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ABC LUNES 28 11 2005 Espectáculos 57 CLÁSICA Concierto- homenaje Obras de Claudio Prieto. Int: Orquesta Filarmonía. Dir: Pascual Osa. Solista: D. Furnadjiev (violonchelo) Lugar: Auditorio Nacional. Fecha: 24- XI- 2005 CLAUDIO PRIETO, INQUIETUD COMPOSITIVA ANTONIO IGLESIAS a SGAE (Sociedad General de Autores y Editores) y su Fundación Autor se sumaron al homenaje que, con el contento de todos cuantos formamos nuestra sana filarmonía, acabamos de tributarle con el unánime aplauso ante su presencia y escucha de cuatro de sus obras, le rendimos a Claudio Prieto, uno de nuestros indiscutibles valores de la actual música española: desde las primeras notas del Adagio de la Frühbeck Symphonie de una alta estimación vertical o armónica, pasando a su Concerto de amor para violonchelo y orquesta llenando la primera parte del programa. Ya en la segunda, aplaudiríamos la narrativa, a guisa de poema sinfónico que no rehúye aromas populares, Peñas arriba y su Sinfonía 2 que, sólo L como botón de muestra, recordando su tercera sección final, desde un sentido religioso, organiza un crescendo con mano maestra, yendo a un final bucólico con apuntes de fanfarria y ágil punto final, magníficamente dictado por quien es un músico de los pies a la cabeza. En la parte interpretativa de este concierto en la sala grande del Auditoio destacó la bondad de la Orquesta Filarmonía en extremada conjunción con su batuta titular, Pascual Osa, notoriamente enterado de partituras harto complejas, capaz de trasladárnoslas con suma diafanidad y buenas maneras respecto a sus intenciones expresivas, debiendo destacar la gran valía del solista, Dimitar Furnadjiev, violonchelista que supo a la vez que entregarse a una labor concertante, brillar en los soli y en una tremenda cadenza capaz de totalizar la más completa de las técnicas del hermoso instrumento. Las palabras iniciales de Eduardo Bautista, presidente de la SGAE; las del homenajeado, y el caluroso aplauso del público, daban cálida respuesta al justísimo homenaje. TEATRO Yo, Satán Autor y adaptador: Antonio Álamo. Dirección: Álvaro Lavín. Escenografía: Elisa Sanz. Vestuario: Pepe Uría. Iluminación: Luis Perdiguero. Intérpretes: Alfonso Lara, Juan Fernández, Pako Sagarzazu, Ales Furundarena, Ildefonso Tamayo, Ramón Ibarra y Adolfo Fernández. Lugar: Teatro Bellas Artes. Madrid. LOS SÓTANOS DEL VATICANO JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN E Claudio Prieto es uno de nuestros indiscutibles valores de la actual música española l novelista y dramaturgo Antonio Álamo ha adaptado a la escena su novela Nata soy cuyo título leído a la inversa es el de esta obra de teatro e indica los derroteros diabólicos de la acción. Una pieza que inicialmente, según la nota que aparece en el programa de mano de la función, el autor pensaba desarrollar como thriller teológico y que terminó como mezcla de thriller cómico y opereta metafísica El argumento presenta a un exorcista español, el íntegro dominico fray Gaspar Olivares, autor de un exitoso tratado de demonología titulado precisamente Yo, Satán que es llamado a Roma por altos miembros de la Curia para que observe y analice el comportamiento del Papa, que alarma a las altas jerarquías eclesiásticas que lo rodean y les hace temer por el futuro de la Iglesia- la multinacional más antigua que existe sobre este planeta según definición de Leonard Boff recordada por Álamo- pues sospechan que el Pontífice- -cuyo perfil parece inspirado en el de Juan Pablo I- -pudiera estar influido por el Maligno. El humilde fraile, cuya sinceridad y sencillez le hacen ganarse la confianza del Papa, se zambulle en los sótanos del Vaticano, una zona oscura, nido de soberbias, intrigas, corruptelas y depravación, y se ve inmerso en una conspiración para aliviar al trono de san Pedro de su para algunos molesta carga. La trama se sigue con interés, pues el autor ha sabido graduar con buen pulso el suspense, el desparpajo irreverente y la carga de denuncia del abismo entre lo material y lo espiritual, y coloca además la clave- -igual que en el canónico cuento de Edgar Allan Poe La carta robada -a la vista, enunciada desde el principio mismo de la función. El tono elegido para el montaje es el de la sátira grotesca; así, todos los eclesiásticos que aparecen- -a excepción del Papa naif y descreido- -son torvos, ambiciosos, retorcidos y muy poderosos, una caterva de richelieus de mala ralea. En esa sostenida línea caricaturesca, en la que el inevitable tono anticlerical de fondo tal vez descompense la fluidez del texto, los actores construyen eficazmente sus personajes y se desarrolla la obra, bien dirigida e iluminada, y con una sencilla escenografía en la que la proyección de una ventana basta para cambiar de ámbito.