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ABC LUNES 28 11 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC EUROPA PERPLEJA POR ÁLVARO DELGADO- GAL ESCRITOR Y PERIODISTA Es demasiado pronto para elevar el conflicto étnico a la categoría aún más indeseable de fragmentación étnica. Ahora bien, no está escrito en parte alguna que el asunto no pueda ir a peor... OS desórdenes franceses han motivado dos reflexiones unánimes. La primera se refiere al modelo económico y social de Francia. El Neue Zürcher Zeitung resumía bien la situación en un artículo reciente- Frankreich zwischen Aufruhr und Lähmung 12- 11- 2005- Los altos costes laborales- -el número de horas de trabajo por habitante y año asciende en Francia a 905, frente a las 945 de Alemania y las 1.213 de Gran Bretaña- unos salarios mínimos prohibitivos- -mil euros mensuales- -y unos gastos públicos fuera de control- -el 55 por ciento del PIB, frente a un 48 por ciento en Alemania y un 44 por ciento en Gran Bretaña- -han provocado, simultáneamente, un estancamiento de la economía y bolsas enormes de paro- -hasta un 40 por ciento de los jóvenes están sin empleo en los barrios complicados de la periferia- La resulta es una catarata de catástrofes: el paro genera marginación, y ésta, desapego al sistema y violencia. La reducción de la jornada semanal a 35 horas, decretada en tiempos por Jospin, no ha contribuido, es obvio, a mejorar las cosas. L La segunda consideración gira en torno de unos estándares educativos degradados. El ciudadano, se afirma, empieza a formarse en la escuela. No debería por tanto sorprender que los adolescentes, mal instruidos tras su paso estéril por las aulas, fracasen de dos modos simultáneamente: en el mercado de trabajo y como miembros integrales de la sociedad. Los dos razonamientos son correctos. Pero son insuficientes, como se apreciará dentro de un instante. Y por ser insuficientes, velan y parcialmente ocultan la situación delicadísima en que se encuentra no sólo Francia, sino el conjunto de Europa. ¿Por qué son los razonamientos insuficientes? En su Tercera del martes 15 de noviembre, Nicolás Baverez señalaba que las insurrecciones han albergado una dimensión colonial. Los anglosajones lo habrían expresado de otra manera: habrían dicho que Francia se ha convertido en escenario de conflictos étnicos. Las cifras cantan: la inmensa mayoría de los jóvenes enragés que han puesto al país patas arriba son de origen magrebí o subsahariano. No se desprende de aquí, faltaba más, que la condición de magrebí o subsahariano intervenga causalmente en la predisposición a quemar automóviles. Lo sensato es pensar que la variable étnica juega un papel sólo en la medida en que está correlacionada con factores que sí son directamente significativos en la explicación de la violencia. A saber, paro y marginación. El caso se puede resumir así: los protagonistas de la revuelta han tendido a ser subsaharianos y magrebíes, porque estos dos colectivos padecen dificultades de bulto para prosperar en la sociedad francesa. ¿Cabe destacar, dentro de esta composición de lugar, un vector específicamente islámico? No en el terreno de la militancia religiosa. Los incendiarios no iban a la mezquita; no guardaban el Ramadán; bebían alcohol; se alimentaban, en fin, del mismo pasto que otros muchachos blancos y pobres. Y con frecuencia, no tan pobres. El rebote hacia la violencia terrorista se ha verificado en algunos casos tristemente célebres, y su generalización representa un riesgo digno de ser tenido en cuenta. Pero la revuelta anarcoide de los días pasados no ha sido terrorismo. El vector islámico se hace sentir en términos más prosaicos, más de andar por casa. Hagamos un poco de estadística comparada. En Gran Bretaña, la tasa de desempleo entre musulmanes es dos veces y media más alta que la media nacional. No sucede lo propio, por ejemplo, con los hindúes, cuya tasa de desempleo es más baja que entre los ingleses de toda la vida. En Holanda, golpeada también por desórdenes hace poco más de un año, los marroquíes engrosan el desempleo en proporción no menos extraordinaria. No les marearé con más datos. Sólo quiero subrayar por qué los razonamientos aducidos líneas arriba son insuficientes. Los costes laborales desincentivadores para el empresario, los salarios mínimos poco realistas, la distracción de recursos ocasionada por un gasto público disparatado, gravitan por igual sobre todos los contingentes inmigratorios. Pero los efectos no son iguales sino desiguales. Los asiáticos o los inmigrantes del Este parecen más capaces de superar las consecuencias perversas de la política social francesa que sus colegas del norte o el oeste de África. Cuando, a igualdad de factores, los resultados divergen, es que nos hemos dejado atrás algún factor importante. ¿Cuál? modelo es anticuado porque las corrientes inmigratorias de entonces se nutrieron, preponderantemente, de europeos, más próximos en costumbres y actitudes a la población de acogida de lo que puedan estarlo un pakistaní a un británico o un argelino a un francés. Pero el modelo es también anticuado por una segunda razón, menos evidente. La sociedad industrial de, pongo por caso, 1900, requería esencialmente, para tenerse en pie, mano de obra poco especializada. Recuerden los afanes de Charlie Chaplin en las secuencias iniciales de Tiempos modernos: el trabajo en la cadena de montaje era mecánico y rudimentario. No exigía, esto es, el dominio de técnicas complejas o sólo asequibles tras un período largo de formación. Los americanos oriundos no se hallaban, en promedio, mucho mejor pertrechados que los inmigrantes polacos o italianos. Por ello también, resultaba relativamente sencillo a los segundos ponerse a la altura de los primeros. No sucede esto, sin embargo, en las sociedades desarrolladas de hoy en día, en las que la correlación entre conocimiento, solvencia profesional y renta es altísimo. La secuela es un gap de partida muy superior, que sólo puede salvarse de tres maneras: o mediante un sistema de enseñanza fantástico, o mediante mucho talento, o porque las tradiciones de la sociedad de origen favorecen el aprendizaje cualificado. La enseñanza, ya se sabe, está degradada. El talento grande es individual, intransferible y escaso. Y las tradiciones atávicas no las pone el país receptor, sino, por así decirlo, el emisor. Los judíos americanos de estirpe askenazí todavía, y los inmigrantes del sur de Asia en número creciente, dominan, dentro de los Estados Unidos, la Universidad y las profesiones liberales. No cabe afirmar lo mismo de todos los grupos de implantación reciente en aquel país. En el caso de Francia, la tendencia a recaer en el paro, o permanecer remansados en los escalones bajos del sector servicios, aflige no sólo a inmigrantes magrebíes de primera generación, sino a los hijos y los nietos de los llegados treinta o cuarenta años atrás. El encaje defectuoso se manifiesta en términos socioeconómicos. Pero la raíz es más profunda: es cultural. Es demasiado pronto para elevar el conflicto étnico a la categoría aún más indeseable de fragmentación étnica. Ahora bien, no está escrito en parte alguna que el asunto no pueda ir a peor. Esto resultaría fatal para la democracia liberal, incompatible de raíz con las diferencias sistemáticas sobre las que estaban montadas las sociedades premodernas, tanto europeas como no europeas. El multiculturalismo, un producto de recuelo que nos ha legado la Universidad norteamericana en el trance de procesar el miniproblema canadiense, ha servido sólo para que se perdiera el rato durante diez años. Carecemos, por el instante, de fórmulas salvadoras. Le Pen sería una tragedia, no una solución. Probablemente, estamos a punto de descubrir que la inmigración no es lo que era. Hasta la fecha, se ha estado tomando como referencia, de modo implícito o explícito, el melting pot americano en su versión clásica: finales del XIX y principios del XX. El