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68 DOMINGO 20 11 2005 ABC Cultura y espectáculos Cuando el escritor se reencuentra con su ciudad vuelve a jugar con el heterónimo que pidió prestado a Pessoa. El amor y la memoria juegan junto Las intermitencias de la muerte Saramago vuelve a invocar a Ricardo Reis en Lisboa TEXTO Y FOTO: MARTA CARRASCO LISBOA. Hace un día plomizo en Lisboa, de esos en los que la saudade cae sin remedio sobre la ciudad de los recordados claveles y las empinadas cuestas. José Saramago llega caminando a la plaza del Rossio. La cita es en las escalinatas del teatro, frente al hotel Internacional, aquel que, según las crónicas, era la casa- madre del espionaje europeo durante la Segunda Guerra Mundial. Saramago llega de la mano de Pilar, Pilar del Río, su mujer. A Pilar, mi casa dice la dedicatoria del último libro del Nobel, Las intermitencias de la muerte como si quisiera recalcar que es Pilar quien guarda lo único que no quiere compartir: su amor. Pilar llega con un libro en las manos. En él se recogen algunos artículos que el Nobel escribiera en los finales de los sesenta. Lee, o mejor, interpreta, uno de ellos publicado en 1969, pleno gobierno de Salazar, en el diario El Comercio. Se trata de un hombre que encuentra, allí mismo, en la plaza del Rossío, una botella con un mensaje dentro sumergida en una de sus fuentes, la que está, precisamente frente al hotel Internacional. Es una alegoría contra Salazar, contra la dictadura que no dejó respirar a Saramago y a muchos más. Lee Pilar. Las manos de José tocan sus hombros. Termina el artículo. Enmudece el pequeño auditorio y algunos espontáneos. Y ahora- -dice Saramago- -vamos a iniciar el recorrido Pero no, no se trata de una ruta turística, es algo diferente. José Saramago se va a encontrar físicamente con un heterónimo, de Pessoa y propio. Un recorrido por los lugares en los que transcurre El año de la muerte de Ricardo Reis el alter- ego que Saramago le pidió prestado a Pessoa, como si fueran dos colegas que hubieran escrito juntos, sentados en las mesas de madera y mármol del café Martinho Arcada... pero eso vendrá después. Va Pilar con el libro de Ricardo Reis en las manos. Y en la plaza de Camoes le dice a su marido que explique el capítulo que se refiere a la consulta del doctor... Pilar me dice que hable... y ahora coge y se va dice con una sonrisa casi pícara el escritor, que, siguiendo Ricardo Reis Ricardo Reis es uno de los tres heterónimos fundamentales inventados por Fernando Pessoa, cuya obra fue capaz de escribir, además de la propia. Pero Reis es también un hombre, o mejor dicho, un personaje literario con propia vida concedida por la pluma creadora de José Saramago y transportada al mundo a través de su novela El año de la muerte de Ricardo Reis Reis regresa a Lisboa en 1935, en esta ficción del Nobel, después de recibir la noticia de la muerte de Pessoa. Médico de casi 50 años que vuelve a Lisboa en busca de su patria y de su creador, halla la soledad. Reis se enamora de Lidia, camarera del Hotel Bragança, donde se hospeda tres meses, y tiene un hijo con ella que nunca conocerá. instrucciones, habla a una atenta concurrencia. Mientras, Pilar se ha adelantado. Quiere saber por dónde se va al mirador de Santa Catalina. El Tajo está bajo nuestros pies. Llega Saramago: en ese lugar del río estaba situado aquel buque de guerra que quiso remontar el Tajo y ayudar a la República española. No lo dejaron, se lo impidieron desde la otra margen Dando la vista al mirador, una casa de balcones pintada de rosa. Es el edificio donde Saramago sitúa el hotel en el que Ricardo Reis cono- José Saramago apoya sus manos en los hombros de su mujer, Pilar del Río, mientras lee un relato del escritor en la lisboeta plaza del Rossío ce a Lidia, su amor, la madre del hijo del que nunca sabrá. Saramago, jamás ha entrado allí. La comitiva pasa casi de lado de la tumba de Pessoa, transcurre por la torre de Belem y llega a los Jerónimos. Una mujer intenta venderle a Saramago una colección de postales de Lisboa. El Nobel sonríe... y sigue su camino. Está buscando a Pessoa. El claustro de los Jerónimos tiene la piedra limpia, casi curtida, como si fuera piel. En uno de sus laterales está el monolito en homenaje al poeta de la melancolía. Saramago camina con lentidud por entre las arcadas... no sé que hacen otros hombres para conquistar a una mujer... Yo a Pilar, la traje aquí Sus dedos recorren las tres poesías que están escritas en sendas caras del monolito, y acaricia los relieves. Es como una ceremonia de honor literario. Hay emoción que... gracias, rompe Pilar: José, habla un poco más alto, por favor Esta mujer mía- -dice el escritor- -no entiende que soy portugués Saramago hace una pausa, y lee: Para ser grande, se inteiro: nada teu exagera ou exclui. Se todo em cada coisa. Poe quanto és no mínimo que fazes Assim em cada lago a lua toia brilha, porque alta vive. Ricardo Reis, 14 de febrero de 1933 Se hace el silencio y el claustro vuelve a recuperar el sonido de la nada. Pilar y José se toman de la mano, como si Una bica en Martinho da Arcada En las arcadas de uno de los laterales de la plaza Marqués de Pombal se halla el antiguo café- restaurante Martinho da Arcada. No podía ser de otra forma. El recorrido por la Lisboa de Ricardo Reis, de Saramago y de Pessoa, tenía que acabar en este café, frecuentado por Cesário Verde, Amadeu de Sousa Cardoso, António Botto, Sa Carneiro, Almada Negreiros, y Pessoa. Bajo un paraguero, de aquellos en los que había gancho para los sombreros de caballero, se encuentra la mesa de Pessoa. Está libre. Es como una reliquia sobre la que reposan fotos del escritor. Se le ve escribiendo junto a una taza de cafe, ¿una bica? Pessoa vino aquí toda su vida a escribir y tiene su mesa. A mí me la han dado con tan sólo unos años. La vida corre de distinta forma dice Saramago. Sirven platos de bacalao. José y Pilar se reparten: él con los editores de su obra en el extranjero. Pilar con sus amigos venidos desde España. Es el momento de la confidencia. De explicar cómo es la nueva casa que ella y José han inaugurado en Lisboa: pequeña, acogedora y tranquila, con un minúsculo jardín y en un lugar que no tiene cuestas. Donde José tiene como vecina a Carmelia, una mujer de exquisita cultura, amiga entrañable de la infancia cuya adoración por el escritor es sólo comparable a su cariño como amigo. José come en Martinho da Arcada con la imagen de Pessoa reflejada en el espejo. Mientras, Ricardo Reis contempla la ciudad desde Santa Catalina.