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ABC LUNES 28 11 2005 Opinión 5 MEDITACIONES TONTERÍAS OR supuesto que los productos catalanes son productos españoles, y cualquier político que diga lo contrario está diciendo una tontería No lo dice Rajoy, ni Acebes, ni siquiera esos intelectuales autóctonos que han roto en unos españolazos de tomo y lomo según la doctrina políticomediática del régimen del Tinell. Quien lo asegura es el presidente de una principalísima patronal de Cataluña, y el sujeto enredado en la estulticia es el primer consejero de la Generalitat, Josep Bargalló. Así están las cosas, los empresarios recordándole a la mano derecha de Maragall que dos y dos son cuatro, que el sol sale por el Este, que de donde no hay no se puede sacar, que burro se escribe con be y que el cava catalán es español. Como Bargalló. Mala suerte, consejero, nadie es perfecto. MARCO AURELIO P LEER Y PENSAR DEPORTE Y DOPAJE HOMO GLOBALIS. EN BUSCA DEL BUEN GOBIERNO DE MANUEL ESCUDERO Espasa Madrid, 2005 359 páginas 19,90 euros Menudo invento La izquierda siempre ha ido a la caza y captura del sujeto del cambio. Al respecto, ha hecho gala de una fértil capacidad de imaginación: del proletariado a la no- clase de no- trabajadores al obrero- social a los sin esperanza extramuros del sistema y al conglomerado de ecologistas, pacifistas, feministas, antiglobalizadores y solidarios que nos guían al otro mundo posible que aguarda en la esquina. Manuel Escudero- -coordinador en su día del Programa 2000 del PSOE- -ha descubierto el penúltimo sujeto del cambio. Después de las manifestaciones del Prestige y la guerra de Irak, el autor ha encontrado el ciudadano global que impulsaría la política del buen gobierno Por ejemplo: reconstitución de la democracia representativa, convergencia socioeconómica planetaria, límites al poder de las grandes empresas, restricción del poder del Estado en la lucha contra el terrorismo, discriminación positiva de la mujer, regularización de ilegales con trabajo, sostenibilidad. ¿País Vasco? Una equidad procedimental que contemple la resolución a través de una consulta democrática que no excluya soluciones institucionales que vayan más allá de la Constitución española El autor llama a todo socialismo ciudadano Menudo invento. MIQUEL PORTA PERALES UEDO imaginarme el estado de ánimo de mis amigos bejaranos, después de que una prueba de laboratorio haya desposeído a Roberto Heras de los honores que alcanzó sobre la bicicleta. Béjar ha parido sucesivas generaciones de ciclistas acostumbrados a vivir cuesta arriba y a respirar el aire afilado de los riscos, endurecidos por el agua esbelta de su río, que dibuja con sus meandros la silueta de un gigante dormido. Béjar, donde el paisaje castellano se rebela contra los versos de Antonio Machado, es célebre por las camadas de ciclistas que enaltecen la memoria de los lugareños con un perfume de épica antigua. Los ciclistas bejaranos han encarnado como nadie las virtudes que el aficionado español aprecia: difuminados en la planicie, renqueantes en la lucha contra el cronómetro, sus piernas se transforman en látigos cuando la carretera se disfraza de acantilado. A esta estirpe JUAN MANUEL perteneció Lale Cubino, elegante coDE PRADA mo un junco, y también Roberto Heras, cuya carrera acaba de malograr, quizá para siempre, un análisis de orina. Me resisto a aceptar el veredicto de ese análisis. No tanto porque el método empleado para la detección de sustancias prohibidas, tan alambicado y confuso, coloque al ciclista en un territorio lindante con la indefensión; sino, sobre todo, porque es el resultado de una pantomima procesal, que convierte en culpable a quien no es sino víctima. Los burócratas de la Unión Ciclista Internacional juegan alevosamente a detectar fraudes aquí y allá, erigiendo a tal o cual ciclista en chivo expiatorio de un fraude muchísimo más vasto que se niegan a extirpar. ¿O es que alguien se cree que Heras va a aventurarse a ingerir o inyectarse sustancias dopantes para mejorar su rendimiento, a escondidas de sus médicos y preparadores, sabiendo que en cualquier momento puede ser descubierto y condenado a la ignominia? ¿Alguien puede P creer que, después de contemplar el desprestigio de ciclistas como Virenque o Pantani, después de que la sombra de la sospecha haya enturbiado las hazañas de Armstrong, Heras haya decidido asumir libremente un riesgo que podría arruinar su vida? ¿No resulta, acaso, mucho más verosímil pensar- -suponiendo que el embrollado método antidopaje no adolezca de errores, que ya es mucho suponer- -que Heras sea, sin saberlo siquiera, el último eslabón de una cadena de fraudes que atañen a la naturaleza misma del deporte? Quienes invocan el espíritu de Olimpia para execrar el dopaje pecan de ingenuidad o cinismo. Los ciclistas que se encaraman a una bicicleta para forzar el cuentakilómetros de su corazón- -y algo similar puede predicarse de cualquiera de los llamados deportistas de élite -son tan sólo los ejecutores inconscientes de un sórdido designio económico en el que se entrelazan contratos publicitarios y millonarios derechos televisivos. En este contexto degenerado, el deportista se convierte en un activo traducible en cifras y saldos beneficiosos. A los deportistas se les paga por satisfacer ese cúmulo de intereses pecuniarios; se les pagan, además, sumas fastuosas, y se les exige a cambio una aportación sobrehumana. El deportista ya no es un heredero del espíritu de Olimpia, sino un mercenario que acata con mayor o menor entusiasmo las reglas de ese sórdido designio económico en que se halla inmerso. Quizá su pecado sea la avaricia; pero repercutir sobre él la culpa de las lacras que gangrenan el deporte se me antoja desmedido e hipócrita. Los deportistas son obligados a doparse porque, de lo contrario, la espectacularidad de sus acciones se vería mermada, y con ella la rentabilidad del negocio. Son las víctimas, seguramente inconscientes, de un fraude promovido por quienes luego, cuando se descubre la trampa, se rasgan las vestiduras, posando como depositarios del espíritu de Olimpia. ¿A quién pretender engañar?