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68 SÁBADO 3 12 2005 ABC FIRMAS EN ABC complejos, porque ya se sabe que cuando las cosas se complican en el ámbito de la ciencia siempre nos quedan las humanidades. En todo caso, la crisis de las humanidades siempre vienen inducidas por quienes más la necesitan. Cuanto más se insista en su prescindibilidad, más se puede constatar su dependencia generalizada. Como apuntaba al principio, conviene no olvidarse de que con las ciencias de la naturaleza se reducen las posibilidades de deliberación; las posibilidades que tenemos de decir algo de algo; las posibilidades de formular cuestiones al margen del acatamiento científico. El proceder científico entiende el conocimiento como dominación de un objeto pero el auténtico saber, que representan las humanidades, pretende, por el contrario, familiarizarse con él, participar en su sentido. Las humanidades son conscientes de que, en algún sentido, la tecnociencia pone en peligro, de forma involuntaria, la libertad humana. Por todo ello, necesitamos a las humanidades para que nuestra vida transcurra sin dominación. Ni siquiera la proveniente de la ciencia. Nadie podrá negar que si bien la ciencia tiene una enorme potencia en el dominio de la naturaleza (no tanto en nuestra vida) también es cierto que, desde ella, se han sostenido (y, en algunos casos, se siguen sosteniendo) auténticas barbaridades que, sin pretenderlo, han recortado la libertad humana. En este sentido, pensar que el método científico proporciona visiones del mundo superiores a las que puedan eclosionar desde las humanidades y la filosofía es de una ridiculez insoportable. Pensar que un científico exhibe horizontes de sentido más elevados que los que pueda proporcionar un poeta o un filósofo es publicidad engañosa; con consecuencias desagradables para la formación de las personas. En este estado de la cuestión, a los estudiantes universitarios se les crea una enorme confusión y frustración, ya que después de hacer los deberes y hastiados de planteamientos rígidos y predeterminados, se encuentran con un desolador mercado de trabajo que, de forma generalizada, les ofrece subempleo, trabajo precario y salario misérrimo, y, lo que es peor, se saben desarmados intelectualmente. La universidad está para cosas mucho más importantes: dilucidar la vida, formular las grandes preguntas que ésta nos plantea, deliberar sobre los cambios sociales, formar la conciencia de las próximas generaciones, etc. Defender las humanidades es defender la universidad, es conservar un ámbito del saber que sea una auténtica compensación de la falta de rigor que encontramos en la vida cotidiana. Sólo podemos confiar, finalmente, que el ocaso de las humanidades, en un sentido clásico, no consista sólo en una fase declinante de la humanidad y en prepararnos para una humanidad inferior, y que, por lo menos, se pueda manifestar el otro sentido del ocaso: el del resplandor difuso que es el que se observa antes de la salida del sol y después del ocaso. Así sea. J. C. COUCEIRO- BUENO CATEDRÁTICO DE FILOSOFÍA DE LA UNIVERSIDAD DE LA CORUÑA HUMANIDADES O HUMANIDAD INFERIOR Pensar que un científico exhibe horizontes de sentido más elevados que los que pueda proporcionar un poeta o un filósofo es publicidad engañosa... AY que congratularse por la decisión ministerial de mantener la titulación de humanidades, después de que las comisiones ad hoc hubieran propuesto su supresión. No cabe duda de que, con la supresión de humanidades, estaría garantizada la eliminación de una idea de universidad que además representa ¡casi nada! la universidad histórica y fundacional. De este modo la universidad perdería relevancia e influencia y se asentaría en la monodia, siempre a favor del capital privado, de las llamadas investigaciones tecnocientíficas. Sin olvidarnos que la carencia de las humanidades, siempre supone prescindir voluntariamente de espacios de libertad y deliberación. Liberar a los estudios científicos de las humanidades incrementaría su falta de responsabilidad. Este tipo de debates, no cabe duda, son congruentes con los tiempos que nos ha tocado vivir: se trata de forzar la mirada hacia el ámbito de la metodología científica y, como consecuencia de ello, exacerbar, aún más si cabe, lo que Será, pues, una educación superior en la que los estudiantes se verán incapacitados para comprender las concepciones del mundo más básicas, profundizando, por el contrario, en habilidades y destrezas que suponen una amplificación de pensamientos rudimentarios, mecánicos y, en algunos casos, ya intuidos, sin necesidad de probarlos (por obvios) por la inteligencia humanística. Todo esto, claro, en connivencia con unos medios de comunicación que, por su parte, se dedican a desparramar minimalismo ontológico y banalización supina del mundo de la vida. Habrá que prepararse, pues, para vivir un auténtico eclipse de la reflexión crítica y de la posibilidad de imaginar, incluso, cualquier otro mundo Por mucho que vocifere el diletantismo, la universidad debe ser ante todo un lugar de reflexión y, luego, todo lo demás. Afirmo esto en el supuesto de que la universidad pretenda ir delante (en el ámbito teórico) de la sociedad y no compitiendo, en clara desigualdad presupuestaria, con ella. Con todo, hay que aseverar que el supuesto ocaso de las humanidades sólo acontece en el ámbito universitario, ya que éstas, dentro o fuera de la universidad van a seguir tratando de responder a las preguntas que la ciencia es incapaz de formular y a resolver problemas H el hombre tiene de máquina (que no es nada desdeñable) y, en consecuencia, de prescindir voluntariamente de la memoria y de la historicidad de la experiencia. La ciencia es lo que se quiera que sea, pero supone siempre la supresión del saber por su estructura monologal. No hay que alarmarse con esta afirmación: considero, sencillamente, que es necesario, para entender el presente debate, que alguien afirme que la ciencia no es un saber sino un conocimiento, Al margen de que la titulación de humanidades se mantenga o no, se propende, de forma imparable, hacia una enseñanza universitaria monolítica, en la cual las disputationes, los debates, las polémicas, la pluralidad de juicios se irán irremisiblemente recortando. Vamos sin demora hacia una universidad que, por su carácter preferentemente metodológico, mutilará las posibilidades de reflexionar sobre lo que se oculta tras las explicaciones y los procedimientos, ya que éstos se presentan como los únicos posibles. CARLOS MURCIANO ESCRITOR MAGNIFICAT E N el último número de Alfa y Omega (24. XI. 05) semanario que cada jueves acompaña a este periódico, se inserta, con idéntico título al que utilizo, un supuesto poema inédito de Karol Wojtyla Según se nos informa, este poema ha sido presentado en exclusiva mundial por su traductor (se omite su nombre, pero entiendo se trata de B. Petrowski) durante el Congreso Católicos y Vida Pública La página donde la noticia y el poema se reproducen, se completa con la portada del libro titulado Magnificat (Himno) que edita la Cátedra Juan Pablo II, de la Fundación Universitaria San Pablo- CEU, y que está distribuido en España por GESEDI. Pero el Magnificat hace ya muchos años que dejó de ser inédito. Poema de su primera juventud, fue ya recogido en el libro Salterio renacentista publicado por la Editorial Bialy Kruk, de Cracovia, primera recopilación de sus versos escritos entre 1938 y 1939 (Wojtyla había nacido el 18 de mayo de 1920) ilustrado con imágenes del fotógrafo Adam Bujak, condición que él puso a los editores para que estos versos se difundieran. Elegido Papa en 1978, Juan Pablo II anunció para 1982 su primera visita a España, motivo que aprovechó la Biblioteca de Autores Cristianos para rendirle el homenaje de los poetas católicos españoles, encargando a un grupo de ellos la traducción a nuestra lengua de varias de sus obras, que le fueron ofrecidas en un volumen titulado sencillamente Poesías y que vio la luz el 28 de enero de 1982. Esos poetas fueron Ernestina de Champourcin, Eulalia Galvarriato, Lorenzo Gomis, Jorge Blajot, Antonio Castro, Bartolomé Mostaza, José Antonio Muñoz Rojas y quien esto escribe. (A mi cargo estuvo el poema en cuatro cantos titulado Vigilia Pascual 1966 El volumen de la BAC se abría precisamente con el Magnificat traducido por Bartolomé Mostaza, poema que posteriormente ha tenido otras versiones. Por ejemplo, la de Eizbieta Bortkiewicz, cuyo fragmento inicial dio a conocer el diario El Mundo (10. VII. 99) junto a un interesante artículo de esta escritora, quien, entre otras cosas, decía del poeta Wojtyla que en sus poemas la palabra Amor adquiría el tamaño del universo, como un enorme corazón donde todo tuviese cabida A lo largo del Magnificat en el que Wojtyla se llama trovador eslavo no falta naturalmente esa palabra: ¡Libro de las nostalgias eslavas! Grita y canta con los resucitados el amor a la vida Mostaza tradujo el himno en versos alejandrinos, y lo comenzaba así: Glorifica, alma mía, la Majestad de Dios, Padre de la bondad y de la gran poesía Escribiendo en otro lugar de este poema, apuntaba yo cómo resultaba revelador que su autor hiciera derivar directamente de Dios la materia con la que operaba: la palabra, de la que se valía para sacar de su noúmeno, de lo que él llamaba la médula secreta lo más vivo de sí, lo más recóndito y auténtico: la poesía, Vaya, pues, la luz de lo profundo... y ponga su pie en mi orilla La luz de lo profundo podría ser una bella definición del misterio poético. De todas formas, y a un lado su no ineditez, bien está en las páginas del semanario católico este Magnificat juvenil y encendido, ejemplo de la poesía fervorosa de un muchacho al que, apenas un siglo después de hilvanar sus estrofas, veremos a buen seguro venerado en los altares.