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66 MIÉRCOLES 23 11 2005 ABC FIRMAS EN ABC MANUEL MARÍA MESEGUER ESCRITOR tos y tan exhaustivos que chispear de ojos, provocación de labios o escenografía de sonrisa surgen en cada uno de ellos como actos reflejos tan pronto intuyen el objetivo de una cámara. No hay nada como la alfombra roja de las entregas de premios cinematográficos o musicales para estudiar los gestos que cada uno de los protagonistas tiene ensayados para su parroquia. Ocurre, cuando es una cámara de vídeo la que recoge la escena, que es imposible que pase desapercibida la tramoya, la exhibición del personaje que cada uno quiere mostrar mediante la distorsión de los gestos. Y eso, como la reiteración o el posado puede derivar en ridículo. Es probable que quienes resulten más patosos a la hora de la instantánea sean los políticos, posiblemente porque se toman a sí mismos más en serio que los actores o los cantantes. Los políticos y especialmente los denominados líderes de Occidente parece que están de juerga permanente. No se les cae la sonrisa de los labios, enseñando dientes como recomendaba una reina de la copla a su pareja, porque eso jode mucho (se supone que al personal deseoso de tragedia) El permanente regocijo que muestra el presidente Chirac, con una opinión pública francesa deseosa de botarlo conecta a la perfección con el júbilo descriptible que ha mostrado hasta su derrota final Gerhard Schroeder, o con la tersa alegría maquillada de Silvio Berlusconi, a quien parecen buscarle los tobillos algunos miembros de la judicatura europea. En el cuadro entran también quienes todavía no conocen la derrota, aunque sí el zarpazo del terrorismo y la desgracia huracanada, como la campechana alegría de Georges Bush, el alborozo boquiabierto y algo estrábico de Tony Blair y la azulada y persistente sonrisa de Rodríguez Zapatero. El jolgorio de los líderes de Occidente les obliga a ponerse la sonrisa con la ducha matutina por si los fotógrafos deciden ordenarles: Ahora, sonriendo Saluden Más fuerte Rían Pongan los pulgares hacia arriba y arrímense como ocurre en los posados de las cumbres iberoamericanas, o en cualquier cumbre de líderes mundiales. Todo ello quedaría muy bien si la televisión no mostrara después las bambalinas, los preparativos de las sonrisas seductoras, esas que hacen preguntarse a los mortales el porqué de tanto bullicio, con una Europa sin fuelle, una guerra de desgaste en Irak, un terrorismo islamista insaciable y todo un continente, el africano, a punto de desaparecer de hambre y de sida. Al menos podrían ser más discretos y mirar a las cámaras con gestos simplemente circunspectos, como hicieron Roosevelt, Churchill y Stalin cuando decidieron laminar el nazismo y repartirse de paso el mundo en Yalta. Aunque- -Marilyn Monroe aparte- -siempre preferiré como foto del siglo la del rostro burlón de un desmelenado Einstein cuya inmensa sabiduría y honda genialidad le permitían reírse del mundo, de sus leyes que con tanto afán intentó descubrir, y por extensión de toda la especie humana. LA BURLA DE EINSTEIN Quienes trabajan bajo los focos están obligados a saber las imágenes que les conviene trasladar a sus incondicionales... Numerosas editoriales sacan a la venta anualmente hermosos libros recopilatorios de fotografías que cristalizan momentos irrepetibles imagen a imagen para configurar la historia gráfica de nuestro mundo. Ha podido pensarse que la cámara cinematográfica primero y el vídeo profesional después iban a suplantar y desterrar la foto periodística. Pero casos excepcionales aparte- -un discurso de Hitler, la explosión de una bomba atómica, alguno de los grandes bombardeos sobre Vietnam, la secuencia filmada del asesinato de Kennedy, la astracanada de Tejero en el Congreso de los Diputados y quizás un centenar de otros episodios- -lo que queda en la retina es la imagen que captó la cámara del fotógrafo en un momento determinado y no la secuencia completa en movimiento, que puede llegar a convertir en ridículo un instante que se pretendía único. Quienes trabajan bajo los focos están obligados a saber las imágenes que les conviene trasladar a sus incondicionales. Un Brad Pitt, una Angelina Jolie o un Tom Cruise conocen perfectamente el efecto de unos ojos chispeantes, unos morritos provocativos o una sonrisa mirífica. Los ensayos han sido tan- E N 1976 se publicó en España un libro que la editorial Euros renombró como Las fotografías del siglo aunque el título original de la edición francesa, La aristocracia del reportaje fotográfico era más ajustado al contenido. En la portada, un Albert Einstein burlón, con la lengua ocultándole casi la barbilla saliéndole de la boca de payaso, parecía reírse del fotógrafo Arthur Sasse el día que el genial físico y matemático cumplía setenta y dos años. Nada se sabe de los prolegómenos de la foto ni de sus segundos posteriores, ni siquiera si fue repetida para que terminara pareciendo suficientemente burlona. Todo lleva a pensar que se trató de una instantánea, como durante tanto tiempo se ha llamado la fotografía no preparada capaz de recoger un momento preciso que ni siquiera llega a ver con sus ojos el propio fotógrafo. La instantánea siempre fue la fotografía periodística y muchas de ellas tapizan la memoria gráfica del siglo XX. Por ejemplo, la muerte del soldado republicano abatido por una bala en la guerra civil española, captada por Robert Capa; el asesinato por Jack Ruby de Lee Harvey Oswald, acusado de matar al presidente Kennedy; los ojos de par en par, ya muertos, del senador Robert Kennedy, tiroteado por el joven palestino Sirhan Bechara Sirhan; la niña vietnamita que en junio de 1972 corre desnuda y espantada hacia el fotógrafo de la Associated Press, huyendo de las bombas de napalm. Y si entramos en el terreno de la exclusiva los famosos y la foto robada, ahí han quedado para la historia las faldas al viento y el blanco trasero al aire de la actriz Sandra Milo, captado en una calle italiana por un paparazzi o el velludo desnudo integral de Jackie Kennedy, robado por un fotógrafo italiano que no quiso identificarse y cuya publicación dividió a la opinión pública mundial. JORGE DE ARCO ESCRITOR CORAZÓN SEVILLISTA A primera vez fue en el cine. Yo no tenía más de diecisiete años y mi primera novia apenas los había cumplido. Por entonces leíamos a Boris Vian y a Bukowski, nos gustaba la pintura expresionista alemana, bebíamos cerveza con limón e íbamos a los conciertos que principiaban la movida En esas circunstancias, -tan vanguardista yo, y tan intelectualoide- -era difícil confesarle que para mí lo primero seguía siendo el fútbol. Yo oía a Loquillo cantar con el corazón roto que él quería ir a L. A. y dejar un día esta ciudad y escuchaba a Alaska mientras decía que tenía un plan para poder escapar Pero lo que a mí de verdad me entusiasmaba, más incluso que regalarme un viaje de amor por Los Ángeles, era que llegase el domingo a las cuatro de la tarde y encender la radio para saber qué once iba a alinear el Sevilla F. C. Lo peor del asunto era que los domingos tocaba cine, y del moderno: algo chino, japonés, iraní o sueco... La cobarde ignorancia juvenil me hizo vivir inolvidables experiencias cinéfilas, pero a mitad de temporada liguera empecé a flaquear. El Sevilla no pasaba su mejor momento y comenzaba a coquetear con los puestos de descenso. Mi corazón sevillista demandaba tomar alguna determina- L ción y, por fortuna, en una minúscula tienda de electrónica, encontré un prodigio de miniradio Al domingo siguiente, con la excusa de unas molestias bucales, y aprovechando la oscuridad previa al inicio de la película, saqué del bolsillo el artilugio salvador y lo apoyé entre mi carrillo y la palma de la mano. El en el Sánchez Pizjuán me hizo removerme en el asiento como si de una punzada en la muela se tratara: pero era un tanto de Francisco- -jugador de tan grato recuerdo- el que me transportaba muy lejos de aquella sala vespertina. El Sevilla terminó aquel año en duodécima posición y yo puse fin a doce meses de noviazgo, gané la inseparable amistad de las ondas y prometí no negar nunca más a nadie mi pasión sevillista, que aún hoy día permanece intacta. Y lo que también continúa inalterable es esta vieja historia de amor futbolística, que se remonta hasta mi año de nacimiento, allá por el inicio de la Liga 67 68. Llegaba para mis padres- -por fin- -el último de los seis vástagos, y mi primer llanto se convertía en presagio de una nefasta campaña que nos llevaba a confirmar el descenso ante el Barcelona, el 21 de abril de 1968. El único tonto consuelo era que nos llevábamos para abajo con noso- tros al eterno rival. Mi memoria futbolera se remonta al ascenso en la primavera del 76- -el otro descenso habido entre medias lo viví aún con el chupete y ajeno al uso de razón- con Lora y Biri Biri como puntas de lanza. Después, llegaron momentos de tranquilidad y asentamiento en la división de honor, de disfrute, con jugadores como Súker, Zamorano, Maradona... alguna incursión europea, un susto administrativo, un par más de caídas a segunda y el histórico repunte actual, que nos ha llevado hasta este imborrable y gozoso Centenario, paseando nuestra bandera- -segundo año consecutivo- -por el viejo Continente. La sed de un nuevo triunfo grande aún no está saciada. El deseo de reeditar un campeonato liguero, o alcanzar una cuarta Copa del Rey, se palpa y se acaricia con ansiedad. Pero ser sevillista es algo más, es saberse querido por una afición y por un club que se envuelve en las letras y en la pasión de una ciudad irrepetible. Ser sevillista es abrir la puerta de casa con nuestro escudo en el llavero, prender un cigarillo con la llama de nuestros colores en el encendedor, enfundarse nuestra camiseta, plenos de fe, ante la pequeña pantalla. Ser sevillista, en suma, es saborear la victoria antes del pitido inicial del árbitro, pues como bien sentenciara Napoleón, el triunfo no está en vencer siempre, sino en nunca desanimarse Y a buen seguro que no faltarán ni las victorias ni el ánimo en los próximos cien años. Y cuerpos y almas habrá que los resistan. Y lo cuenten.