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ABC MARTES 29 11 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC DE CUMBRES Y ALIANZAS POR GUSTAVO DE ARÍSTEGUI DIPLOMÁTICO Y DIPUTADO DEL PP Es de exigir a la Unión Europea que clarifique la compatibilidad de la nueva política de vecindad con el Proceso de Barcelona, que no se solapen iniciativas, que no se dupliquen esfuerzos y, sobre todo, que no vayan a ser mutuamente excluyentes... N este mes de noviembre se cumplían diez años desde el establecimiento del Proceso de Barcelona, las políticas euromediterráneas de la Unión Europea que vieron la luz bajo presidencia española en 1995. Por aquel entonces el optimismo de los incipientes resultados de los Acuerdos de Oslo, el balbuceante Proceso de Paz iniciado con la Conferencia de Madrid de octubre de 1991, no lo había podido apagar el asesinato de Isaac Rabin, pues sus gravísimas consecuencias no se habían ni tan siquiera atisbado. La iniciativa era ambiciosa, sin duda necesaria, una de las formas más eficaces e intensas de demostrar a nuestros vecinos del Sur que sus vecinos europeos estaban dispuestos a abordar los muchos y profundos problemas a los que se enfrentaba la región, desde un punto de vista multidimensional y multidisciplinar. Por aquel entonces las diferencias de renta entre la Europa Mediterránea y el Magreb y Oriente Medio oscilaban entre ratios de diez a uno, llegando incluso a quince a uno. Es decir, la mayor diferencia de renta entre regiones fronterizas del mundo entero, si se exceptúa el paralelo 38, que divide a las dos Coreas, que no son estrictu sensu una frontera regional. Estas diferencias se han acentuado, el abismo de renta se ha profundizado y en algunos casos ha subido hasta veinte a uno, o incluso veinticinco a uno. Esta es una realidad a todas luces insostenible. Pero no sólo era una iniciativa de carácter económico, tenía también aspectos sociales, culturales, institucionales, de democratización y respeto a los derechos humanos, y también de seguridad y cooperación en la lucha contra el crimen organizado. E propios de una reacción frente a insulto o agresión que frente a un proceso que, sin duda, ha demostrado ser perfectible, pues algunos de los estados del centro, el este y el norte de Europa no han acabado de entender la enorme importancia que para la estabilidad de la región puede llegar a tener el Proceso. Sin embargo, el estímulo económico y de cooperación que el Proceso de Barcelona ha definido para impulsar las reformas democráticas ha sido criticado por nuestros vecinos como insuficiente. Es indispensable que se entienda que el proceso es a medio y largo plazo y que, con todos sus defectos, sigue siendo necesario. Sin embargo, es de exigir a la Unión Europea que clarifique la compatibilidad de la nueva política de vecindad con el Proceso de Barcelona, que no se solapen iniciativas, que no se dupliquen esfuerzos y, sobre todo, que no vayan a ser mutuamente excluyentes. se pueda colar el terror, o margen de maniobra que genere comodidad y capacidad operativa al terrorismo. Entre 1995 y la Cumbre de Valencia de 2002 no se produjeron avances significativos en el proceso, sin duda influidos negativamente por el fracaso en el Proceso de Paz de Oriente Próximo y el efecto de contaminación que éste lamentablemente ha ejercido sobre el Proceso de Barcelona. Los aspectos económicos, financieros, comerciales y de cooperación han eclipsado otros tan importantes o más que éstos, a saber: el desarrollo de la democracia, el respeto a los derechos humanos y los aspectos culturales. Buena parte de la intelectualidad y de los analistas del otro lado del Mediterráneo consideran, a mi juicio injustamente, que Europa se ha convertido en el gendarme de Estados Unidos en la lucha contra el terrorismo y que se ha centrado, casi exclusivamente, en los ámbitos de seguridad y de inmigración. Recientemente tuve ocasión de intervenir en un debate en el que algunos intelectuales árabes laicos participaron y me sorprendió su virulencia crítica en contra del Proceso de Barcelona, y el empleo de argumentos que, en ocasiones, parecían más Frente a todas estas incertidumbres y los profundos problemas derivados de la difícil situación que atraviesa la región, hay que preguntarse qué grado de responsabilidad tiene la inoperante política exterior del actual Gobierno socialista, anfitrión de la Cumbre de Barcelona, en la falta de resultados concretos que, lamentablemente, se vislumbra en este horizonte. Algunos jefes de estado de países árabes no han acudido, con excusas diplomáticas habitualmente empleadas, que han contribuido a deslucir el resultado de la Cumbre. El imprudente desliz a micrófono abierto del presidente del Gobierno y de su director del Departamento de Internacional de La Moncloa ponen de manifiesto, de manera preocupante, la improvisación con la que se han preparado las cuestiones de fondo de esta Cumbre. El anfitrión tiene una labor fundamental, la de facilitar el encuentro entre los participantes y servir de catalizador a resultados positivos. A la hora de cerrar estas líneas ninguna de las dos condiciones parece haberse cumplido. Pues para un país que, como el nuestro, ha sufrido durante décadas el zarpazo del terror, parece meridianamente claro que no se puede poner en duda la oposición de algunos de los países participantes a la excepción que la República Arabe Siria y alguna otra delegación deseaban imponer respecto del terrorismo, calificado al efecto derecho a la legítima resistencia. Siempre hay una excusa o pretexto que convenientemente adornado, aderezado o retorcido puede servir de justificación a la barbarie. Y la única forma de conseguir resultados eficaces en la lucha contra esta lacra globalizada es que, desde el más escrupuloso respeto a los derechos y libertades fundamentales, y con la ley en la mano, no haya resquicios por los que Pero esta no ha sido la única noticia del fin de semana. Se ha reunido por primera vez el grupo de alto nivel de la Alianza de Civilizaciones. Tradicionalmente las alianzas se construían sobre las siguientes bases: primero, coincidencia en enemigos, lo que en gran medida puede ser cierto; sin embargo no en todos los casos, no seamos ingenuos. Coincidencia de intereses: aquí me resulta difícil creer que incluso este Gobierno tenga identidad e intereses con algunos de sus potenciales aliados. Y tercero, sobre identidad de principios y valores. Es aquí justamente donde la Alianza de Civilizaciones hace aguas, pues para quienes consideramos que los derechos humanos, tal y como quedaron recogidos en la Declaración Universal de diciembre de 1948, son de validez universal e irrenunciables, esta Alianza de Civilizaciones, a mi juicio y el de no pocos analistas internacionales, los relega a la categoría de no universales y negociables, es decir, no irrenunciables. Algún gobernante recientemente elegido, como el presidente de la República Islámica de Irán, considera que la Declaración de 1948 es una agresión contra el islam. Entonces ¿la Alianza consistirá en sentarnos a negociar cuál de esos derechos y libertades fundamentales vamos a recortar para que resulten aceptables a ese u otros gobernantes? ¿No nos damos cuenta de que muchos de los que han aceptado, o simplemente declarado, que les parecía una iniciativa interesante lo que no quiere decir que la apoyen, están dando por equivalentes las expresiones diálogo de civilizaciones y o culturas, o diálogo interconfesional- -iniciativas ambas que llevan décadas desarrollándose- -con la Alianza de Civilizaciones? Se nos dice que la Alianza es un paso más respecto de intentos anteriores de construir puentes de diálogo entre Occidente y el islam, cuando en realidad no se trataba más que de una improvisada y frívola adenda al discurso del presidente del Gobierno en la Asamblea General de Naciones Unidas de septiembre de 2004. Ahora se hace un intento desesperado por dotar de contenido aquella improvisación, sin tener en cuenta las consecuencias potencialmente desestabilizadoras y deslegitimadoras de estos principios y valores universales en los que creemos todos los demócratas del mundo, con independencia de la cultura, religión, o si quieren civilización, a la que pertenezcamos. Lamentablemente, se cierra un episodio negro más de un largo rosario de errores y fracasos en política exterior que empiezan a ser preocupantemente interminables.