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ABC DOMINGO 20 11 2005 Cultura 71 TEATRO En un lugar de Manhattan Dirección y dramaturgia: Albert Boadella. Escenografía: Anna Alcubierre. Vestuario: Dolors Caminal. Iluminación: Cesc Barrachina. Compañía: Els Joglars. Intérpretes: Ramón Fontseré, Pep Vila, Pilar Sáenz, Xavier Boada, Xavi Sais, Dolors Tuneu, Jesús Agelet, Minnie Marx y Francesc Pérez. Lugar: Teatro Albéniz. Madrid. CENTENARIO CON GOTERAS JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN Quijano y un Sancho recién salidos de una institución psiquiátrica que, como ayuda a su rehabilitación, realizan trabajos de fontanería. Si Cervantes atribuye el alucinado comportamiento de su criatura a un exceso de lecturas de libros de caballería, Boadella, en ese juego de complicidades y correspondencias, explica el comportamiento de la suya por la lectura compulsiva de El Quijote y, al igual que en la novela los duques embarcan al caballero en una burlesca realidad paralela, aquí son los actores los que cumplen ese cometido, y así se suceden escenas que reflejan diversos episodios del texto cervantino. En la función hay algún momento en el que la acción parece haberse extra- viado por alguna cañería que la dramaturgia no ha acertado a conectar con la tubería general, pero sobre esa impresión se imponen escenas espléndidas, como la del combate contra el caballero de la Blanca Luna o la muerte del hidalgo fontanero en brazos de los actores, estampas llenas de vigor y talento teatral y de gran belleza plástica. Los actores, ya se ha dicho, realizan un trabajo memorable, desde el Fontseré de la Triste Figura a la Orsini de Pilar Sáenz, el Sancho de Pep Vila o los caracteres encarnados por Xavier Boada, Minnie Marx, Jesús Agelet, Dolors Tuneu, Francesc Pérez y Xavi Sais, dirigidos con mano magistral por Boadella, habilísimo caballero de los Espejos. Albert Boadella a sátira, tal vez la mejor arma del arsenal de Els Joglars, pero no la única formidable, es un ancestral y necesario recurso higiénico para sacudir anquilosamientos y malos hábitos sociales. El grupo la ha utilizado ampliamente en su ya larga trayectoria para escarnecer el comportamiento de diferentes poderes y en esa ocasión se fija en su propio gremio, el teatral, para, en un juego de espejos y paralelismos de ida y vuelta, hacer su Quijote y arremeter contra las interpretaciones, mixtificaciones y demás aproximaciones más o menos delirantes que se han prodigado en este año de centenario y homenajes. Sobre el texto cervantino- -o, mejor, contra o pese a él- -una directora argentina, Gabriela Orsini, ensaya un espectáculo, sobre éste se superponen las alternativas improvisadas por los actores y sobre todo ello se aúpa la irrupción de un moderno caballero de la Triste Figura perteneciente a la gran Orden de la Fontanería; una multiplicación de perspectivas, una filigrana de realidades que se enfrentan, se condicionan y se estimulan unas a otras. Convertido en una suerte de Pierre Menard apócrifo, Albert Boadella sigue el ejemplo de Cervantes y, como éste hiciera en El Quijote entreteje recursos metateatrales y metaliterarios, baraja las diferentes estructuras entrecruzadas, las mezcla y desarrolla en un montaje que es un prodigio de virtuosismo técnico por parte de actores y director. El Quijote que prepara la Orsini transcurre en un lugar de Manhattan donde el caballero y su escudero han sido trocados por una pareja de lesbianas enfrentadas a los elementos y las adversidades del mundo, que la directora resume en un rebaño de carneros rijosos encarnado por la parte masculina del reparto, lo que le da pie a Els Joglars a desatar un divertidísimo ejercicio paródico sobre los tics de la profesión teatral, las interiorizaciones, las versiones, las reflexiones sobre situaciones y personajes, las rencillas, los celos y las suficiencias, como la de la directora, que arroja desdeñosamente al suelo el ejemplar de Don Quijote de la Mancha que repetida y disimuladamente los actores le ponen cerca para ver si reconduce su inspiración escénica. El sesgo del espectáculo da un giro cuando, avisado para que arregle la molesta gotera cuyo repiqueteo fastidia el ensayo, irrumpe a lomos de su achacoso ciclomotor y seguido por su fiel ayudante el más glorioso fontanero y zahorí que vieron los siglos, un don Alonso L