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ABC SÁBADO 3 12 2005 Opinión 5 MEDITACIONES CORRILLOS IENTRAS Felipe González larga de cena en cena, hay ministros que a escondidas cuentan que lo de Montilla es un problema que puede pasarles factura. Algunos creen ver la sombra de Maragall y hablan abiertamente de venganza. Entre tanto, los más arriesgados se atreven a criticar que a los de ERC se les dé rienda suelta para deshacer a sus anchas, porque cada vez que se ponen la careta el PP se frota las manos Lentamente, el Gabinete se despereza de ese letargo, obligado tras el último toque de corneta estatutario, y se va soltando la lengua, aunque primero miran de reojo por si las moscas y comprueban que están cerrados los micros. Lo último, claro está, ha sido lo del helicóptero y la metedura de pata de Borrell. No es que hayan vuelto a nacer, es que, desde hace meses, parece que han nacido de pie comentan. MARCO AURELIO M LEER Y PENSAR LA PANADERA DE CHARLEROI LOS JUDIOS Y ALEMANIA DE ENZO TRAVERSO Pre- textos Madrid, 2005 236 páginas 18 euros Las raíces judías de Europa Ahora que tanto se habla de rescatar las raíces de Europa habría que señalar que no podrían entenderse las mismas sin el judaísmo. De hecho, la brillantez de este ensayo de Enzo Traverso constituye un paradigma analítico sobre cómo el judaísmo ha modelado de arriba abajo los resortes e iconos de una de las culturas más poderosas y esencialmente identitarias que ha generado nuestro continente: esa especie de cosmovisión mestiza y heterodoxa que los germanistas ubican en la llamada Mitteleuropa y que abarcaría todos los significantes culturales que tan bien radiografió Claudio Magris en El Danubio Conforme a una inteligente tipología operativa que articula alrededor de las figuras ideales del judío moderno europeo- -el paria a la manera de Roth, Canetti o Celan y el parvenu a la manera de Hofmannstahl, Warburg o Rathenau- Traverso nos brinda una galería cultural que recorre reticularmente todo nuestro continente desde su corazón germánico hasta sus confines trasatlánticos y trasmediterráneos. Y es que gracias al judaísmo, la fragmentaria memoria de Alemania, Europa e, incluso, Occidente ha logrado enhebrarse como una unidad coherente en los dos últimos siglos. JOSÉ MARÍA LASALLE URIEL Degauque trabajaba como dependienta en una panadería de Charleroi, al sur de Bruselas. Podemos imaginar su vida frugal y rutinaria: madrugaría para despachar el pan recién salido del horno; seguramente conocería por su nombre de pila a los clientes más asiduos del establecimiento, con los que mantendría conversaciones triviales y siempre repetidas; tal vez alguno, en un acceso de temeridad o galantería, se habría atrevido a piropearla, confundiendo ese clima de tibio bienestar que se respira en las panaderías con una premonición del enamoramiento. En los retratos que han divulgado su rostro, después de que Muriel accediera a una fama repentina y póstuma, descubrimos a una muchacha que podría haber sido hermosa: la línea apretada de la mandíbula, los labios delatores de una tristeza que se confunde con el desdén, los ojos huidizos y como JUAN MANUEL emboscados detrás de un mechón de DE PRADA cabellos quizá actuasen disuasoriamente sobre sus ocasionales pretendientes, que tomarían por arrogancia lo que no era sino un resabio de timidez. Esa timidez se iría entreverando de un difuso rencor a medida que se sucedían los años y su horizonte de soledad se hacía más cierto; al regresar a casa al final de cada jornada, el crepúsculo pesaba sobre sus espaldas como un fardo de vejez presentida. Muriel no tenía amigos, no tenía afectos, quizá tampoco tuviese Dios; por las noches, antes de dormirse, escuchaba la lenta carcoma del hastío, la música aflictiva y siempre igual que llenaba sus días. De ese vacío devorador la rescató un emigrado turco que la haría su esposa, iniciándola en la religión islámica. Aunque el matrimonio no tardaría en naufragar, Muriel había encontrado al fin la luz que alumbraría sus noches insomnes. La fe recién adquirida le permitió disgregar su conciencia extraviada en una conciencia superior que le susurraba atroci- M dades sin cuento: aquel difuso rencor que Muriel había albergado en su juventud marchita contra el mundo empezó a adquirir contornos más nítidos y delirantes. Para completar su metamorfosis, Muriel se casó en segundas nupcias con Issam, un marroquí envenenado por el fanatismo que la llevó consigo a Marruecos, en un viaje al corazón de las tinieblas que descubriría a Muriel la oscuridad que anegaba su propio corazón. Un día cualquiera, la antigua panadera de Charleroi rompió los vínculos triviales que aún la unían con su familia; para que nada distrajese ni mitigase la pureza del horror que había decidido abrazar, decidió esconderse detrás de un burka: sólo los ojos, ya nunca más huidizos sino fijos en la contemplación de una quimera, permitían vislumbrar los pasadizos de secreta locura en los que se había internado. Issam, que había asistido alborozado a su transformación, le propuso entonces inmolarse en Irak, para que pudiese asomarse al jardín del Paraíso, con valles regados por manantiales de leche, miel y vino que no emborracha, donde crecen árboles sin espinas que dispensan una sombra generosa y cuyas ramas se inclinan hasta el suelo para que los bienaventurados, que reposan sobre lechos bordados de oro, puedan arrancar sus frutos sin esfuerzo. Muriel inició su peregrinaje hasta Bagdad, a través de riscos y pedregales que sólo habían hollado antes los escorpiones y las cabras. En la capital iraquí, como le había anticipado su amantísimo Issam, la aguardaban unos hombres de mirada gélida con instrucciones muy precisas. En el día de su inmolación, Muriel madrugó, como hacía antaño en Charleroi, rezó sus oraciones y se forró el cuerpo de explosivos, antes de conducir un automóvil hasta el centro de Bagdad. Una décima de segundo antes de embestir contra el convoy militar americano y hacer detonar los explosivos creyó oler el aroma matinal y nutritivo del pan recién salido del horno; tal vez confundiese ese clima de tibio bienestar que se respira en las panaderías con una premonición del Paraíso.