples reflejos de su persona y siempre revocables a su voluntad Estas apreciaciones de Siegfried fueron escritas en 1934. Europa, incluida Francia, conocería luego lo que puede ser el cesarismo, ideológico o empírico, cuando El caso hoy más notable de cesarismo empírico europeo quizás lo tengamos en Italia. Pero no es el único. Es cierto que Silvio Berlusconi manda con la cobertura de una Constitución que impone limitaciones al Gobierno y lleva a las Cámaras parlamentarias a unos representantes de los ciudadanos. Sin embargo, el presidente del Consejo de Ministros italiano hace y deshace a su antojo. Se oyen voces de protesta por aquí y por allí, pero Berlusconi, cuan césar, avanza impasible. ¿Hacia dónde? ¿Hacia la derecha o hacia la izquierda? Muy difícil es contestar a estas preguntas. El cesarismo empírico se caracteriza, como hemos dicho, por ir a la deriva, sin una meta concreta en el horizonte. Aseguran algunos observadores que lo que actualmente ocurre en ciertos países formalmente democráticos es que la concentración en una sola mano de la jefatura del Gobierno y la jefatura efectiva del partido mayoritario les lleva inexorablemente al cesarismo. En estos días celebramos la Constitución de 1978. Fue un glorioso punto de partida. Pero nos queda camino por delante. Se suele afirmar que el problema número uno en la presente situación política es la cuestión territorial, o sea el afianzamiento del Estado de las Autonomías, sin que ninguna de las Comunidades se sienta incómoda, o infravalorada, o discriminada. La letra del texto constitucional no permite la excepcionalidad para nadie, sino que proclama que todos los españoles son iguales ante la ley, con los mismos derechos y obligaciones en cualquier parte del territorio del Estado, según leemos en el artículo 139.1, siendo competencia exclusiva del Estado la regulación de las condiciones básicas que garanticen la igualdad de todos los españoles en el ejercicio de los derechos y en el cumplimiento de los deberes constitucionales, según se afirma literalmente en el artículo 149.1.1 de la misma Constitución. Creo, empero, que el asunto más grave entre nosotros es la ley electoral. El día que acertemos con una buena legislación electoral los restantes problemas se solucionarán satisfactoriamente. Con unas buenas normas electorales, el Senado, adecuadamente reformado, será la Cámara de representación territorial (conforme a lo establecido en el artículo 69.1 de la Constitución) y en el Senado podrán tener asiento todos los partidos, tanto los de ámbito nacional (con votantes en todas las zonas de España) como los partidos sólo implantados en una Comunidad Autónoma. Y no hay obstáculo para que en ese Senado reconstruido se utilicen los idiomas de la pluralidad lingüística española. Situación diferente ha de registrarse en el Congreso de los Diputados. Tomando el modelo alemán, y estableciendo una barrera de porcentaje mínimo para participar en el reparto de los escaños, sólo los grandes partidos, con votantes en todos los territorios, estarán presentes en el Congreso. No se discriminan los ciudadanos de las Comunidades Autónomas con partidos propios, de dimensiones geográficas limitadas. Pueden ir al Senado, con protagonismo en el mismo. Simplemente con la barrera del porcentaje mínimo se facilita la gobernabilidad de los españoles. A los 27 años de vida constitucional, hay que procurar sentirse optimista ante el futuro inmediato. No volveremos a ser súbditos. No seguiremos siempre la ruta de la democracia claudicante. Los cesarismos, ideológicos o empíricos, deben exportarse al otro lado de los mares.