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54 Cultura FALLECE UNA DE LAS GRANDES VOCES DEL EXILIO INTERIOR LUNES 21 11 2005 ABC Leopoldo de Luis: Guerra y cárcel pasaron, la autoridad cayó, la verdad del poeta se mantiene Última entrevista concedida por el escritor fallecido para hablar de su amigo Miguel Hernández b Hace apenas unas semanas, el poeta, ya enfermo, mantuvo esta emocionante conversación con el presidente de la Asociación de Amigos de Miguel Hernández FRANCISCO ESTEVE MADRID. Visitar a Leopoldo de Luis es como acercarse a las raíces más profundas de la poesía contemporánea, ya que este poeta y crítico cordobés posee una extraordinaria memoria y unos recuerdos entrañables de los grandes poetas con los que convivió y compartió su compromiso poético y vital, como Vicente Aleixandre o Miguel Hernández. Nos recibe en su casa del barrio de Estrecho- -zona madrileña a la que dedicó uno de sus más entrañables poemas- donde vive desde hace muchos años. Su sencillez se palpa nada más entrar en un piso en el que apenas hay sitio para las numerosas distinciones que ha recibido en su vida. Sólo está lleno del calor y el recuerdo de su esposa Maruja que, desde que hace unos años falleció, ha dejado en Leopoldo un vacío difícil de olvidar. Todo lo tengo en este piso igual que me lo dejó Maruja en vida nos dice. Pero estos recuerdos entrañables, que se acrecientan especialmente, en estos días finales de octubre en los que está convaleciente de una reciente recaída en su salud, no impiden que nos permita hurgar en sus más intimos recuerdos profundizando en la memoria entrañable de uno de sus poetas preferidos: Miguel Hernández, un poeta zarandeado por las sacudidas de la historia española, del que nos dice: Miguel ha sido traído y llevado por las circunstancias. Cuestiones extraliterarias han empañado o bruñido, alternativa- El poeta muestra en esta imagen el volumen que reúne su obra, editado por Visor mente, su cristal. Pero todo eso es adventicio. Lo permanente es la obra. Sabemos que Manrique o Garcilaso murieron en hechos de guerra, pero el lector normal desconoce en qué guerras ni por qué causas luchaban. Sabemos que Fray Luis de León y Quevedo sufrieron cárceles injustas, pero la mayoría de sus lectores ignoran, o han olvidado, en tiempo de qué rey y por qué autoridad se dispuso la pena. Guerra y cárcel pasaron, autoridad cayó. La verdad del poeta se mantiene. Suena el teléfono. Llaman de Córdoba para saber si podrá Leopoldo acudir a recoger la Medalla de Oro de la ciudad que finalmente ha recibido su hijo Jorge el 18 de noviembre, en vísperas de su muerte El poeta nos comenta después con cierta sorna: No saben que a mi edad uno no puede planificar en días, sino sólo en horas... Y vuelta a Miguel Hernández, con el que coincide en mayo de 1936, en una ABC tertulia literaria en Madrid. Acabábamos de comprar el libro Verte y no verte, de Rafael Alberti y nos sorprendió el parecido de sus sonetos al toro con los publicados por Miguel en su libro El rayo que no cesa, aunque las fechas de escritura hagan imposible cualquier dependencia. Esto nos permitió comentar con Miguel algunos aspectos de su obra. ¿Y después? -El segundo encuentro fue en Alicante, el 21 de agosto de 1937. Ese día el Ateneo alicantino organizó un homenaje a Miguel al que pude asistir porque me encontraba en esa localidad levantina reponiéndome de una herida de guerra que sufrí en el frente de Usera. Iba acompañado del poeta Gabriel Baldrich, compañero mío de hospital. Al finalizar el acto mantuvimos una conversación con Miguel Hernández en la que se planteó la posibilidad de editar los tres un cuaderno de poesías. Este proyecto se hizo realidad al año siguiente con el libro Versos en la guerra con poemas de Miguel, de Gabriel Baldrich y míos firmados con mi nombre real, Leopoldo Urrutia. Después de aquel encuentro en Alicante volví a coincidir con él un par de veces antes de finalizar la guerra. Cuando lo llevaron a la prisión de Ocaña en otoño de 1940, a mí me habían puesto ya en libertad. A Miguel Hernandez lo definen, en su opinión, sus deslumbramientos Deslumbrado primero por la poesía gongorina escribe su primer libro titulado Perito en lunas. Después, deslumbrado por Garcilaso y Quevedo escribe El rayo que no cesa. Luego, deslumbrado por el surrealismo escribe una serie de poemas intermedios como el Sino sangriento, Posteriormente, deslumbrado por el heroísmo popular escribe la poesía de guerra. Eso hace que su poesía vaya enriqueciéndose y hace que ya al final, cuando está a punto de terminar su vida, vuelve a la poesía popular y escribe el Cancionero y romancero de ausencias. Lo que define a Hernández es, en su opinión, su autenticidad algo que se nota también en su vertiente bélica. Piensa que la poesía es lo que puede favorecer mejor la comunicación con el pueblo. Esto es lo que le convierte en el poeta más auténtico de la guerra civil. Toda guerra necesita una mística. La mística de la zona en la que Miguel combate es lo popular. Se habla algunas veces de que la poesía de guerra de Miguel Hernández es circunstancial. Hay que decir taxativamente que eso no es cierto. No, es una poesía totalmente auténtica. Es una poesía sentida entrañablemente por este poeta, de tal manera que cualquier actitud de las gentes que pertenecen al campo en el que Miguel estaba combatiendo se encuentran representada por la obra de Miguel concluye. UN VERDADERO EXILIO SANTIAGO CASTELO o se le notaba que era cordobés en el acento, aunque sí en el talante. Leopoldo tenía esa displicencia, ese senequismo, esa serenidad que sólo se amalgaman en los cordobeses: nunca se podía saber si estaba triste o alegre, sólo que la amargura- -sutilísimamente- -no se le apartaba de sus ojos. Era un hombre eminentemente bueno. Y era generoso y afable. Tenía todos los motivos para ejercer la inquina y el resentimiento y jamás los utilizó. Siempre he sostenido que el auténtico exilio, el verdadero exilio, fue el de los que se quedaron. Los que se fueron pasaron una mala temporada al comienzo, pero luego se situaron de mejor o peor manera. El exilio interior no duró una temporada, N duró cuarenta años, siempre con la espada encima de la cabeza. Recuerdo ahora a María Moliner, a Carmen Conde, a Antonio Oliver, a Enrique Tierno, a Meliano Peraile, mis amigos... Con Leopoldo de Luis me ha unido una amistad de más de treinta y cinco años: lecturas, recitales poéticos, jurados literarios, viajes por España, confidencias... Tuvo la suerte de contar con una mujer como María- -Maruja- a quien todos adorábamos. Su muerte- -hace muy pocos años- -supuso un duro golpe para Leopoldo; fue, una vez más, ya muerta, su musa: Alguien detrás de mí. ¿Sin ser notado? Yo supe que se hallaba aquí, a mi lado, por el temblor de su presencia muda. No gravita ya en mí su exiguo peso y desde aquel tristísimo suceso alguien detrás de mí ya no me ayuda. El libro- Cuaderno de San Bernardo -se lo premiamos con el Paul Beckett de Poesía 2002, un jurado en el que estaban también Valentín García Yebra, Francisco Díaz de Castro, Julio Alfredo Egea y Carlos Murciano. Un libro estremecedoramente bellísimo. Leopoldo fue leal a sus esencias: no traicionó nunca ni a sus sentimientos ni a sus amigos. Esa era su verdad, su independencia. El pasado lunes anunciábamos, destacada, en ABC, la convocatoria de una conferencia suya sobre La novia de Cervantes En este periódico colaboró asiduamente y siempre dijo lo que quiso de sus amigos- -tan amigos- -muertos: Antonio Machado, Vicente Aleixandre, Miguel Hernández... aquí encontró la liberalidad y generosidad de las que él mismo siempre había hecho alarde. Hay una anécdota que él y yo hemos comentado muchas veces, pero que nadie más conoce. El Domingo de Resurrección de 1973 estaba yo de guardia, soldadito de a pie y con uniforme de gala, en las rejas del Ministerio del Ejército, madrileña calle de Alcalá esquina a Cibeles. Desde el Café Gijón venían paseando Antonio Buero Vallejo y Leopoldo de Luis. Recuerdo aún la frase de Leopoldo: Antonio, cómo se parece ese soldado a Santiago Castelo Yo, firme y con el mosquetón entre las manos enguantadas de blanco, no pude ni contestar ni moverme. Hoy, cuando me ha llamado Jesús García Calero para decirme que ha muerto Leopoldo de Luis, me he quedado igual que aquella tarde de primavera: sin poderme mover y con el corazón acongojado. Ha muerto un gran poeta, del que yo, humildemente, fui su amigo. Y ahora me toca decir con él que Duelen las hojas con dolor humano, con quejido de llanto que, lejano, trae remotas palabras inconclusas.