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ABC MARTES 22 11 2005 Nacional TREINTA AÑOS DE MONARQUÍA PARLAMENTARIA 19 El 23- F, una Nación escasamente monárquica se hizo ese día profundamente juancarlista fuerzas políticas presentes en la Transición, la buena disposición de los viejos franquistas y la lealtad activa de las Fuerzas Armadas. La reválida del 23- F En esta comprimida crónica de los primeros treinta años del reinado de Juan Carlos I, hay dos momentos del año 81, que no pueden olvidarse. Uno, menor, el 4 de febrero. En la Casa de Juntas de Guernica los treinta diputados de HB abuchearon sonoramente a Su Majestad. El aplomo demostrado por el Monarca frente a quienes practican la intolerancia convirtió en un punto de prestigio para la Corona lo que bien pudo ser un serio altercado de orden público. El golpe militar del 23- F, el que visualizamos en la esperpéntica figura del señor Tejero, fue otro momento de singular valor para que la figura del Rey se incrustara en el corazón de los españoles con rebordes de respeto. Una Nación escasamente monárquica tras la marcha de Don Alfonso XIII, enseñada en el franquismo a cantar que no queremos reyes idiotas se hizo ese día profundamente juancarlista. No es lo mismo lo uno que lo otro, pero la Institución, desde entonces, no deja de crecer ante la ciudadanía. La discreta función del Rey, que solo se salió de la Constitución- -un único día- -para abortar un golpe de Estado, ha ido seduciendo a los ciudadanos y demostrando a las fuerzas políticas que se han sucedido en el Gobierno de España que la Corona es el eje institucional en que se vertebra una convivencia constitucional que, primero, pareció imposible y, ahora, tratan de perturbar algunas fuerzas centrífugas, separatistas, y, por supuesto, republicanas. Afortunadamente, desde 1981 a nuestros días, ya instalados en la normalidad democrática el papel de la Corona ha podido asentarse en el sosiego institucional y, con vistas al futuro, en el creciente protagonismo del Príncipe de Asturias. El 22 de noviembre de 1975, hace hoy 30 años, Don Juan Carlos juró como Rey de España ante el presidente de las Cortes lada en los demócratas clásicos y, especialmente, en las izquierdas, con el orden público alterado por los sindicatos y a pesar de las constantes presencias asesinas de ETA y el GRAPO, se llegó, incluso, a la legalización del Partido Comunista. Contó con la gran ayuda que supuso, en mayo del 77, la abdicación de Don Juan en la figura de su hijo. Se sumó a la legitimidad de ejercicio la dinástica y se cerró un círculo de garantías. Así se alcanzaron, mejor que peor, las elecciones del 77. El discurso de Don Juan Carlos, días después, en la apertura de las primeras Cortes democráticas cambió ya el signo y la perspectiva del futuro democrático. Había actuado, en palabras del Rey, la sensata madurez del pueblo español y, con ella, la voluntad de cambio de todas las