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ABC MIÉRCOLES 30 11 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC TOLERANCIA, CERO POR EDUARDO SAN MARTÍN DIRECTOR ADJUNTO DE ABC Es en ese escenario en el que hacen fortuna los apóstoles del ruido y del despropósito, para regocijo de los feligreses que se apuntan a esos bombardeos como si en ellos les fueran la vida y la hacienda, cuando la vida no le va a nadie, y la hacienda, sólo a los primeros... O parecen éstos buenos tiempos para alistarse en las filas de la moderación. La tolerancia es asimilada al eclecticismo; la prudencia es tildada de tibieza. El sambenito de la equidistancia amenaza a todos aquellos que defienden un criterio propio para cada caso concreto; a quienes se resisten a poner su firma, sin previo escrutinio y sin consideraciones más elaboradas, al pie de la minuta de apriorismos que una eventual facción en conflicto fabrica de antemano para dar respuesta al adversario sea cual sea la conducta que se trate de juzgar. Corren tiempos en los que, por desgracia, el peor pecado no reside en la acusación sin fundamento, o en violentar determinados límites morales en el enjuiciamiento de las conductas ajenas. No. Lo que no admite perdón de ninguna clase es abstenerse de tomar partido siempre y en toda circunstancia, de saltar intempestivamente a la palestra cuando ninguna de las opiniones en contienda satisface los términos de la propia. Tampoco admite la menor indulgencia adscribirse a una conclusión determinada siguiendo una línea propia de razonamiento, o utilizando argumentos no suficientemente despiadados con el adversario. La contención en el juicio, si es que en algún momento nos creemos en la obligación de sumar nuestra opinión a otras en disputa, será tenida por indecisión, cuando no por cobardía. El alineamiento claro y sin reservas; el anatema vocinglero y percutor. Eso es lo que cuenta. Tolerancia, cero. Así, con coma. N con las que se adornan a diario sus referentes políticos. Las palabras, ya se sabe, las carga el diablo. Es en ese escenario en el que hacen fortuna los apóstoles del ruido, los predicadores de la hipérbole y el despropósito, para regocijo de los feligreses que se apuntan a esos bombardeos como si en ellos les fueran la vida y la hacienda, cuando la vida no le va a nadie, y la hacienda, sólo a los primeros. Las teorías conspirativas prosperan frente a explicaciones más articuladas y menos complejas de las conductas humanas. Cuanto más increíble sea el disparate más adeptos encontrará entre aquellos que no oponen ninguna resistencia a dejarse convencer con tal de que la desmesura de cada día encaje en el cuadro desenfocado de la realidad que les han ido construyendo, pieza a pieza, sus estrellas mediáticas, culturales o políticas. En ocasiones, decía Flaubert, las palabras suenan como cascado caldero, a cuyos sones se hace bailar osos cuando se pretende conmover a las estrellas Eliminemos la mención a los osos para evitar suspicacias y quedémonos con el resto. Ese es, te confían en privado muchos de sus actores, el lenguaje de los escenarios públicos. Conviene utilizar términos provocadores, y decirlos en voz muy alta, para captar la atención de aquellos que están situados incluso en las últimas filas de la platea. Nos encontraríamos así ante lo que no significaría más que una necesaria dimensión histriónica del debate político. Y lo sostienen como si se tratara de una atenuante. Como si los miles de feligreses que comulgan todos los días con las ruedas de molino que se lanzan unos contra otros no reprodujeran en su esfera privada muchos de esos excesos argumentativos, a riesgo de posibles escisiones personales. Como si los goyescos garrotazos que se propinan recíprocamente con el cuerpo sepultado hasta la cintura en las arenas movedizas de sus propias debilidades no fueran observados por los espectadores incautos como la manifestación de una incompatibilidad radical que aplican después a la formulación de sus juicios políticos, y que les instala en la descalificación inconsiderada y acrítica del adversario, preludio de otras conductas que, si tuvieran algo que ver con el mundo de la representación, estarían más cerca de la tragedia que de cualquier otro de sus géneros. Quienes en estas fechas han dejado de comprar cava catalán porque ven independentistas abominables en cada honrado botiguer, o quienes adivinan una casulla, o una camisa parda o azul, detrás de cada manifestante contra el Gobierno, se han tomado muy serio las diatribas Hay una referencia imprescindible para los tiempos que corren en el caudaloso discurso vertido por don Manuel Azaña en las Cortes, el 27 de mayo de 1932, en defensa del Estatuto Catalán, una sobresaliente pieza de oratoria parlamentaria que contrasta vivamente con el parloteo hueco que de ordinario se escucha en nuestros días desde esos mismos escaños; una intervención cuyos términos han sido reseñados en al menos dos producciones bibliográficas recientes y cuya actualidad ha sido glosada ya en esta misma tribuna por otros autores. Se trata de una reflexión cuya vigencia, curiosamente, no tiene que ver tanto, que también, con la materia misma de aquella sesión- -un debate sobre el autogobierno de Cataluña tan crispado como el que nos ocupa desde hace meses- y sí mucho más con las puñaladas verbales que, por lo leído, abundaban también en aquellos días en los que empezaban a esparcirse las simientes de los vientos que después devendrían en terrible tempestad. La de la intolerancia entre ellas, y de manera muy principal. Aseguraba el entonces presidente del Consejo de Ministros: El mejor modo de conocer la valía moral de una persona es saber a qué móvil atribuye las acciones ajenas. Antes se decía: Vil sea el que por vil se tenga Yo digo: vil sea quien atribuye a los demás vileza Más de setenta años después de pronunciadas aquellas palabras certeras, Azaña habría podido certificar hoy la contumaz perseverancia con la que muchos de nuestros representantes políticos, y sus acólitos, se aplican a atribuir vilezas a sus adversarios en una práctica que constituye casi el único recurso con el que ocultan la patética desnudez del discurso propio. Como recuerda José María Ridao en el prólogo de Dos visiones de España, el presidente del Consejo vivió en aquella jornada una de las apoteosis parlamentarias más sonadas de su carrera política, pero esa misma noche, en diálogo consigo mismo y lejos del estruendo de los aplausos, el intelectual doblado de político consignaría con amargura en la intimidad de sus Diarios: Nunca me he visto tan lejos de todo. Ni tan aislado, como una roca en medio de un mar muy bravo Tal vez la vileza de quienes a los demás atribuyen vilezas le devolvía en el espejo que hay en el fondo de la sala donde trabajo la imagen de aquello en lo que habría de convertirse España en apenas cuatro años. En estos días en los que algunos siguen empeñados en no sellar con siete llaves el sepulcro de El Cid, y en los que otros se apresuran a reabrir tumbas más recientes, pero también tan lejanas, los muchos españoles que abominan del maniqueísmo y de los reduccionismos empobrecedores deberían apresurarse a desenterrar la memoria de otros patriotas que no consintieron en sumarse a una de esas dos Españas que muere de la otra media y que, por lo mismo, resultaron casi siempre aplastados por una de las dos, o por ambas a la vez. España, como está descubriendo la historiografía contemporánea, nunca fue la anomalía europea que muchos, empezando por nosotros mismos, se han empeñado en ver durante siglos. La tradición ilustrada que fue capaz de alumbrar la nación española moderna en los albores del XIX nunca se interrumpió del todo, ni siquiera en medio de la más dolorosa de las tragedias. Urge, pues, convocar a sus herederos, los librepensadores y tolerantes de todos los partidos para detener una carrera que, en el mejor de los casos, nos tiene distraídos de las muchas y atractivas tareas que aguardan a una nación que ha logrado situarse en los primeros puestos de Europa y que alberga un potencial de desarrollo muy alentador en un entorno dominado por la parálisis y el desencanto.