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ABC MIÉRCOLES 23 11 2005 Opinión 7 nos deben recuperar en el propio sistema de sus enseñanzas, si queremos que Europa sea sentida como un proyecto de todos. Hay que abandonar ya esa cultura materialista, de exclusivo mercado, cuyos objetivos son el sólo beneficio. Esa cultura la hace añicos en una década un fenómeno como la deslocalización, y por tanto no puede ser la espina dorsal del sistema. La espina dorsal es un ideario de principios inspirados en el Humanismo, que expulsa de su órbita toda forma de degregación e intransigencia, venga de donde venga. Es en las escuelas y en las universidades donde debe comenzarse el nuevo impulso de reforma que supere las miras de cada Estado, y establezca un programa de educación de nuestros jovenes común, en el que la literatura, la Historia y la Filosofía concebidas en su sentido no nacional, sino paneuropeo, vayan haciendo que en una o dos generaciones cale un imaginario colectivo que haga añicos la dialéctica de dentro fuera, que todavía inspira el imaginario europeo, nutrido de los nacionalismos en que se edificó en nuestro siglo XIX. LA ESPUMA DE LOS DÍAS ESTADOS DE ÁNIMO EMOS hecho cosas en estos treinta años. Algunas, muy buenas. Es, en efecto, la historia de un éxito como titulaba ayer el número extraordinario de ABC. Tiempo de balance, teñido de inquietud por el futuro. No es fácil entender la tentación de dilapidar una herencia marcada por la convivencia en paz (con la sombra cruel del terrorismo siempre al acecho) y en libertad (a veces con perfil incierto, fea secuela del sectarismo) Parece que la sociedad española- -lo dicen todas las encuestas- -pasa factura a los políticos incapaces de asumir su responsabilidad como administradores transitorios de este proyecto común. España cuenta con un sentido nacional mucho maBENIGNO yor del que aparenta. La PENDÁS gran mayoría no somos nacionalistas ni patrioteros, de lo cual me alegro. Sin embargo, existe un sentimiento genuino que tiene su reflejo en situaciones de riesgo. España llega tarde a veces, pero llega bien. Entre las viejas querellas y las nuevas esperanzas la diferencia está en el estado de ánimo. Léanse, por ejemplo, los discursos de Manuel Azaña en torno al Estatuto catalán de la República, que acaban de publicarse con un brillante estudio preliminar de Eduardo García de Enterría. Sólo la luz de la razón mantiene viva la llama del intelectual mientras se derrumba moralmente el político fracasado. Nadie comparte hoy día, por fortuna, esa sensación de angustia, tal vez porque somos conscientes de la superioridad de quienes preferimos la España constitucional a cualquier aventura sin horizonte. Hemos hecho muchas cosas, pero podríamos haber hecho muchas más. La peor consecuencia del particularismo intransigente es el tiempo que nos hace perder, un día sí y otro también. Gastamos energías limitadas por definición en afrontar sus problemas, teñidos de un egoísmo inaceptable. Los mejores entre los nuestros dedican la parte sustancial de su vida y de su obra a buscar fórmulas más o menos novedosas para satisfacer una demanda interminable. España circula por la historia con un hándicap que consume unaparte sustancial de su capacidad. A pesar de todo, hemos llegado muy lejos. Pero la educación, la vertebración social, la moral colectiva, se resienten de ese esfuerzo sin recompensa que conduce- -como se ha dicho tantas veces- -a la melancolía. No hay recetas milagrosas. Sólo sirve la firmeza en las propias convicciones, la perseverancia, la mezcla sutil entre principios y estrategia. El nacionalismo es un totalismo como se dice ahora en Teoría Política para establecer diferencias con el viejo totalitarismo. Absorbe la inteligencia y la voluntad de quienes viven por y para su obsesión identitaria. Cuando el virus se contagia hacia la izquierda ideológica, el historiador de las ideas no encuentra una explicación convincente. Es una lástima, pero- -como sabía Hegel- nadie puede saltar por encima del espíritu de su pueblo Paciencia y confianza. Hay mucha historia detrás y mucho futuro por delante. H No puede pretenderse que los ciudadanos amen aquello que no conocen, porque resulta extraño a su vivencia, a su imaginario, a su tradición. Durante el siglo XIX y buena parte del XX, los estudios de Literatura Comparada trabajaron en la dirección de una cultura europea definida por unas tradiciones literarias comunes (el Petrarquismo, el Romanticismo no tuvieron Estado- Nación que los pudiera agotar, se proyectaron más allá de su origen: el primero, por ejemplo, sobre el francés Ronsard; el segundo, sobre el inglés Byron. Toda Europa vivió el spleen de Baudealire, con la misma fuerza que antes recibió la impronta de la Edad Media Latina, como mostró ese gran libro de Curtius, que acuñó el concepto de gran tópica europea para una serie de motivos recurrentes que proporcionaban unidad a esa cultura. Auerbach pudo escribir un libro como Mímesis pensándolo desde una Cultura europea común a muchas literaturas, precisamente en el momento en que la barbarie nazi le obligó a marchar a Turquía. Pero allí pensó qué debía a los grandes libros de la Literatura de Occidente (Flaubert seguido de Joyce, Rabelais junto a Cervantes, y todos ellos en la estela de Homero y de la Biblia) Se trataría de volver al espíritu que ha producido esos grandes monumentos de la Cultura Europea que son los libros de Bataillon, de Auerbach, de Curtius o de Ortega y Gasset, tan alemán como español, y lector a la vez de Proust. No es con alambradas como se edifica un espacio habitable. Y la educación es su base, como han señalado varios articulistas en estas mismas páginas. conocimiento de la Historia y la Filosofía, tantos siglos comunicadas. Saber que Kafka es para un español, en tanto hijo de la misma cultura europea, tansuyo como puedeserlo Eçade Queiroz o el propio Machado. Caminar hacia esto no es el desideratum de una utopía, sería recuperar un aliento que ya tuvo la cultura europea anterior. Pensar que Shakespeare leyó muy pronto el Quijote, hasta el punto de escribir una comedia sobre tema cervantino, hoy perdida, saber que Erasmo de Rotterdam, además de flamenco, era leído por italianos, por españoles e ingleses. O que Marcel Bataillon, un francés, ha dado el mejor libro sobre la influencia de ese humanista flamenco en la cultura de los españoles. Todo eso ha sido, es, Europa, como contenido de identificación y orgullo europeos que los ciudada- PALABRAS CRUZADAS ¿Debe el Estado financiar los tratamientos contra el tabaquismo? ENFERMOS, ¿O ABÚLICOS? O. Una cosa es que la sanidad que sufragamos entre todos cure nuestras enfermedades, y otra que sustituya todas las responsabilidades de los ciudadanos, las de la prevención y el cumplimiento de las recomendaciones médicas de la vida sana. A este paso, vamos a pedir al Estado que viva nuestra vida, incluso que se divierta por nosotros, es tal el proceso de relajación de la voluntad individual. El tabaquismo agrava, y hasta causa, muchas enfermedades. Pero también el exceso de peso. Y no parece que los tratamientos de adelgazamiento vayan a ser financiados por la sanidad pública. Y deberían, según esa lógica, porque dejar de comer es tan difícil como EDURNE dejar de fumar. URIARTE Algunos análisis de la ciencia médica me recuerdan a veces a los de las ciencias sociales. En los efectos contraproducentes, quiero decir. Porque igual que los sociólogos y politólogos han encontrado explicaciones sociales, es decir, excusas, para cualquier tipo de barbaridades individuales, también los médicos han convertido todo en enfermedad, en insoportable determinación biológica. Si fumar o no fumar es una libre decisión individual, ¿dejar de fumar no debería ser también una responsabilidad individual? ES LO MÍNIMO N N O faltan los argumentos en contra de la financiación pública de los medicamentos para dejar de fumar. Para empezar, el Estado no paga, sino que se limita a gestionar los recursos aportados por los ciudadanos; recursos que son tan inmensos como siempre escasos. Tal vez haya prioridades más urgentes, sin salir del ámbito de la sanidad pública. Además, de este modo se obliga a pagar a todos, incluidos los no fumadores. También progresa el intervencionismo estatal trufado de parternalismo, y prevalece la falsa idea de que los fumadores son víctimas privadas de voluntad y no seres libres y responsables. Y, sin embargo, hay que apoyar la meI. SÁNCHEZ dida aprobada. El consumo excesivo de CÁMARA tabaco produce estragos, y la salud pública es la ley suprema. Todos somos fumadores: activos o pasivos. Si se trata de enfermos encadenados a su adición, que al menos no le resulte gravoso el tratamiento. Tanto acoso van a padecer con la nueva ley que no les debe resultar oneroso el tránsito a la salud. Es lo mínimo. Ganaremos todos, aunque paguemos todos: fumadores y no fumadores. Esperemos, no obstante, que la cosa se detenga aquí, y que no lleguemos al extremo de que el Estado decrete la desintoxicación forzosa de todos los fumadores. ¿Y usted qué opina? Déjenos su mensaje o su voto en la página web www. abc. es eldebate