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ABC MIÉRCOLES 23 11 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC LA ALEMANIA DE ANGELA MERKEL POR JOSÉ MARÍA BENEYTO CATEDRÁTICO DE DERECHO INTERNACIONAL PÚBLICO Y DERECHO EUROPEO La nueva canciller no tiene ante sí una misión fácil. El acuerdo de coalición que se ha firmado es, desde la perspectiva de la CDU y de su ambicioso programa de reformas, un acuerdo de mínimos... ASEAR por Berlín, esa ciudad que parece reinventar la tradición y el futuro, a la vez que se reinventa a sí misma, es recorrer los lugares más significativos de un siglo, el siglo XX, en el que la historia quiso convertirse en actor principal y casi exclusivo, para terminar interpretando un papel trágico. Todo parece estar cargado de la memoria de la violencia y el horror, pero también de actos de libertad y de heroísmo, bajo la lluvia y el frío gris, o en el estallido de colores de final de otoño, cuando se contempla este Berlín tan vasto, extendido sobre una superficie cercana a los veinte kilómetros de este a oeste. Aquí, en el nuevo centro de la ciudad, en lo que fuera uno de los ejes del antiguo Berlín Oriental, se encuentran las grandes avenidas y plazas- -Unter den Linden, Gendarmenmarkt, Alexanderplatz- los monumentos conmemorativos de la era guillermina, ahora recuperados como testigos algo anacrónicos de la nueva capital; más allá, en el Grunewald, en Dahlem y junto al Wannsee, en los alrededores de las hermosas villas de la gran época de la burguesía y los banqueros alemanes, se extienden los amplios parques, los lagos; resaltan la arquitectura innovadora de los años veinte, los edificios de la Bauhaus, la elegancia fin de siglo de la Fasanenstrasse y el Kurfürstendamm. Y en el diseño central de la ciudad, todavía como una herida que se va cerrando día a día, cauterizada por la nueva arquitectura futurista de la Potsdamer Platz, la línea reconocible del muro que separó durante cerca de treinta años el Berlín libre de la ideología comunista, una línea tan próxima a los lugares donde antes el terror del Tercer Reich se había hecho realidad, sobre los que hoy se asientan los museos de arte contemporáneo y las salas de concierto, al lado de las instalaciones que dan memoria del holocausto o de las víctimas de la oposición al nacionalsocialismo. P bloqueo institucional, con una interesante reforma del federalismo que aboga por mayor centralización en mor de la eficacia, junto a la escasa capacidad de dinamismo empresarial, de creación de nuevas empresas y de innovación económica... Ciertamente, Alemania sigue siendo un país rico y los avances económicos en el Este son extraordinarios, como lo siguen siendo las bibliotecas, el sincero interés de los alemanes por la cultura y las artes, o su sentido solidario con los países subdesarrollados. La productividad se ha mantenido, y los resultados de las empresas alemanas baten nuevos récords, gracias al boom de las exportaciones, pero es a condición de fuertes deslocalizaciones de la producción industrial hacia países cuyos costes sociales siguen siendo una ínfima parte de los alemanes y a costa de fuertes reestructuraciones de las plantillas domésticas. Se trata también de un país que ha hecho de la unidad europea un objetivo sustitutivo de las ambiciones nacionalistas de épocas pasadas, que busca su sentido de identidad y su lugar en el mundo a través de la integración europea y que observa con desconfianza cómo la Unión atraviesa por una de sus fases más críticas. No deja de ser significativo, por otra parte, que se haya iniciado un debate, en el que participan tanto el juez constitucional Udo di Fabio como el filósofo Jürgen Habermas, sobre los fundamentos de la sociedad alemana- -y occidental- y sobre la necesidad de recuperar los valores que sustentan la libertad y la cohesión social: la protección de la iniciativa individual, la valoración de la familia y la natalidad, la incidencia positiva de la religión y sus compromisos éticos. Y en este momento preciso, llega Angela Merkel a la Cancillería, la primera mujer que ocupa ese puesto, la primera política del Este, y la primera científica, una física nuclear, cuya férrea voluntad y notable habilidad política le han hecho superar todos los obstáculos para llegar a la meta que se propuso cuando accedió a la presidencia de la CDU hace apenas cinco años. No ha sido fácil conseguir llegar desde su puesto de portavoz adjunto del último Gobierno de la RDA y posterior protegida de Kohl y Schäuble hasta ser la candidata a la Cancillería, ni tampoco lograr finalmente, tras dos meses de duras negociaciones, cerrar un acuerdo de coalición con el SPD para los próximos cuatro años. ¿Qué quedará de los siete años de coalición de Verdes y socialdemócratas? Schröder deja tras de sí un balance claramente negativo: el alejamiento de la tradicional política transatlántica de la Alemania de posguerra, con las difusas ensoñaciones de un extraño eje continental Berlín- París- Moscú, y un agujero presupuestario que se calcula ahora cercano a los sesenta mil millones de euros, que su ministro de Hacienda, Hans Eichel, logró maquillar sistemáticamente a lo largo de los últimos ejercicicios presupuestarios. La nueva canciller no tiene ante sí una misión fácil. El acuerdo de coalición que se ha firmado es, desde la perspectiva de la CDU y de su ambicioso programa de reformas, un acuerdo de mínimos; desde las posiciones del SPD, cualquier paso que signifique una reducción del gasto social hará sonar todas las alertas y amenazar con el rechazo del grupo parlamentario a las medidas legislativas del Gobierno. Una ciudad nueva en un país que desde la reunificación ha cambiado más profundamente de lo que a primera vista podría parecer; en donde los dos principales líderes políticos, Angela Merkel y Matthias Platzeck, el nuevo dirigente de los socialdemócratas, proceden del Este; un país, hasta hace bien poco locomotora económica y política del continente, en el que en los últimos años se han ido acumulando los problemas: un crecimiento económico por debajo del 1 por ciento, con aumento del paro hasta niveles históricos del 11 por ciento (cinco millones de parados) y una incapacidad crónica de hacer frente a los gastos del Estado del bienestar, lo que ha supuesto el endeudamiento masivo con repetidos incumplimientos del Pacto de Estabilidad; un dramático descenso de los niveles de la calidad de la enseñanza media y una demografía desequilibrada, resultado del envejecimiento de la población y del miedo a tener hijos por las inciertas perspectivas de futuro; las dificultades de integración de casi un 10 por ciento de inmigrantes, de los cuales dos millones de ciudadanos de origen turco; el El programa de gobierno que se ha pactado se centra en una cuestión principal: en cómo conseguir sanear la hacienda pública, con el objetivo de no sobrepasar los límites del Pacto de Estabilidad hasta 2007 y cumplir con el mandato de la propia Constitución alemana, que establece que el presupuesto anual no puede contener un mayor volumen de gastos que de inversiones. Para ello las medidas propuestas se dirigen exclusivamente a aumentar los ingresos por la vía del incremento del impuesto sobre el valor añadido (en tres puntos, del 16 al 19 por ciento) hasta 2007, en reducir sistemáticamente las subvenciones públicas y en un leve descenso de la contribución empresarial a la seguridad social. Nada se ha previsto en el terreno de las reformas estructurales, y los expertos siguen debatiendo si el efecto restrictivo de la subida de impuestos no tendrá como efecto no deseado eliminar el impulso que podría provenir de la bajada de los costes empresariales. No es sólo la política social, y, en particular, la sanidad, donde los dos socios de coalición es previsible que choquen; mayores diferencias son perceptibles en la política exterior, donde la nueva canciller ha reafirmado las coordenadas básicas de la política transatlántica. Pero Angela Merkel ha superado en el pasado pruebas similares. Como la propia canciller ha comentado, ahora tiene que gobernar un país, cuya parte occidental pisó por primera vez hace quince años.