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26 Internacional EL CONFLICTO PALESTINO- ISRAELÍ SÁBADO 3 12 2005 ABC Parada y fonda en Rafah, Teherán, Hebrón... J. C. HEBRÓN. Hebrón siempre está ocupada. Por cerca de 500 colonos judíos, protegidos por 1.200 soldados israelíes. Viven y les protegen cerca, sobre todo, de la Cueva de los Patriarcas (o mezquita de Ibrahim) allí donde en 1994 Baruj Goldstein descargó su M- 16 contra los fieles musulmanes matando a 29 antes de ser pasado a cuchillo. Rafah, hoy en el candelero. Israel acusa a los palestinos de no tomarse en serio las medidas de seguridad fronterizas. Hasta quince milicianos de Hamás habrían entrado en Gaza en una semana por ahí. La UE observa. Y EE. UU. está dispuesto a tomar cartas en el asunto. Teherán, en el punto de mira. Las amenazas nucleares iraníes son recordadas a diario en Tel Aviv. Ariel Sharón lo hizo el jueves. Ayer, para calentar motores, Israel probó con éxito el misil anti- misiles Arrow (Flecha) por lo que pueda venir. Hebrón, Rafah, Teherán... puntos calientes en el mapa de Oriente Próximo. Un niño palestino se enfrenta a un soldado israelí en un checkpoint que deben cruzar para ir a la escuela en Hebrón Centenares de niñas y niños palestinos, junto a sus profesores, desafían a los soldados israelíes en la ciudad de los Patriarcas por su derecho a recibir una educación digna Clases a punta de M- 16 TEXTO: JUAN CIERCO. CORRESPONSAL FOTO: AP HEBRÓN (CISJORDANIA) Saffiya quiere ser maestra de mayor pero cada mañana se levanta aterrada ante la idea de ir a la escuela. Pese a contar con sólo 9 años de edad, sabe de sobra lo que pasa en su ciudad natal, la misma que siempre ha visto ocupada por centenares de colonos judíos iluminados, racistas, ansiosos por apretar el gatillo, protegidos por más de 1.200 soldados israelíes y por un Gobierno, en este caso de Ariel Sharón, antes de Ehud Barak, Benjamín Netanyahu o Isaac Rabin, y un país entero, a los que no se les cae la cara de vergüenza por lo que a diario pasan y sufren Saffiya, sus hermanos, sus primos, sus amigos, los niños de Hebrón. El despertador suena a las 6 de la mañana en casa de Saffiya. Tiene tiempo suficiente para lavarse, vestirse, tomar sus copos de maíz preferidos en un gran tazón de leche templada. Tiene tiempo pero prefiere no entretenerse. Siempre llega tarde a la escuela, cuando consigue llegar, pero nunca es por culpa suya. En un solo paseo, Saffiya ve con sus propios ojos, junto a dos de sus hermanas y dos primos, el núcleo duro del conflicto. Ese que casi nunca sale en los telediarios. Ese que ignoran los políticos y diplomáticos que organizan cumbres en Barcelona que salvan como sea para que luego no sirvan para nada. Saffiya utiliza como autobús escolar un asno viejo y gris, sin apenas pelo, que trota a cámara lenta por caminos de cabras. En el mejor de los casos, tarda casi una hora en llegar a clase cuando de ir en línea recta apenas superaría los 15 minutos. Antes iba directa pero entonces se topaba con grupos de colonos judíos, armados con piedras, barras de hierro, palos, perros de ataque (doberman) insultos y amenazas que les impedían el paso, les agredían y les humillaban. Lo intentaron en varias ocasiones, sin rendirse, a veces acompañados de sus hermanos mayores u otros familiares, hasta que un día Saffiya recibió un bastonazo en la cabeza y tuvo que ser ingresada en el hospital. Los soldados israelíes fueron informados puntualmente de los incidentes. Ni uno solo de los colonos fue detenido y los niños, de entre 6 y 12 años de edad, se subieron a lomos del burro. Aprender en un checkpoint Saffiya creía controlar el tortuoso camino, hacía tiempo que no se topaba ya con los colonos al no atravesar sus dominios pero este año ha tenido que salvar otro obstáculo: los controles de seguridad del Ejército desplegado en Hebrón para proteger a los colonos que maltratan a los niños palestinos. Ahora, los alumnos del colegio Ibrahim para niños, o de las escuelas para niñas, Quturba en éste estudia Saffiya, y Al Fayhaa son registrados a diario por los soldados israelíes apostados en los checkpoints que rodean estos barrios del fantasmagórico centro de la ciudad. Niños de 6, 7 u 8 años deben levantarse las camisas, quitarse los abrigos, (el frío se siente desde hace semanas en Hebrón) pasar por arcos detectores de Niños de 6, 7 y 8 años deben levantarse las camisas, pasar por arcos detectores de metales... Así uno a uno, hasta 800 metales, abrir sus mochilas, sus bolsas... Así uno a uno, hasta 800. Poco importa que el despertador suene a las 6, como en casa de Saffiya, casi todos llegan siempre tarde. Esta semana, sin embargo, los niños y las niñas, más valientes éstas que aquéllos, han dicho basta. Y sus profesores también. Tocadas con un pañuelo blanco, vestidas con sus chaquetones y sus guardapolvos, con sus mochilas al hombro, Saffiya y sus compañeras desafían a los soldados israelíes que las apuntan con sus M- 16 con el dedo, eso sí, lejos del gatillo. Se acercan hasta ellos, empujan las barreras de plástico que les cortan el paso. Se niegan a ser registradas y humilladas y deciden sentarse en corro ahí mismo, para sacar sus libros de texto y escuchar atentas las explicaciones de esa maestra en la que Saffiya se ve reflejada dentro de unos años. Aprender en un checkpoint sin encerado; ante los M- 16 de soldados que deberían mirarse en su interior antes de mirarlas a ellas y antes, sobre todo, de dispersarlas como hacen con gases lacrimógenos; con colonos racistas y violentos a la vuelta de la esquina; de uniforme, con la cabeza alta, la mirada orgullosa, el miedo disimulado... Esta es la realidad que se respira día sí y otro también en Cisjordania. Esta es la verdad que muy pocas veces asoma en cumbres pomposas, políticas, diplomáticas, que hay que salvar como sea para salvar la cara, no para ayudar a Saffiya a bajarse del burro, sortear sin problemas a colonos y soldados, no llegar tarde a clase y poder convertirse, con el tiempo, en esa maestra que siempre ha querido ser de mayor.