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18 Nacional TREINTA AÑOS DE MONARQUÍA PARLAMENTARIA MARTES 22 11 2005 ABC Hace 30 años, con el cuerpo de Franco aún en su capilla ardiente, Don Juan Carlos juró en las Cortes fidelidad a las Leyes que le convierten en Rey de España. Esta es la comprimida crónica de su discreto trabajo que, de la Ley a la Ley impulsó el milagro de la Transición El motor del cambio POR MANUEL MARTÍN FERRAND El final de las historias nos viene dado por el destino. Lo difícil es marcar su origen que, si bien se mira, siempre es caprichoso y depende, más que de los hechos, de la voluntad de quien los interpreta. Así, por ejemplo, señalar el arranque de la Transición, en Roma, en el hospital anglo- americano en que nació Don Juan Carlos de Borbón el 5 de enero de 1938, sería excesivo. La noticia ni se conoció en España. En la mitad de ella, por razones obvias y en la otra mitad por el mucho ruido que producía entonces la batalla de Teruel. Si hoy estuviera entre nosotros Benito Pérez Galdós y se dispusiera a iniciar una nueva serie de sus Episodios Nacionales, es muy posible que arrancara su narración el 2 de noviembre de 1975. El entonces Príncipe de Asturias hizo en esa fecha un viaje relámpago a El Aaiún. Tres días antes habría asumido interinamente, ante la grave situación de Francisco Franco, la jefatura del Estado y, según cuenta Charles T. Powell, su padre, el Conde de Barcelona, al tener noticia del viaje provocado por la Marcha Verde marroquí, sentenció que su hijo tenía un par de pelotas Esa ha sido desde entonces, tras un difícil periodo de formación a mitad de camino entre Franco y Don Juan, la constante en la conducta del hoy Rey de España: sabe lo que hace, en lo que respecta a la función de la Corona, porque hace lo que debe y lo emprende, sin pereza alguna, con una prontitud que a algunos les parece, incluso, temeraria. Los treinta años que hoy se cumplen fueron, primero una vertiginosa carrera de obstáculos y, después, un ejercicio de silencio y discreción. No es sencillo el trabajo de un Rey en una democracia en construcción. El golpe de 1981 fue un momento de singular valor para que la figura del Rey se incrustara en el corazón de los españoles FOTOS: ABC Tras la muerte de Franco y hasta el mes de julio del 76 el Rey hace una labor que vista hoy, desde la distancia, es auténtico encaje de bolillos. Mantiene a Carlos Arias en la presidencia del Gobierno y, de hecho, solo cuenta con la inestimable y discreta ayuda de Torcuato Fernández Miranda. Muchos de los monárquicos más tradicionales los de toda la vida pretenden la abdicación de Don Juan Carlos en la persona de su padre, Don Juan, en quien re- Los 30 años que hoy se cumplen fueron primero una vertiginosa carrera de obstáculos y, después, un ejercicio de discreción sidía la legitimidad dinástica. Los franquistas recalcitrantes, todavía muy poderosos, querían ver en él un Rey absolutista: un continuador coronado del Movimiento y, más aún, del propio Caudillo Por el contrario, los grupos democráticos, más o menos presentes ya en la vida española, reclamaban una más rápida disolución del Régimen camino de unos supuestos políticos comunes en el entorno europeo. Se aprovechó el tiempo, eso sí, con discretos contactos con los partidos históricos, viajes de Don Juan Carlos y Doña Sofía por media España en los que se iban filtrando anticipos de reformas profundas y contactos internacionales y, especialmente, en un significativo viaje a los EE. UU. para ir abriendo las ventanas que, con vistas al mundo, habían permanecido cerradas durante demasiado tiempo. Un juramento para una reforma Hace justamente treinta años, con el cuerpo de Franco todavía instalado en su capilla ardiente, Don Juan Carlos juró en las Cortes fidelidad a las Leyes que le convierten en Rey de España y que son la síntesis y expresión de lo que fue- -era todavía- -el Movimiento y el espíritu del Régimen autoritario de su predecesor y mentor; pero, claramente imbuido de su deber histórico, y con el futuro en la cabeza, anuncia en su primer discurso una nueva etapa en la Historia de España Según Baura, hasta ese día, desde el 9 de noviembre de 1948, cuando por primera vez y con solo diez años de edad, Don Juan Carlos- -entonces, Don Juanito- -siempre había tenido que serrar con una lima y limar con una sierra para ir dándole forma a su proyecto de una monarquía democrática, constitucional y representativa que, hace casi cuarenta años, parecía imposible de alcanzar, sin violencia y ruptura, a los más conspicuos observadores. El primer Gobierno del Rey En el 76, el Rey nombró a Adolfo Suárez presidente del Gobierno. El nombre, elegido de una terna, bien destilada por el Consejo del Reino, en la que también figuraban Federico Silva Muñoz y Gregorio López Bravo- -finísimo trabajo de Fernández- Miranda- era la piedra en la que sustentar la Ley de la Reforma Política y, tras ella, las primeras elecciones democráticas que viviríamos los españoles desde la Guerra Civil. Fue una operación arriesgada que, como muy bien subrayó después Adolfo Suárez, pudo costarle la corona al propio Don Juan Carlos. No es fácil desmontar, en vivo un Régimen anquilosado en sus ideas y petrificado en los intereses, más o menos legítimos, pero adquiridos, de sus entonces rectores y beneficiarios. El Rey, a partir de ese momento, se convirtió en lo que Marcelino Oreja llamó motor del cambio y, contando con el buen trabajo de Suárez y su Gobierno, frente a la desconfianza insta-