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26 Nacional DOMINGO 27 11 2005 ABC ÁLVARO DELGADO- GAL TODOS ENEMIGOS N o sólo varían en España la pluviosidad o la temperatura media según se desplaza uno al norte o al sur, hacia el este o hacia el oeste. Cambia también el modo de pensar, o por lo menos, de argumentar. Repárese, si no, en las lecturas divergentísimas que se están haciendo del Estatut en Madrid y Barcelona. Mi impresión- -hablo aquí como madrileño- -es que la toma en consideración del documento por el Congreso ha abierto un proceso político delicado y poco controlable. El texto es estrafalario, y sólo adaptable al marco constitucional a condición de que se vea sometido antes a una rectificación radical. Los movimientos visibles de CiU y ERC sugieren que estos partidos no van a aceptar lo que de momento les propone el Gobierno. Que es suprimir la bilateralidad, mantener a Cataluña en el sistema Lofca de financiación, quitar la palabra nación del articulado, y poner coto a la creación de un poder judicial independiente. No sólo republicanos y convergentes han dicho, con razón, que eso sería devolverles algo esencialmente diferente a lo aprobado en el Parlament, sino que han hablado de una ruptura, de consecuencias catastróficas. Carod ha dicho que no podría mantener su apoyo a un Ejecutivo que se hubiese negado a oír la voz de Cataluña. Y Mas no ha sido menos explícito. La lógica ortodoxa inclina a prever que sólo podrá evitarse el choque de trenes si se llega a una solución que, siendo muy mala, permita a ambas partes salvar momentáneamente la cara. El Gobierno intentará consensuar un papel que recoja varias reivindicaciones del Cuatripartito pero que no le enemiste irreversiblemente con su propio electorado. Y el Cuatripartito se conformará con algo que esté lejos de lo que ha pedido, pero lejos también del Estatut todavía vigente. Tendríamos, al cabo, no una media aritmética entre lo que reclaman unos y ofrecen otros- -esa cantidad no está en el mapa de la Constitución- sino el equivalente político a una composición de vectores. Un chisme, en fin, inviable en el largo plazo, aunque suficiente para ir tirando un rato. La reforma de unas cuantas leyes orgánicas facilitaría la operación. Y que arree el siguiente, que la vida es corta, y el horizonte de cálculo de la clase política, más corto todavía. Esto, en fin, es lo que sugiere el sentido común rutinario. Pero los que tienen la oreja pegada al plexo catalán, contestan que nones. Circulan dos hipótesis, que me apresuro a relatarles. Según la primera, CiU estaría preparada, a despecho de sus declaraciones oficiales, a retirar el Estatut... y combinarse con el PSOE tanto en Madrid como en Barcelona. Habría que liquidar a Maragall, por supuesto. Pero su ultimación está ya muy adelantada. Y habría que dejar en la cuneta a ERC. A un bobalicón no impuesto en las leyes internas que rigen el metabolismo de la política catalana, se le ocurren dos objeciones. Una, es que CiU se desflecaría seriamente por su costado nacionalista en beneficio de una ERC furiosa. Dos, que Mas se ha comprometido hasta tal punto con la causa estatutaria, que nadie se lo tomaría en serio si a estas alturas diese un giro de ciento ochenta grados. Estas reflexiones no impresionan a los entendidos. Los entendidos le miran a uno como si fuera un páparo o un morral. Con arreglo a la segunda hipótesis, CiU se conformaría con un pago en especie. Verbigracia, grandes inversiones en obras públicas. Tendríamos un nuevo Estatut, sí, aunque muy desleído. Las objeciones se me antojan otra vez evidentes. El compromiso de los nacionalistas ha llegado muy lejos, y no se comprende además que CiU quisiera cobrar un precio que iría en provecho íntegro de sus rivales políticos. O sea, del Tripartito. Nótese que las dos hipótesis son rigurosamente incompatibles. Mientras la primera contempla el holocausto de ERC, la segunda señala a CiU como principal sacrificada. De aquí cabe extraer una nueva conclusión, no comprendida en el repertorio de los inside traders catalanes, ni tampoco de los observadores madrileños. Me refiero al desorden absoluto. Se ha iniciado una zarabanda frenética, en la que los partidos se espían sin determinarse al abrazo fraternal o al cuerpo a cuerpo asesino. En ese contexto, las predicciones son dificilísimas, y los disparates, más que probables. Es lo que ocurre cuando se rompen las reglas de juego. Desparecidos los referentes que infunden estabilidad a la vida en común, la política incluida, se impone la afirmación de Sartre en Huis clos El infierno son los demás Y los paganos, el resto.