Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
6 Opinión LUNES 28 11 2005 ABC VADE MECUM TRIBUNA ABIERTA FEDERICO YSART CONSERVADORES U NAespecie de oligopolio de desinformación lo ha sentenciado: ¡a Roma! ¡que le den en Roma un dicasterio o algo parecido a ese ultraconservador de Cañizares que, ya ha tocado techo en la Conferencia Episcopal! Me estoy refiriendo, para que el lector me entienda, al Primado de España, el Arzobispo de Toledo don Antonio Cañizares, una de las cabezas más brillantes de la Iglesia católica, muy similar en su estructura teológica a la del PapaBenedicto XVI, con quien ha trabajado durante muchos años. Nada nuevo. La estrategia ya la conocemos: calificar de irreductible, carca, inquisidor o ultraconservador a quien se quiere desacreditar. Ya lo hicieron con el cardenal Ratzinger durante el pontificado de Juan Pablo II, aunque luego se tuvieran que tragar toda la bilis que sobre él habían vomitado. Un día, a pesar de los desinformadores, JORGE TRIAS nos dimos cuenta de que la SAGNIER altura intelectual y filosófica del cardenal podía medirse con uno de los ídolos del pensamiento laico, Habermas, dejando a propios- -es increíble lo permeables y estúpidos que somos- -y a extraños con cara de asombro. Y ahora, como Benedicto XVI goza ya de reconocimiento universal, hay que apuntar contra otros objetivos con menor protección y más a la intemperie. Pero somos muchos a los que nos gusta el aire libre. O sea que ¡cuidadito, vaticanistas ¿Por qué se odia desde el rancio- progresismo a la Iglesia Católica, especialmente cuando defiende lavida, la familia, la dignidad de lapersona o la igualdad entre los seres humanos? Hay una respuesta sencilla: la defensa de esos principios supone un compromiso difícil; y el modelo social del progresismo hijo del marxismoleninismo, supone relativizar la vida, banalizar la familia, orwellizar la persona y reducir al absurdo, como ya denunció hace doscientos años Tocqueville, el principio de igualdad. En una magistral conferencia pronunciada en el VII Congreso Católicos y Vida Pública, el profesor Neuhaus, editor de la revista First Things, afirmaba que la reconstrucción del orden secular sólo puede fundamentarse en preceptos procedentes de la tradición liberal. Existe un gran abismo- -dijo- -entre la tradición liberal y lo que hoy en día en Estados Unidos (como en Europa) llamamos liberalismo. Por ese motivo, a algunos de nosotros nos llaman conservadores Es decir, hoy, cuando alguien, desde lamala fe, califica a otro de ultraconservador, en realidad se refiere a aquellos que de forma constructiva intentan recuperar y revitalizar la tradición liberal. Caso práctico: Oponerse a la eutanasia es de ultraconservadores Matar a alguien porque otro considera que su enfermedad es irreversible es un crimen, sea legal o no, pues supone la liquidación de un inocente. Hace unos días The Wall Street Journal publicaba la información sobre un médico a quien no se desconectó del coma profundo en el que quedó, gracias al empeño de sus familiares, y hoy está plenamente repuesto. No conocemos casi nada acerca del poder de recuperación del cerebro afirma el doctor Stephan A. Mayer. A mí me parece terrible que haya ancianos que huyan de Holanda, no vaya a ser que al menor descuido de sus gastados cerebros se les aplique un golpe de eutanasia. Sinceramente, si un día me encontrase en esa situación irreversible, me gustaría ser atendido por monjitas ultraconservadoras. LA ESTUPIDEZ DEL MIEDO Frente a quienes ponen pegas a cómo se desarrolló la Transición y le regatean adjetivos como proceso modélico, para quizás avalar la reforma que pretenden, el autor les recuerda, personaje a personaje, las virtudes de unos años que asombraron al mundo A efeméride reciente de la Corona ha propiciado numerosas manifestaciones de quienes vivieron más o menos cercanamente aquellos sucesos. Más allá de las ponderaciones sobre el actuar del Rey, prudencia, olfato, valentía, don de gentes y alguna otra, muchos han subrayado la capacidad de consenso que aportaron los responsables sociales y políticos para llevar a puerto la vieja nave en estado de desguace. De aquel concierto de voluntades llegó la reconciliación, siete llaves sobre los sepulcros de una guerra civil, el perdón y el olvido también. Generosidad inteligente, en fin, para armonizar sentimientos, necesidades y gustos diversos de las gentes que querían vivir mejor; es decir, libres, en paz y con progreso. Lo propio del medio, Europa, y del tiempo, último cuarto del siglo XX, en que vivíamos. Alguna estupidez también se ha deslizado entre los juicios, como que la Constitución se hizo desde el miedo a los militares como albaceas del franquismo, por lo que no tiene sentido adjetivar de modélica a la Transición. La sandez no merecería comentario si no se viniera utilizando de premisa- palanca para desmantelar los cimientos de nuestra convivencia; que demasiado sólidos se han mostrado como para ser hijos del miedo. No veo muerto de miedo a un personaje como Josep Tarradellas, Esquerra Republicana, asomado al balcón del palacio de San Jorge y gritando Ja soc aquí Cuando unos meses antes, en su casa rodeada de viñas de St. Martin Le Beau, me leía las primeras palabras públicas, for- L males, que iba a enviar a toda Cataluña, no aprecié miedo alguno en el entonces último presidente de la Generalitat de la II República. Lo notable era su confianza en que todo saldría bien, aún antes de entrevistarse con Adolfo Suárez en La Moncloa. También el temor a que algunos integrantes de las plataformas multipartidistas catalanas no supieran estar a la altura de las circunstancias; unos por pedir la luna y otros por estar dispuestos a regalarla. No adiviné tampoco la sombra del miedo en veteranos líderes comunistas mitificados por la clandestinidad como Gregorio López Raimundo, siguiendo con catalanes, o Santiago Carrillo. Gentes de poca pose, prudentes, cargados de experiencias amargas porque el tiempo no había transcurrido como esperaron durante muchos años. Duros como el granito, acostumbrados a decidir por muchos y, ya mediada la década de los setenta, sin tener que rendir demasiadas cuentas a nadie. Gentes que comenzaron a ver, tan tardíamente como sus antípodas políticos, que nadie quería comerse a nadie. El Santiago Carrillo que admiraba los cuadros de ex presidentes colgados de los muros entelados del palacete del Paseo de la Castellana madrileño mientras se trenzaban los pactos de La Moncloa tenía más vocación de constituir una democracia para todos que de cobrarse una pensión como víctima del franquismo. Confundir la inteligencia con el miedo sólo es posible desde la ignorancia... o desde el propio miedo. -Después del fin de semana, la tarea de todos los lunes: reanudar su crispación desde donde la dejaron.