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54 Cultura EL CERVANTES PREMIA A SERGIO PITOL VIERNES 2 12 2005 ABC VERSIÓN MEXICANA DEL JUDÍO ERRANTE JORGE VOLPI ergio Pitol es, sin duda, una de esas figuras mayores que aparecen de vez en cuando, casi milagrosamente, en la literatura mexicana. A través de los años, Pitol ha sido capaz de sortear los innumerables obstáculos, internos y externos, que se le presentan a un escritor hasta convertirse no sólo en el mayor sobreviviente de su generación, sino en uno de los pocos narradores y ensayistas indispensables de la literatura en el fin de siglo. Después de varios años de permanecer como un escritor secreto, en buena medida por su alejamiento físico de México, pero asimismo por la distancia que su obra marcaba respecto a la de sus contemporáneos, por fin ha obtenido algo mucho más importante que el reconocimiento de la crítica: cientos, miles de lectores que ahora for- S man una comunidad, una cofradía que se multiplica a diario, y para la cual sus cuentos, novelas y ensayos no sólo son una inagotable fuente de placer, sino un mapa del vasto universo de sus obsesiones, una guía por los infinitos territorios del arte. No es casual, pues, que su obra mayor- -o al menos aquélla que mejor condensa sus preocupaciones literarias y vitales- -se titule justamente El arte de la fuga La cita de Bach no se limita a invocar los delicados mecanismos formales que Pitol ha empleado en su trabajo, las cuidadosas filigranas contrapuntísticas de sus novelas o la claridad armónica de sus ensayos, sino que también hace ineluctable y burlona referencia a su particular modo de encarar la creación y la vida literaria: a esa fuga que lo ha llevado a recorrer territorios inexplorados, a alejarse de la modas y las manías, a explorar, por su cuenta, los poblados abismos de la tradición literaria. A partir de 1953, Pitol se convierte en la versión mexicana del judío errante: pierde una ciudad tras otra: La Habana y Caracas; Nueva York, Londres y Roma. Luego vienen los años de exotismo: Pekín, Varsovia, Belgrado. Apenas se detiene, y su particular odisea continúa por Barcelona, Bristol, de nuevo Varsovia, París, Estambul, Moscú y Praga, hasta que al fin regresa a México en 1988. Durante años utilicé los escenarios por donde fui desfilando como un telón de fondo frente al cual mis personajes confrontan con otros valores lo que son o, más bien, lo que imaginan ser. El exotismo de pacotilla que los rodea apenas cuenta; lo importante es el dilema moral que se plantean, el juicio de valor que deben emitir una vez que se encuentran desasidos de todos sus apoyos tradicionales, de sus hábitos, de las coartadas con que durante años han pretendido adormecer su conciencia escribe él mismo. La manida y ya obsoleta disputa entre la literatura de corte nacionalista y aquella que apuesta por los valores universales, tan típica de la primera mitad del siglo en México, carece de sustento en la obra de Pitol. Sus novelas de madurez se desarrollan, casi sin excepciones, en medios que combinan el exotismo europeo- -Venecia, Estambul, Praga- -con los escenarios locales- -Jalapa, las colonias Roma o Juárez- sin que prime un valor estrictamente realista para ninguna de ellas. Aunque el eco de las acuciosas descripciones decimonónicas pueda ser advertido en toda su obra- -se trata de uno de los mejores lectores del costumbrismo del siglo pasado- su interés no radica en la captura fotográfica de semejantes contextos, sino, en sus propias palabras, en su reconvención en escenarios casi teatrales, en decorados que resaltan la soledad- -y el miedo, la estupidez o la vanidad- -de sus protagonistas. En efecto, sólo una gran construcción de fondo alcanzará el papel de personaje cen- El escritor galardonado, en una imagen de archivo SIGEFREDO Ensayo, ficción, memorias: las barreras genéricas desaparecen, dando vida a textos únicos, capaces de entreverar experiencia, reflexión y narración tral en su obra narrativa, el edificio de la Plaza Río de Janeiro que habitó el propio Pitol y que se convertirá en el centro de la acción de su mejor novela, El desfile del amor (1984) A partir del éxito de este momento, Pitol abandona cualquier estrechez dogmática y se deja habitar por las voces de sus personajes. Como ocurría con sus experiencias personales o con los escenarios exóticos de sus cuentos y novelas, acaso tengan una vaga conexión con las personas de carne y hueso, con conversaciones escuchadas o presentidas, pero lo cierto es que poco a poco se convierten en piezas maestras del arte de la actuación. En Domar a la divina garza (1988) y La vida conyugal (1991) este procedimiento es llevado a su límite: son, ante todo, recopilaciones- -no: reinvenciones- de los peores elementos de lo humano. No obstante, es el último Pitol- -el de El arte de la fuga El viaje (2001) y El mago de Viena (2005) -quien, superando cualquier expectativa, le ha dado un nuevo aliento a la literatura escrita en nuestro idioma. Ensayo, ficción, memorias: las barreras genéricas desaparecen, dando vida a textos únicos, capaces de entreverar experiencia, reflexión y narración en un todo homogéneo, vivo, palpitante. No concibo a un novelista que no utilice elementos de su experiencia personal, una visión, un recuerdo proveniente de la infancia o del pasado inmediato, un tono de voz capturado en alguna reunión, un gesto furtivo vislumbrado al azar, para luego incorporarlo a uno o varios personajes. El narrador hurga más y más en su vida a medida que su novela avanza. No se trata de un ejercicio meramente autobiográfico; novelar a secas la propia vida resulta, en la mayoría de los casos, una vulgaridad, una carencia de imaginación. Se trata de otro asunto: un observar sin tregua los propios reflejos para poder realizar una prótesis múltiple en el interior del relato dice él mismo. Este nuevo tríptico constituye, sin duda, uno de los hitos de la prosa en nuestro idioma y convierte a Sergio Pitol en heredero natural de la estirpe de Cervantes.